Dom 14.08.2011
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MúSICA > JOSH T. PEARSON, EL PREDICADOR DEL AMOR VENCIDO

Romeo sin Julieta

Hace una década fue un debut de culto con una banda de amigos y un disco doble repleto de citas bíblicas, sonido único e inspiración mística que se rendía a los pies del altar donde el amor y la religión son la misma fe. Después se alejó de todo, se perdió del mapa y nadie supo nada de él. Ahora, apareció con Last of The Country Gentlemen, un disco de siete canciones de desencanto, divorcio y rendición deslumbrantes. Esto es lo que pasó durante esos años de botellas, camas, baños, matrimonio y abandono, y por qué sus oyentes se vuelven fieles o detractores con la misma furia espiritual.

› Por Rodrigo Fresán

Los primeros años musicales del tercer milenio han sido pródigos en grandes latidos de corazones rotos: Heartbreaker de Ryan Adams, Sea Change de Beck, The Godspel of Progress de Micah P. Hinson, For Emma, Forever Ago de Bon Iver, End Times de Eels... Pero ninguno de ellos –en su superlativa calidad y entrega y dolor– tiene una portada tan buena como la de Last of the Country Gentlemen de Josh T. Pearson. Allí, nuestro enamorado en picada desde un balcón donde ya nadie lo espera, aparece –mezcla de Jesse James, Charles Manson, Unabomber y San Juan en Patmos– aferrado a las piernas de una cowgirl de chaleco, sombrero y pezón al aire a la que nada parece importarle menos que el abrazo desesperado y de rodillas de aquel que, ahí abajo, aúlla a la luna y al sol. Adentro, por supuesto, los blues y lamentos y sollozos de un hombre quebrado e inspirado por la fuerza incombustible de su amor.

TEXAPOCALIPSIS NOW

Pero la saga de Josh T. Pearson no arranca aquí sino en el 2001, en un álbum doble de portada horrible y música sublime. De cruzarse apenas visualmente con The Texas Jerusalem Crossroads del power–trío texano Lift To Experience, es más que seguro que casi todos seguirían de largo. Ya se dijo: gráfica espantosa, como de combo cumbianchero-vaquero, tipografía western, stetsons de cotillón, etc. La cosa, si se persevera un poco, mejora al leer el texto de la contratapa, donde se nos cuenta que ahí estaban tres muchachos –Andy “The Boy” Young, Josh T. Pearson y Josh “The Bad” Browning– perdiendo el tiempo en Denton contando cactus cuando se les apareció un ángel flamígero para revelarles que se aproximaba el fin de todas las cosas y que la misión del terceto era conducir a los niños de Israel a la Tierra Prometida. “¿Niños de Israel?”, preguntan los tres amigos. Y el ángel responde: “¿Es que no entienden nada, muchachos? USA es el centro de JerUSAlén”. Ah. Y el desconcierto aumentaba al descubrirse que, leídos de corrido, los títulos de las canciones repartidas en dos CD –uno estampado con la estrella solitaria del estado de Texas, el otro con la estrella de David– acaban formando dos oraciones de resonancias Viejo Testamento: “Just As Was Told”, “Down Came the Angels”, “Falling from Cloud 9”, “With Crippled Wings”, “Waiting to Hit”, “The Ground So Soft” y “These Are the Days”, “When We Shall Touch”, “Down with the Prophets”, “To Guard and Guide You”, “Into the Store”. Y, por supuesto, lo mejor estaba ahí dentro: la continuación natural –en lo territorial y místico– de lo tiempo atrás iniciado por Roky Erickson y sus 13th Floor Elevators. Pero mientras Erickson y los suyos optaron, desde Austin, por la psicodelia de espacios abiertos para acabar decantándose por la locura lisérgica del terror clase B y la sci-fi de Ed Wood y, finalmente, la redención después del loquero; Lift to Experience, formada en 1996, se elevaba desde Denton para volar muy alto y por muy poco tiempo con ruedas en llamas y escaleras de Jacob y aliento bíblico. Apenas un álbum pero inmediatamente cult y favoritos de la crítica y un sonido que parecía combinar lo mejor de Violent Femmes, el primer Pink Floyd, Nick Cave, U2, The Flaming Lips, la voz de Jeff Buckley... No hay allí track que no amerite ser oído, pero bastará para convencerlos “These Are the Days”: pistolas en llamas, Apocalipsis ahora mismo, guitarras giratorias batiéndose a duelo y la certeza absoluta de que el lugar favorito de Jesús en todo el universo es, por supuesto, Texas. Todo cortesía de Josh T. Pearson, hijo de un predicador modelo fuego y azufre. Uno de esos tipos que te arruinan el domingo, predicando el fin de todas las cosas y, de paso, gritándote que la culpa es tuya y nada más que tuya y que arderás por toda la eternidad en un infierno de lava ardiente. El problema es que, un día, papá fue abducido por una secta y abandonó a su familia y al pequeño Josh quien, con cuatro años, no entendía muy bien lo que había pasado. La cosa se complicó cuando, en su adolescencia, escuchó a U2 y a My Bloody Valentine, The Cocteu Twins (quienes se atribuyen el descubrimiento, durante una gira, de Lift to Experience) y a otras bandas inglesas y –sin dejar de leer la Biblia– se puso a escribir canciones largas como sermones y amén. Pronto, eran los favoritos de la prensa británica y protegidos del muy influyente DJ radial John Peel y, suele ocurrir, nadie había oído de ellos en casa. Y, pronto, muy pronto, ni siquiera hubo oportunidad de oírlos, porque ya no estaban allí.

