Dom 08.09.2002
radar

FOTOGRAFíA

La trama celeste

Un par de meses atrás, la tapa de Radar daba cuenta de un extraño binomio de artistas: el arquitecto-ingeniero Francisco Salamone, que a fines de los 30 sembró la pampa de mataderos, cementerios y palacios municipales delirantes, y el fotógrafo Esteban Pastorino, que los inmortalizó en unos retratos espectrales. Ahora la Fotogalería del San Martín exhibe la obra del tercero en discordia, Ignacio Iasparra, que también siguió las huellas de Salamone y plasmó el modo en que esos monumentos excéntricos alteraron los cielos, las noches y la luz pampeanas.

› Por Juan Forn

Los memoriosos quizá recuerden una nota aparecida en Radar hace unos meses sobre el misterioso arquitecto-ingeniero Francisco Salamone, sus delirantes mataderos, cementerios y palacios municipales construidos entre 1936 y 1940 en una cincuentena de pueblos pampeanos, y las extraordinarias fotos de Esteban Pastorino sobre esos edificios tan monumentales como fantasmáticos. Las imágenes, que iban a exhibirse en la Fotogalería del San Martín, me las había hecho llegar un enigmático personaje llamado Juan Valentini, acompañadas de astutas pistas para asomarme al misterio de Salamone. Si hasta entonces la obra del arquitecto era objeto de culto casi secreto, la muestra de Pastorino intensificó y expandió en forma tan gratificante como inquietante su área de influencia. Ante las primeras señales concretas de que su propósito empezaba a cumplirse, el invisible Valentini aceptó ofrecer unos datos sobre su persona: médico rural, oriundo y habitante empedernido de Roverano, uno de los perdidos pueblos de la pampa elegidos por Salamone para su quimera arquitectónica, Valentini confesó ser víctima desde chico del embrujo que le producían esas edificaciones, y hasta concedió relatar cómo había sabido de la existencia de Pastorino y sus fotos y por qué me las había hecho llegar. Le cedo la palabra al hombre de Roverano (lo que sigue está tomado de una larga carta de Valentini a Pastorino, que llegó a la Fotogalería del San Martín poco antes de que se inaugurara aquella muestra):
“No pretendo perturbarlo, sólo hacerle saber que sé quién es usted. Lo he visto tomar fotos en Laprida y luego en Roverano, donde vivo (...) Pasaba una noche por Laprida camino a mi pueblo, cuando advertí un resplandor inusual en las afueras del cementerio. Era la fachada del Cristo monumental lo que se encendía cada tanto en un fogonazo, tan blanco en esa noche tan negra (...) Desde cierta distancia, observé que eran tres personas las que rondaban el crucificado: usted, flash en mano, y otros dos, dirigiendo hacia el portal del cementerio, con ayuda de unas tapas de telgopor, la luz de los faroles de un auto. Los reencontré en Roverano, unos meses después. Desde mi terraza, una luz en la noche me hizo recordar la memorable escena en Laprida. No soy noctámbulo, pero bajé a la calle y me propuse espiar (...). Vivo alejado del pueblo, a campo abierto, cerca del matadero. Esta vez el escenario era tenebroso, pero ahí estaban ustedes de nuevo (...) Unas pocas preguntas a los vecinos del pueblo me develaron sus nombres y el tenor de su misión. La policía los tenía registrados: Esteban Pastorino, Ignacio Iasparra, fotógrafos, y Santiago García Navarro, periodista y crítico de arte. Era lógico que intentarían en algún momento exhibir el producto de esos viajes (...). Haga un esfuerzo por entender, amigo: durante muchos años Salamone me perteneció sólo a mí. Por eso envié ese mensaje a la oficina de Forn. Encuentro cierta compensación en el hecho de que él haya mordido el anzuelo (...) Soy responsable de esta maquinación, pero no estoy solo. Ustedes aman la llanura como creo que la amaba Salamone, y pienso que la clave está en el hecho de entenderla, ante todo, como una construcción mental. Por eso me pregunto cuál de todos nosotros ha fabulado más (...) Será un placer contar con su visita y la de sus compañeros. Adjunto un mapa que indica cómo llegar a mi casa. Tengan presente que la entrada por el lado del matadero es de ripio. Y envíele, si es tan amable, un saludo muy especial de mi parte a su camarada Iasparra, cuyas entrecerradas visiones de la llanura mucho ansío ver”.
