Dom 14.08.2011
radar

VALE DECIR

Te llevo bajo la piel

De los polvillos que generan dependencia, el menos pensando se ha sumado a la lista de adicciones gracias al particular caso de Casie, una mujer de 26 años que reside en Fayetteville, Tennessee, Estados Unidos. Después de tres años de casada, la mujerona perdió a su marido Shawn meses atrás, cuando el amor de su vida sufriera un repentino y fulminante ataque de asma. Entonces, la chica lo encomendó al Señor, lo redujo a cenizas (incineración mediante) y comenzó a cargar la urna a todas partes. Si iba a hacer las compras, iba con (los restos de) Shawn. Al cine, con Shawn. Al restaurante, con Shawn.

Eso, sin embargo, sería la punta del iceberg. Porque un día Casie derramó parte de su preciado botín sobre sus manos y le pareció una falta de respeto limpiarse a su marido de su propio cuerpo: entonces se lamió los dedos y convirtió al gesto en hábito pues, desde entonces, come las cenizas de su Shawn como forma de consuelo. Se estima que, al momento, se ha embuchado una libra del que fuera su marido y aún le quedan cinco (libras, no maridos). Y aunque el incinerado tiene gusto a “huevos podridos, arena y papel de lija”, la norteamericana asegura haber desarrollado buen paladar para los restos.

Más allá del riesgo de convertirse en “la rarita de la cuadra” o que su familia política le retire la palabra cuando se entere que está lamiendo y comiendo a su esposo, el verdadero peligro para Casie es sufrir envenenamiento: las cenizas contienen químicos que podrían inducir una psicosis en la ingesta. Ella admite el problema; no lo esconde. Y ya se ha internado para tratar su adicción. Ayuda mediante, se espera que no sólo supere la insalubre dependencia; quizá pueda dar por tierra su negro período de duelo.

Ahora, ¿cómo saltó Casie a la luz? Pues, por obra y gracia de la TV. El caso fue emitido la semana pasada como final de temporada de My Strange Addiction, de la señal TLC, en EE.UU., programa harto conocido por presentar peculiares casos con un gancho que no resiste antidoping: como el de Kesha, fanática del papel higiénico, capaz de comerse un rollo por día en el auto, el cine o un bar. O Rhonda, una mujer de 24 años, incapaz de dejar de chupar su dedo gordo. O Crystal, ama de casa (desesperada) adicta –desde los 12– a degustar limpiadores de uso diario. O Adele, que lleva dos décadas saboreando... almohadones de sillón. En medio de todos ellos, Casie le puso un poco de corazón.

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