NO SOY TU HOMBRE

Así, cada cual por su lado y Josh T. Pearson a solas y no está del todo claro qué hizo el hijo del predicador a lo largo de la última década. La audición del muy irónicamente titulado Last of the Country Gentlemen permite inferir que no fueron buenos tiempos y que abundó el vagabundeo y el vaciado de botellas. Se sabe, sí, de una mudanza de Denton a un lugar llamado Tehuacana (pop. 307) donde Pearson sobrevivió limpiando baños, pasando meses y meses enteros sin salir de la cama, y preguntándose cómo y cuándo iba a grabar otro disco. Se sabe que se fue a Berlín, donde vivió sin papeles (y grabó casi a solas, en dos noches, en los estudios Klangbild, Last of the Country Gentlemen), y que luego se fue a París donde tocó en una crêperie de nombre West Country Girl por un puñado de dólares o de euros (cincuenta, para ser precisos) y fue invitado como telonero por The Dirty Three y participó en la grabación de dos temas de esa aprendiz de Kate Bush y fan confesa de Lift to Experience que es Bat for Lashes. En algún momento registró un bootleg pirata y live, To Hull and Back, y grabó el clásico “I’m So Lonesome I Could Cry” de Hank Williams para un lado B del single de otros.

Y, por fin, aquí está el lamento de Pearson, su melodioso crack-up: gatillado a partir de un brevísimo matrimonio, sesenta minutos que suenan a siglo, postales para escuchar como fotografiadas por Nan Goldin en una habitación de motel menos 5 estrellas, siete canciones “desagradecidas y demasiado largas” –algunas de ellas superan los doce y trece minutos–- donde lo que se predica son las penas de un tipo al que Cupido flechó primero en el corazón y después, cuando ya no quedaba allí, por la espalda y a traición. Pearson define su trabajo como “la crónica de un año difícil”. Y es una buena definición: voz trémula, guitarra acústica, mínimos detalles de acompañamiento (el violín de Warren Ellis, colega de Nick Cave, en un par de tracks, el impecable gusto del tecladista Dustin O’ Halloran) y los fantasmas de Hank Williams, Gram Parsons, Ian Curtis y Elliott Smith. (Atención: una edición especial de Last of the Country Gentlemen incluye un segundo CD con versiones alternativas y eléctricas e instrumentales de “Sweetheart I Ain’t Your Christ”, “Woman, When I’ve Raised Hell” y “Sorry with a Song”.) El tipo de material que enseguida consigue fieles entregados y resistencias apasionadas. Los últimos lo han tachado de basura autoindulgente, los primeros (Last of the Country Gentlemen fue disco del mes para la revista inglesa Uncut) no dudan en compararlo al Songs of Love and Hate de Leonard Cohen y al On the Beach de Neil Young y al Nebraska de Bruce Springsteen y archivarlo en el cajón de los clásicos instantáneos. Los medios del Viejo Mundo se pelean por quién tiene más adjetivos laudatorios para clavarle como medallas mientras que en la patria parecen ser más cautos y el implacable site de la Pitchfork lo acusa poco menos de llorón y de american for export para inglesitos ricos con tristeza. Ahora, Pearson parece vivir un momento dulce más allá de las lágrimas: gente como Mark Lanegan se deshace en loas, y lo invitan una y otra vez a festivales de renombre como el All Tomorrow’s Parties.

