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Domingo, 31 de octubre de 2004

Ciencia fricción

¿Por qué Tomás Abraham se enoja tanto?

POR FLORENCIA ABBATE

No puede parecer casual que el libro que acaba de sacar Tomás Abraham se titule Fricciones. Abraham es un autor con el que a veces es difícil coincidir, y que se cuenta entre aquellos (pocos) que aprecian que no se esté de acuerdo con sus opiniones. Hay temperamentos que conciben la fricción casi como un estímulo vital. Suelen poseer el talento de hacer que la discordia resulte productiva. Abraham escribió libros sobre temas sumamente heterogéneos (Nietzsche, la televisión, la guerra del amor, los años ‘90, entre otros). Más allá de la diversidad, tienen en común el estar atravesados por fricciones: fuerzas encontradas, pugna, rispideces. Se diría que para Abraham las fricciones son aquello que da que pensar, o bien que no es posible o no vale la pena pensar y escribir sobre asuntos exentos de fricciones. Pero la fricción en sí trasciende cualquier contenido; ante todo, es una forma, un modo. Por un lado, la forma de abordar los llamados “objetos de estudio”, descartando de antemano la fría, sensata distancia, en favor de establecer con ellos una cierta intimidad, un contacto que comprometa el cuerpo y hasta llegue a saturarlo, como si las manos frotaran una piel ajena para adivinar el alma. Por otro lado, la fricción es un modo de afectar al lector, y corresponde a una sensibilidad que se anima a tomar riesgos y no está interesada en la complacencia fácil, la demagogia ni el espíritu conciliador. También la caracteriza el sentido del humor. Porque hace falta humor para gozar de ese juego que apunta a provocar que las diferencias choquen.
La confrontación de diferencias podría ser el eje de este nuevo libro. Una diferencia es un carácter irrepetible y único, y esta vez Abraham ha elegido caracteres del mundo de la literatura. Fricciones contiene tres ensayos que exploran el choque entre singularidades: Witold Gombrowicz y Bruno Schulz; Ricardo Piglia y César Aira; Antonin Artaud y Jacques Rivière.
Gombrowicz y Schulz mantuvieron un breve intercambio epistolar, tal la excusa para el retrato de dos personalidades tan distintas como fuertes. Abraham muestra una extrema sutileza para descubrir y señalar virtudes que no suelen ser vistas o consideradas como tales, así como para captar las cualidades éticas. Por ejemplo, sostiene que Schulz encarna la dignidad del derrotado, que “hace de la debilidad una moral”; define a Gombrowicz como esclavo de “todas formas de heroicidad y santidad”, y a través de Ferdydurke reivindica la idiotez como un legítimo modo de pensar, cuya sana simpleza se opondría a la “obsesiva y autoerótica complicación, como a un insecto que vive de sus propias secreciones en una permanente fagocitosis”. Pero eso es sólo una parte, pues el arte del ensayista es el arte de la digresión, y el núcleo de este ensayo: el destino de los polacos judíos durante la emigración.
En el ensayo “Aira y Piglia”, la capacidad para abrazar las diferencias con idéntico entusiasmo se retira. Si uno de los hallazgos del volumen es lograr que la fricción redunde en un dejarse encantar por lo que cada quien tiene de diferente del otro, aquí no ocurre nada semejante. El ensayista se deja seducir (incluso embelesar) por Aira, pero no por Piglia, el único personaje del libro al que no le descubre virtud ni encanto alguno. En conjunción con sus polémicas ideas acerca de la literatura y sus molestas invenciones, Abraham aborda el mundillo literario argentino conjeturando un encuentro Aira-Piglia al calor del juicio que este último sufrió por la novela Plata quemada (ver nota central), con el desenfado de quien se encuentra afuera y queda claro que, visto desde afuera, todo luce bastante ridículo.
Artaud y Rivière se cartearon, igual que los polacos del primer ensayo. Rivière era editor y Artaud le mandó unos poemas con la esperanza de que se los publicara. Rivière responde que lo lamenta mucho, pero que no lo hará. Artaud se indigna, contesta con una nueva carta y sigue contestando:no lo deja en paz. Tras un jugoso ida y vuelta, el editor termina ofreciéndole la publicación de esa correspondencia. Abraham despliega el caso sin caer en el lugar común de romantizar a Artaud (“los locos cansan, agotan”, dice), y a la vez presentando una interesante lectura según la cual su racionalidad sería la fuente de su locura. La fricción se acerca a la parábola: un gran Artista, un visionario como Artaud, encarna algo del orden de lo totalitario, y un hombre culposo y moderado, “que admite la duda y la fisura” –así Rivière–, es propuesto por Abraham como “uno de los héroes de nuestra era”.
Para Abraham, la aventura de escribir ensayos filosóficos no pasa por el tradicional soliloquio de una conciencia en el refugio de su aislamiento, su impersonalidad y su abstracción; antes bien, consiste en hablar en nombre propio, en ir hacia fuera y exponerse, en buscar y friccionar lo diferente como si fuera un juego. Tan serio como todos los juegos.

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