Dom 08.09.2002
radar

PáGINA 3

Un episodio internacional

Por Sergio Di Nucci

Cada tanto, de manera impredecible, un remate de libros antiguos desnuda la riqueza de una colección única. Es como si muchas especialidades vieran de golpe cómo se subastan todas las obras que integran la parte más inamovible de sus bibliografías de referencia y al mismo tiempo aquellos volúmenes ricos y extraños, que delatan un gusto personalísimo. El jueves 22 y viernes 23 de agosto se realizó el remate de la biblioteca, a la vez cuantiosa y diversa, que perteneció a José Roque Pérez y que terminó siendo, ampliada, de Jorge Cranwell. El dueño originario había sido, como Adolfo Bioy père, ministro del general triunfante en 1930, José Félix Uriburu.
Para una persona que no ha nacido en las clases altas argentinas, el espectáculo trae a la memoria fragmentos de la serie inglesa Los Vengadores o alguna novela de Manuel Mujica Lainez. Un petit hôtel patricio ya derruido en donde un martillero burlón acicatea con innegable talento a italianos riquísimos y convocados por Internet para la ocasión, a libreros mezquinos, a señoras bien o no tanto, a coleccionistas implacables, a scholars bien y mal pagos. Vestidos, muchos, como en la serie. Colores educados en el gusto que Adolfo Bioy Casares no descansó en desplegar y advertir: nunca marrón y negro unidos, ni el azul con el marrón, mucho de los primarios y nada de pasteles.
Abundó el champán (nacional, por supuesto), distribuido por un sexagenario (¿o septuagenario?) que, en delantal azul, evitó en todo momento esa altiva indiferencia a la que, en ocasiones similares, deben resignarse los convidados de piedra. Porque otra característica fue, precisamente, esa: el halo casi esotérico que envolvió a la reunión. Persona que ingresaba a la casa de la calle Castex al 3471, pasaba a ser un “miembro” de esta francmasonería, y se le asignaba un número de comprador, a partir del cual competía en lotes y precios. Las diferencias económicas y sociales quedaban en la calle, para ser sublimadas en el interior del palacete.
Como en La Casa (1954) de Mujica Lainez, los miembros podían asistir al desgarramiento de un patrimonio de la oligarquía; a diferencia de la novela, también podían participar en él. Allí donde estaba la biblioteca se llevó a cabo el remate: tres amplios ambientes repletos de libros, ahora agrupados en lotes (los miembros eran tantos que hubo que habilitar la escalera como platea). Y nuestro imperturbable martillero en el medio, subido a una tarima y ubicado detrás de su decimonónico pupitre.
—A ver, correme un poco más acá, para que pueda ver a todos.
—No se puede, no pueden pasar desde la cocina.
—¡Y que no pasen!
Impecablemente vestido él también, con un escueto martillo de metal que machacaba un-dos-un-dos-a-ver-señores-por-favor-un-dos-tres. Y retando al público, elevando sumas, burlándose de los desprevenidos y pronunciando deliberadamente mal los títulos y autores hasta volverlos irreconocibles. Señalaba a los de entrada tímidos ofertantes, retrucando a unos y otros la suma dicha inmediatamente antes, repitiendo de manera ritual: “Por favor, señores, se quejaron siempre de los lotes con base, ¡y ahora que no pusimos base nadie habla!”.
Las herramientas de Internet permitieron a los miembros saber el precio de mercado de cada una de las piezas incluidas. En un mérito no menor de los dueños originarios de la colección que muchos de los libros fueran inhallables o no estuvieran en venta entre los anticuarios. Compradores italianos se especializaron en adquirir el rico fondo del siglo XVIII, y llegaron a pagar casi 30.000 pesos por la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert; un joven filólogo clásico compró los diez volúmenes de las obras completas del gran epigrafista Bartolommeo Borghesi, suntuosamente editadas en el siglo XIX por el emperador Napoleón III, que aspiraba a serel biógrafo de Julio César; no tan jóvenes zoólogos se llevaron tesoros de las obras del siglo XX de los serpentarios de Brasil.
La subasta es el lugar donde se ponen en escena las predilecciones del coleccionista y del erudito: linajes, fundaciones y fundadores; aristocracias y grandes burguesías; paleografía, epigrafía, heráldica, academias, diplomacia, onomástica, filosofía (desjerarquizada, como una más en la lista); barcos, viajes, cosas de mar, vientos, astronomía, cronologías, geografías; ciencias naturales, ornitología, entomología, el estudio de los ofidios y de los batracios, las láminas coloreadas por los viajeros y naturalistas exóticos (como hay bailarines exóticos). El coleccionista y el scholar tienen una fruición por el nombre que se completa con un gusto por el número y por la exactitud. La subasta ha de seguirse catálogo en mano, como el melómano sigue en el paraíso la ópera iluminando con una linterna de mano la partitura. Contar las cosas, enumerarlas, medirlas, dar siempre de ellas los detalles más precisos. No en vano se trata de colecciones que pertenecieron a juristas y terratenientes: las bodas de los inventarios dolorosamente minuciosos del Código Civil y los datos no menos rigurosos del agrimensor. Todo extrañamente compatible con una radical imprecisión vital, porque ¿qué son los “miembros” más allá de sus deseos por los ítems del catálogo?
Por momentos, es difícil resistirse a las fáciles comparaciones sociológicas entre las clases bajas y las altas, o recordar los muy atendibles registros del Juan José Sebreli de Buenos Aires, vida cotidiana y alienación (1964): “La propiedad de los medios de producción, para la burguesía, y su condición de mercancía que se vende como las cosas que produce, para el obrero, son sendos acondicionamientos de una visión fundamentalmente práctica del mundo; es decir que, ambas clases tienen tendencia a actuar de acuerdo con sus propios intereses. La clase media, en cambio, no posee cosas como el burgués ni fabrica cosas como el obrero”.

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