Jue 24.06.2010
rosario

CONTRATAPA

Una travesura

› Por Jorge Isaías

Fue tan mentada esta historia y tan meneada que al día de hoy aquellos ex pequeños protagonistas, ignoran si estuvieron y los que conocen las cosas de oídas hablan con el aplomo que extiende la certeza del "yo estuve" en los acontecimientos que sólo se fabularon. Si los siglos venideros pueden dar fe de algo tan opinable como el estado del tiempo, más concretamente el clima con su humedad y la nube con su silencio podríamos decir que la primera era baja y la segunda, espléndida.

Nuestras familias cenaban temprano, hecho no decidido por nosotros, pero como era verano, aún se nos permitía estarnos un rato en esa esquina que formaban el cruce de dos calles, después de comidos.

La reunión de esa noche no sé si por la aventura que sobrevendría luego o por alguna otra razón muy desconocida o remota, pero lo cierto es que está en mi memoria grabada con el fuego inmaterial de los recuerdos.

Nos fuimos arrimando de a poco, yo fui el primero porque en mi casa cenábamos muy temprano y era el que vivía más cerca. Después llegó Tago Sánchez, Chorchi López y los hermanos Correa: Miguel y Hugo. Luego se acercaron otros, que prefirieron desertar de la idea del robo de frutas cuando se decidió el objetivo, o se fueron más temprano. Pero algo es seguro, la barrita era numerosa y en la noche de verano crecía incluso con alguno de otro barrio vecino que venía a sentarse en la gramilla de la cortada y a fumar sus primeros cigarrillos los más grandes.

Imagine el lector cuales serían nuestros intereses de entonces, pero supongo que no habrán estado orientados hacia un futuro muy ambicioso como que no fuese vestir la casaca rojiblanca del "globo", el club de nuestros primeros amores o, eventualmente, para los más osados soñar con jugar en algún equipo de primera, pero lo que es casi cierto: nadie pensaría en jugar bajo las órdenes de Guillermo Stábille, responsable de la selección nacional donde brillaba Pedro Dellacha, o Pedro del Area como se llamaba al número dos de Racing en esos tiempos, o, en mi caso el gran Federico Vairo "fullback" del Club de Arroyito, sangre auriazul para siempre.

¿Hablamos indolentemente, esa noche de fútbol? ¿Contamos algunos cuentos con lo que suponíamos una versión sexual pero era una muestra de ingenuidad de chicos pobres de un pueblo perdido?. Si al final de todo no éramos más que un montoncito de ilusiones a flor de piel, a pura lágrima perdida.

Hasta que en esa plácida, inolvidable pero extraviada noche de entonces alguien, dueño de una voz que a la que nunca podré ponerle nombre y apellido propuso:

¿Y si vamos a robarle los duraznos al Turco?

-Yo no sé si el desparpajo o la temeridad de la propuesta tiró sobre todos nosotros un manto de hielo aunque enero seguramente arrojaba sobre nosotros calores y mosquitos.

No era fácil digerir esa propuesta que se nos aparecía como imposible, si puedo narrar que José Alé, al que todo el pueblo llamaba Turco, pese a su reiterada aclaración asumiéndose como árabe, era de un carácter para asustar a cualquier hombre bien plantado, imaginen qué impresión y qué temores podrían anidar en un grupo de niños temerosos de las reprimendas paternas, o mejor dicho de los cintazos sobre nuestras nalgas huidizas e indefensas.

A varios les pareció desatinado. Los más chicos desertaron pronto, antes de arrancar.

Los duraznos en cuestión eran los más codiciados del barrio y aún me atrevo a aventurar del pueblo. Los hacía más deseables el hecho de que al Turco nunca nadie le había robado una miserable ciruela remolacha de sus frutales orgullosos. Estaban a cien metros exactos de la tentación que nos hacía perder el asalto blando del cielo. Y de ese alto tejido, cien metros más, justo frente a la placita Sarmiento, en la ochava sudoeste estaba su almacén y despacho de bebidas, donde el Turco reinaba entre copas de ginebra, paquetes de yerba y algunas pilas de alpargatas.

Cuando digo reinaba, estoy afirmando que piloteó todas las trifulcas de curdas a talerazo limpio murió invicto, diría mi padre en su velorio .

De la partida fuimos entonces, luego de cabildeos y temores, y, siempre aclarando que los nombres (algunos nombres) pueden ser borrados y agregados otros: los hermanos Correa, Hugo y el menor, Miguel Angel, a quien llamábamos Chajá, Juan Carlos López, el inefable e inmortal Chorchi y el infaltable y muy travieso Tago Sánchez.

Llegamos pronto ya que como más arriba escribí, no nos separaban sino cien metros de esos apetecibles duraznos, que mitificaba la prohibición del deseo, y de los que sólo nos separaba una alta muralla de miedo.

No podíamos elegir peor noche, los vecinos estaban todos tomando fresco con sus sillas en la vereda y, sobre todo, el mudo Pepe Alessi; quien vivía enfrente y comenzó a dar esos gritos guturales que era el único ruido que podía sacar de su garganta. Lo oyó la Muda, María Belcastro, su mujer, que no era muda pero se le decía así por extensión. Y fue el acabóse. Se alertó el Turco. Sentimos un ruido de ramas que en lo alto, se entrechocaban y luego el estampido. Aunque debió ser al revés, pero en mi memoria están primero las municiones trizando las hojitas de los pobres árboles y luego el ruido estallante de una escopeta que el Turco no trepidó en apuntar hacia los bultos que en las sombras intentaban trepar ese tejido alto y romboide guardando tanta fruta prohibida.

El único que había entrado -cuándo no, siempre primero, Tago no sólo regresó como un gato, sino que partió como una flecha y nos sobrepasó a todos en esa carrera que empujaba el terror y cuando no lo pudieron parar las chicas de López inquiriéndole por su loca carrera, doscientos metros más allá, el Tago sólo balbuceaba como un poseso: El mudo... El Turco... El mudo... Para luego hundirse en las sombras apacibles de esa noche veraniega que sucedió en el pueblo viejo, oliendo a jazmines para siempre.

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