Sáb 19.06.2010
rosario

CONTRATAPA

DESNATURALIZACIONES

› Por Miriam Cairo

I. LECTORES, AMANTES Y HIERBAS AFINES

Al considerar el origen de las especies se concibe perfectamente que un desnaturalizado, reflexionando sobre las afinidades mutuas de los seres, llega a la conclusión de que las especies de amantes, lectores y hierbas afines, pueden haber descendido de otras especies, pero están voluntariamente independizadas.

Puedo aventurarme a manifestar mi convicción sobre el gran valor de estos estudios, aunque han sido muy comúnmente descuidados, como lo han sido también los desnaturalizados.

Nadie debe sentirse sorprendido por lo mucho que queda todavía sin explicar respecto al origen de las especies y variedades de estas hierbas afines, sin embargo, estoy completamente convencida de que su voluntad desnaturalizadora ha sido el medio más importante, sino el único, de la radiante evolución cromática que van experimentado las mustias especies humanas.

II. EL AUTOR QUE ME PRECEDE

Para no desviarme del método y del autor que me precede en estas investigaciones, hago la salvedad de que, antes de aplicar a los seres raros en estado recóndito, los principios desnaturalizadores, podemos discutir brevemente si estos seres están sujetos a alguna variación. Para tratar bien el asunto se debería dar un largo catálogo de áridos hechos, pero yo, como el mismísimo autor que me precede, reservaré éstos para una obra futura de un autor futuro. Tampoco discutiré aquí las varias definiciones que se han dado de la palabra especie. Ninguna definición ha satisfecho a naturalistas ni a desnaturalizadores; sin embargo, todo desnaturalizado y todo naturalista sabe vagamente lo que él quiere decir cuando habla de una especie.

Tenemos además lo que se llama monstruosidades; pero éstas pasan gradualmente a las variedades. Por monstruosidad supongo que se entiende aquel amante que al final de su cuerpo tiene una púa de tocadiscos desde la cual chupa y da de chupar todos los cielos. Los catorce cielos. Que son infinitos, por supuesto.

III. NANISMO, VIGILIA Y PURO GUSTO

Algunos autores suponen que las variaciones no son hereditarias; pero ¿quién puede decir que el nanismo de las conchas de las aguas salobres del Báltico, o las plantas enanas de las cumbres alpinas, no hayan de ser en algunos casos hereditarios, así como la vigilia es una sed heredada de aquellos que llevaron la costumbre de despertar hasta la ignominia diurna?

Los desnaturalizados podríamos demostrar, mediante un largo catálogo de hechos, que la variedad de lectores que abrillantan la tela tienen el aspecto de un color invisible. Y ésta no es una estrategia para pasar inadvertidos sino para incomodar la tranquilizadora monotonía de los discursos grises. Estoy convencida de que el más experimentado naturalista se sorprendería de lo indescriptibles que pueden ser los lectores desnaturalizados. De lo imposible que es atraparlos con las redes de algún método. Pero si ellos hacen todo por volar, no es para entrar en el catálogo de los fenómenos circenses sino por el solo gusto de desplegar las alas.

IV. LA LUCHA POR LA EXISTENCIA

Debo advertir ante todo que uso esta expresión en un sentido amplio y metafórico, que incluye la dependencia de un ser respecto de otro y lo que es más importante incluye no sólo la vida del individuo, sino también el éxito de sobrevivir en un ambiente que no admite la desnaturaleza. El muérdago depende del manzano y de algunos otros árboles; mas sólo en un sentido muy amplio puede decirse que lucha con estos árboles, pues si sobre un mismo árbol crecen demasiados parásitos de éstos, se extenúa y muere. Otro tanto pasa con el amante que vive en el bosque de los humanos, y que sólo en un sentido muy aparente puede decirse que se lía con éstos, pues si entre ellos crecen demasiados pensamientos parasitarios, el amante se extenúa y muere. Y así como el muérdago es diseminado por los pájaros (su existencia depende de ellos) la dicha amante es promovida por otra dicha amante (nada puede hacer el bosque humano plagado de pensamientos parasitarios).

V. VIDA Y EXTRAÑAMIENTO

Muchos instintos son tan maravillosos, que su desarrollo parecerá probablemente una dificultad suficiente para echar abajo toda mi teoría. Federico Cuvier y algunos de los metafísicos antiguos han comparado el instinto con la costumbre. Esta comparación da, creo yo, una noción exacta de la condición mental bajo la cual se realiza un acto instintivo, pero no explica su desnaturaleza. Permítaseme repetir literalmente todo cuanto repito literalmente, de lo contrario, esta desnaturalización carecería de sinsentido. ¡Qué inconscientemente se realizan muchos actos habituales, incluso, a veces, en oposición directa de nuestra voluntad consciente!, y sin embargo, pueden ser modificados por la voluntad de desleer el canon editorial, por el atrevimiento de amar desde el placer, por la razón de ser un sueño que vive con la cabeza en la mano, deshojando la margarita de sus pensamientos extraviados.

Las costumbres fácilmente llegan a asociarse con otras costumbres, con ciertos períodos de tiempo y con ciertos estados del cuerpo. Un amante que se acostumbra a ser amado y trata a su amante como a su esposa, deja de ser amante. He aquí el meollo de las desnaturalizaciones. P. Huber observó cosas similares en las orugas. Yo, por mi parte, he dejado de mirar orugas, para contemplar amantes. He dejado de mirar hormigas esclavistas, para descubrir lectores. He dejado de comprar semillas, para darles de comer mi corazón a los pájaros. A veces, los pájaros, o lectores amantes se me agolpan en el pecho con tanta fuerza que uno solo de ellos tiene el peso de dos.

Finalmente, esa ley general (descubierta por el autor que me precede) que conduce al proceso natural por el cual se deja vivir a los más fuertes y se deja morir a los más débiles, ha caducado. Las especies débiles, de las que aquí me he ocupado, son inyectoras de vida y extrañamiento para las mustias especies dominantes. Y sólo eso las hace una minoría imprescindible.

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