Poco después de aquella muestra, Pastorino ganó una beca que se lo llevó por unos meses a Grecia (más precisamente, a la isla de Skopelos) y no supe nada más del trío, ni del misterioso cuarto vértice del triángulo. Hasta que, la semana pasada, la Fotogalería del San Martín anunció una muestra de Iasparra y el médico rural de Roverano, puntual, reapareció por correo electrónico con un voluminoso envío: la demencial correspondenciaque viene manteniendo con distintos interesados en su vínculo con Salamone, su pertinaz invisibilidad y su rara, por momentos irritante, sabiduría roveraniana. Tampoco esta vez, anunciaba, se haría presente en la inauguración. Ahora no era una enfermedad, como en la muestra de Pastorino, sino lo contrario, la ausencia de ella, la excusa para no salir de su casa de Roverano: “Las paperas ya pasaron, pero justamente por eso ahora puedo seguir trabajando. Cuando no haya un enfermo que pida por mí, me acercaré hasta su exposición. Mientras tanto, ojalá otros gocen tanto como yo de su talento”. Pero nuevamente había enviado un texto a la Fotogalería, ofreciendo esta vez su particular apreciación de las fotos de Iasparra, siempre en relación con Salamone.
El pequeño detalle es que, en las imágenes de Iasparra, toda monumentalidad edilicia brilla por su ausencia: su “objeto” es la luz en la llanura pampeana. La luz nocturna, habría que agregar, ya que Iasparra registra en tomas directas, con largo tiempo de exposición, esos cielos de noche: así, lo que el ojo humano ve como una masa oscura, opaca y estática, en estas fotografías adopta su “real” luminosidad y movimiento (desde las variaciones tan ínfimas como sugestivas de la paleta cromática celeste hasta el recorrido para nosotros invisible de las estrellas a lo largo de cada minuto de la noche). Para Valentini, esos cielos son también producto de la intervención de Salamone sobre la pampa, así como hay una complementación perfecta entre las fotos de Pastorino y las de Iasparra. Antes de volver a cederle la palabra al excéntrico médico rural, reproduzco unas líneas que Iasparra le envió junto con una de sus imágenes, por vía electrónica:
“Tomé esa foto la segunda vez que pasamos por Roverano. Ibamos camino a Laprida y la luna llena nos permitía manejar con las luces del auto apagadas. Fue entonces que vi ese cartel y recordé la experiencia de la primera visita a Roverano. Habíamos decidido tomar un atajo por un camino de tierra, era de noche, pero esa vez estaba nublado. Sin ningún cartel que nos guiara, simplemente nos dirigíamos hacia un resplandor que no parecía muy lejano. Después de casi una hora de viaje y ante una inminente escasez de combustible, ya nos estábamos arrepintiendo de nuestra decisión: parecíamos avanzar en dirección siempre paralela a ese resplandor que, a esa altura, planteaba dudas sobre su existencia. Por fin, el camino nos llevó a la parte de atrás del cementerio: Salamone nos recibía con uno de sus delirios. Tomamos algunas fotos, hicimos ladrar a todos los perros con nuestra presencia y nos marchamos. A muchas ciudades llegábamos así, furtivamente, casi siempre con la sensación de que ya habíamos estado allí: de que esos árboles, ese boulevard, esas casitas eran las mismas de la ciudad anterior, en una eterna vuelta del perro”.
Valentini acusa recibo y le contesta así a Iasparra:
“Como bien señala su relación, salvo en el caso de las más extravagantes obras de Salamone (usted ha comprobado hasta qué punto el ingeniero diseñó edificios muy parecidos y, en ciertos casos, idénticos), el armazón de cada pueblo –árboles, casas, bulevares– se repite con mínimas variaciones. De ahí que la fotografía que usted ha tomado de las afueras de Roverano resulte tan favorable para una nueva comprensión de lo que el paisaje pampeano significa. Porque a este paisaje –hecho de detalles más que de visiones de conjunto, y de imaginación más que de realidades– habría que acercarse con el ánimo de un soñador o de un científico; es decir, con ánimo de recrearlo o de ponerlo sobre una mesa de disección. La fotografía del cartel advierte muy claramente sobre el potencial imaginario que contiene la pampa: mediado por su cámara, estaría indicando la disposición que se exige para entrar en ella (...) El resto de las imágenes me resultan en general más eruditas, aunque no menos sensibles. Forman un catálogo de luces: el catálogo que un desprevenido nunca hubiera podido imaginar. Porque, para hacerlo, debería antes haber observado lapampa desde sus imprevistas señales anímicas, en perspectivas que