Dom 20.06.2010
libros

Oscurece que no es poco

Rescates > A pesar de su destacada obra poética, un libro de narrativa de Olga Orozco no se trata de una excepción. Por eso, La oscuridad es otro sol (¿una novela fragmentada? ¿cuentos enhebrados?) invita a dejarse deslizar por un estilo sin limitaciones de género.

› Por Juan Pablo Bertazza

Uno de los highlights de la última Feria del Libro fue un discurso de Luis Gusmán sobre “el pudor de la poesía” que padecen los que no escriben en verso. ¿Hasta qué punto es legítimo y posible que un narrador se alimente de la poesía sin escribir poemas? La reciente reedición de La oscuridad es otro sol (1967), el primer libro en prosa de Olga Orozco, resulta particularmente interesante al respecto. Al igual que su continuación, La luz es un abismo (1994), lejos de constituir una excepción en su obra este libro constituye un bastión, un paradójico manifiesto poético. Todas las obsesiones, logros y marcas estilísticas que desplegaría a lo largo de su itinerario poético aparecen cimentados en esta particular novela con forma de cuento y perfume poético: la recurrencia a la infancia como proveedora inagotable de ritos y magia, la multiplicidad de sentidos asignada a cada palabra, los permanentes quiebres entre pasado y presente y esa especie de dirección circular que caracteriza al conjunto de su obra. Como una maqueta pequeña de su edificio poético sin la cual hubiera sido imposible concebir su estilo, La oscuridad es otro sol también remite y se asocia, al menos desde el título, con Relámpagos de lo invisible, la antología a cargo de Horacio Zabaljáuregui que se reeditó el año pasado.

Pero no es cierto que La oscuridad es otro sol ignore lo esencial de la prosa. Marcado a fuego por los relatos orales que le contaba su abuela, es posible rastrear en este libro ancho y complejo una trama de lo más concreta y precisa: la infancia de Lía, claro alter ego de Orozco, junto a sus hermanas Laura y María de las Nieves, su padre, su madre, su abuela y Alejandro, un hermano muerto por razones no del todo esclarecidas, más la aparición estelar de personajes semimitológicos –Nanni, el cantor, la reina Genoveva y María Teo– que no encajan del todo ni en la realidad de lo que se cuenta ni en la ensoñación de los protagonistas. Todo en el contexto de una casa grande, tan atractiva como expulsiva “con cuartos donde los muebles oscuros miran con hambre, donde las plantas carnosas se van inflando y las lámparas encubren lo que no se ve”.

La oscuridad es otro sol. Olga Orozco Losada 224 páginas

Justamente, lo que sobresale de la prosa y parece abrirse claramente a la poesía, es esa serie diversa de instantáneas, de fotografías sobre la oscuridad en todos sus matices, en todos los sentidos: “La oscuridad tiene color a encierro y el encierro tiene olor a oscuridad”; “la oscuridad es prolija y tiene la memoria previsora de lo que dejó ayer y antes de ayer”; “siempre surge algo de la luz enrarecida sobre lo negro, de lo negro enrarecido sobre la luz”.

Con diferente lucidez, con distinta claridad se enfrentan Lía y sus hermanas a ese sol negro del que muy pocos logran sacar una experiencia provechosa: entre juegos infantiles de asociaciones de palabras, el recuerdo revelador de la muerte de su hermano y la desesperación que les generan los retos de los adultos –cuando las llaman enanas, las hermanas creen efectivamente que lo son y lo serán para toda la vida– encarnan la paradoja de intentar de salir de esa casa siniestra de la infancia de la única forma posible, es decir, volviendo a entrar en ella.

En uno de los pasajes más notables de esta novela, Lía define la actitud de ella y sus hermanas como una permanencia en marcha, como si todo el tiempo estuvieran escapando del marco de un cuadro o del flash de una foto que pudiera detener para siempre su movimiento y ahogarlas en un eterno sedentarismo. Es notable porque justamente eso podría decirse de La oscuridad es otro sol y de gran parte de la obra poética de Olga Orozco, es decir, ahí radica justamente el nexo invisible entre su prosa y su poesía: en la capacidad para hilvanar, con su escritura, instantes eternos.

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