Pearson recordó así sus tiempos oscuros: “Los últimos dos años dejé de beber y comencé a trabajar de nuevo, con un poco de más disciplina. Antes, escribía todo el tiempo pero no terminaba nada. Llegó un momento en que necesitaba desaparecer, salir de Texas, volver a la carretera. Todos me decían que tenía que sacar un disco. Pero yo quería sacar un disco bueno. Y sacar un disco bueno te pasa factura. Te exige más cosas de las que estás dispuesto a dar. Yo no he visto ni un dólar por el disco de Lift to Experience... Así que tampoco sentía que la gente estuviese particularmente interesada en lo mío... Pero grabé estás canciones en el frío, frío Berlín a partir de una experiencia muy descorazonadora. Me salieron canas en una noche. Trata de los días más dolorosos de mi vida. Ni siquiera puedo oírlo. No he vuelto a oírlo desde que lo terminé de grabar. Y hubo un momento en el que hasta pensé en no sacarlo. Era una confesión mía y privada. Para eso vas a confesarte con un sacerdote. Para que nadie te oiga. Pero tocarlo en vivo parece ayudar a mucha gente. No sé si todo ha sido un gran error. En cualquier caso, aquí está”.

Pero, más allá de lo que se dice de él o lo que él dice, conviene saber lo que se siente al escuchar Last of the Country Gentlemen. Disco para escuchar a oscuras y temblar un poco cuando Pearson, en “Sorry with a Song”, pide disculpas confesando que “Toda mi vida no ha sido más que un verso inconcluso con clichés country / Esa ha sido la maldición de mi loca existencia de reloj cucú”. Todo dicho, de rodillas, como en la tapa, abrazándose al tronco de canciones que parecen haber sido pensadas, vividas y compuestas a medida que se las grabó para grabarse en nosotros. Pero a no confundirse: ese cálido aire improvisado está fríamente calculado al milímetro, nota a nota. Algo así como espiar por el ojo de una cerradura y descubrir, al otro lado, otro ojo que nos espía a nosotros. La diferencia es que ese otro ojo se olvidó del consuelo y del alivio de poder cerrarse. Y es un ojo con rayos X. De alguna manera, aquí, Pearson ha seguido el mandato de su padre y del Padre, aunque a su manera: muere/sufre no por nuestros pecados pero nos enseña con su ejemplo todo lo mal que se la puede llegar a pasar si las cosas salen, sí, mal. De ahí que Last of the Country Gentlemen es un trago amargo y fuerte, de esos que rebotan en el estómago y acaban bailando en la cabeza del oyente. Y llegado el final de la primera audición, suele ocurrir, se impone otra vuelta para todos.

Después darse una vuelta por su muy refinado y muy británico site (joshpearson.co.uk), donde el apartado The Good News da cuenta de sus movimientos y el apartado The Bad News te linkea directamente con Fox News, con otros texanos, con otros caballeros campestres de última, con otro Apocalipsis.

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