no son las del horizonte sino las de lo pequeño y de lo casi invisible. Ahí funciona el Iasparra científico. En el caso del cartel de Roverano, el soñador. Esto es lo que le decía hace poco, también por esta vía, al señor Guillermo Bohrdt: Iasparra recopiló, de los viajes que hizo por la provincia en busca de Salamone, todo lo que el arquitecto dejó dicho más allá de sus edificios y plazas. Es decir, el paisaje pampeano (...) Usted me corregirá si es necesario, pero sospecho que tanto más buscaba usted el retrato de lo nimio, de lo marginal, de lo insignificante, cuanto más lo fascinaba –es decir, lo abrumaba– el monumentalismo de Salamone. Estoy convencido de que a usted, íntimamente, la grandilocuencia lo irrita. Lo mismo me pasa, amigo mío. Por eso prefiero asomarme desde mi terraza hacia campo abierto que hacia el matadero de Salamone (...) Pero no creo que sus fotografías, Ignacio, apunten sólo a destacar la variedad tonal de este paisaje. Muy por el contrario, hay tantos proyectos, fracasos, presentes y pasados contenidos en ellas, que darían pie a un sinnúmero de relatos y recuerdos”.
En su fenomenal ensayo sobre la obra de Albert Speer, el arquitecto de Hitler, Elías Canetti decía que aquellos edificios monumentales estaban destinados no sólo a atraer masas sino también a contrarrestar su disolución, constituyéndose ellos mismo en símbolo de una masa que no se desintegraría jamás. Hoy sabemos que el propósito político del gobernador Fresco cuando dio carta blanca a Salamone para que poblara la pampa de mataderos, cementerios y palacios municipales (detener el nomadismo que impedía que esos pueblos crecieran, afincar a esa masa “golondrina” ofreciéndole un lugar de trabajo, un lugar donde enterrar a sus muertos y una presencia tutelar urbana que demostrara que el Estado velaba por ellos, si ellos se quedaban en esos pueblos) fracasó estrepitosamente: los pueblos donde se alzan las moles de Salamone tienen hoy menos habitantes aun que en aquellos años, ya nadie trabaja en esos mataderos, los muertos de los cementerios reciben tan escasas visitas como nuevos residentes y los palacios municipales metaforizan de manera implacable el fin del Estado benefactor.
Sin embargo, como bien dice Valentini, Salamone reinventó la pampa. Viendo las fotos de Iasparra y el modo fascinante en que dialogan con las de Pastorino, me arriesgo a plantear que el efecto de la arquitectura de Salamone terminó operando sobre las masas celestes un efecto aun más rotundo que el que se esperaba que cumpliera sobre las masas terrestres: tal como la forestación de un espacio árido puede redefinir su clima, su ritmo de precipitaciones, su “comportamiento” en suma, las torres y cuchillas de las moles edificadas por Salamone redefinieron los cielos pampeanos al acercárseles temerariamente. Reformularon su color, su textura, su comportamiento. Sólo faltaba alguien que nos lo hiciera ver. Y eso es precisamente lo que hacen las fotos de Iasparra (nacido, como Valentini, en un pueblo de la pampa, y víctima, como él, del “embrujo” salamoniano desde temprana edad).
Cada “espera” de Iasparra, con el diafragma de la cámara abierto, logra apresar aquello supuestamente inasible para una gramática de lo instantáneo como es la fotografía: el mínimo paso del tiempo de un instante a otro. No es casual que elija como territorio lo nocturno. Ancestralmente, la noche era el tiempo muerto, el reverso del día en todo sentido (sin luz, no había modo de medir el paso de las horas), el lapso en el cual, mientras todo parecía detenerse hasta la reaparición del sol, ocurría lo misterioso, lo inexplicable. De ahí las “leyes” de la noche. En las fotos de Pastorino, el efecto que producen los edificios de Salamone es el de haber irrumpido en medio de la pampa de la noche a la mañana, con su imponente aspecto actual, fantasmático, incongruente. Las fotos de Iasparra nos permiten ver cómo fue que esas masas celestes “convocaron”esas edificaciones para completar el paisaje, para ser cabalmente lo que querían ser desde siempre.

La muestra El plano del espejo
de Ignacio Iasparra puede verse hasta el 29 de
septiembre en la Fotogalería del Teatro
General San Martín, Corrientes 1530
(entrada libre y gratuita, abierto todos los días
desde las diez de la mañana hasta la finalización de los espectáculos del teatro).

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