Vie 12.08.2011
soy

Corazones salvajes

Erasure viene a ofrecer su corazón dance. Un corazón capaz de convertir la pista en una nave de dementes –de “ravers”– que vibran al mismo tiempo, a sabiendas de que en esa comunidad efímera no hay una identidad que se imponga sobre las otras sino un cruce de géneros, un roce de pieles, un eco de un cuerpo en otro cuerpo. Pero sobre esa caja de resonancia que puede ser la pista, ellos escriben su propio mensaje militante y nada borroneado por sí mismos, por lxs otrxs y también por quienes vendrán.

› Por Diego Trerotola

Parece ser una contradicción mayor, incluso un atrevimiento infructuoso, intentar buscar la identidad que se construye en la pista de baile, en ese remolino donde se diluyen, licuan, confunden todas las particularidades entre luces y sombras y parlantes como totem de un ritual en movimiento. Pista de despegue, entonces, hacia galaxias donde hace gala la despersonalización, criadero de temblores donde cada cuerpo se acerca, como un juguete a cuerda, al vértigo de una cornisa al vacío para caer vaciado, si es que tiene la suerte de encontrar el camino entre el ritmo del tecnoshow. Y esto tiene que ver con que ahí, en ese ojo ciego de la tormenta de estímulos sonoros y lumínicos sobre la masa homogeneizada, hay algo que se pierde y otro tanto se gana, en un hechizo que fue expresado por el crítico musical Simon Reynolds: “La disolución mágica de los orígenes, la clase, la raza y las diferencias sexuales es la esencia de la pista de baile”. Magia, entonces, que comenzando en la era disco se puso en fuga en los ’90 con el fenómeno de las raves, de la versión más demente y electrónica de la pista de baile. “La música rave no elimina tanto el ‘alma’ sino que más bien la dispersa a lo largo de todo el campo sonoro. Es música en la que todo es superficie erógena y sin profundidad: ‘piel’ sin ‘corazón’”, sigue Reynolds en su libro Después del rock. El Eros a flor de piel, que no late, sino que es superficie porosa, permeable (¿qué otro órgano tiene la piel que sus poros?). Vista así, la cultura dance contemporánea parece reducirnos sólo a la mínima expresión celular, somos seres simplificados, alertas igual al erotismo de la vibración colectiva, pero descorazonados. Estamos vacíos pero algo suena dentro, porque se filtran los impulsos ambientales y rebotan en nuestro interior. Así, cada persona, en la pista tecno, es una maraca, cuerpos convertidos en cotillón de un carnaval carioca electrocutado. Maraca yo, maraca tú: la pista es la fiesta de todxs. Y en ese carnaval de los cuerpos desalmados, la corbata es vincha de indio porque aparece la pluma, o sea, lo gay como código indumentario que cruza lo masculino y femenino como etiqueta permitida, donde los géneros se mezclan en la bailanta lo que dura una canción, un bloque, una noche o dos. En el sistema solar que gira alrededor de la bola de espejos somos satélites maricas, porque luces y sonidos construyen un cosmos que niega su sentido etimológico de orden, para derivar en otra palabra familiar, cosmético, porque las identidades bailables tienen toda la fragilidad, la seducción y la trampa de un maquillaje que se retoca, se corre, se borra. Tal vez en busca de la esencia de la pista de baile, ese borramiento de las identidades, Vince Clarke y Andy Bell decidieron bautizar a su dúo de synth-pop, Erasure, que significa borrón. Pero no se conformaron con producir música para sacudir las maracas, sino que se propusieron dibujar insistentemente un corazón de rouge con cada una de sus canciones, porque sabían, y ese era el objetivo secreto, que se iba a borrar con el primer beso. Porque igual en el erotismo dance del maquillaje, nadie puede quitarles, quitarnos, lo bailado.

ELECTRO-CARDIO-DRAMA

El año que el synth-pop de Erasure explotó en Buenos Aires fue 1988. Y si alguien pisaba una pista de baile que seguía la moda tecno que dictaba la flamante radio Zeta 95, no podía dejar de hacerse amigo de Vince Clarke y Andy Bell. Porque antes de que abriera la pista, el momento anterior a que las luces estroboscópicas arrojaran toda su furia, cuando todavía la luz negra nos hacía sonreír con todos nuestros dientes flúo, se escuchaba “Ship of Fools”, que era una balada perfecta para calentar las turbinas antes de partir totalmente hacia la locura del house. Segunda canción del tercer disco de Erasure, primera balada editada como single por el dúo, que aludía con el título “La nave de los locos” a un cuadro de El Bosco y su correspondiente relato del barco sin dirección abordado por dementes (que es lo mismo que decir “ravers”). El delirio del disco-pop tenía un prólogo compuesto por Erasure en The Innocents: la balsa del rockero solitario se transformaba en lancha-inconsciente-colectivo, pero igual marchaba hacia la locura del carnaval de la máscara que desdibuja. Pero este tránsito grotesco para el dúo no podía ser sin alegría. Porque Clarke and Bell, por más desgarradoras y lloronas que fuesen algunas de sus canciones, siempre se mantuvieron brillantes, luminosos. Tal vez por eso, para seguir incandescente, Clarke se fue de Depeche Mode después de ser el alma compositiva del primer disco de esa otra banda pop de sintetizadores, que luego se tornaría más dark (Clarke fue uno de los responsables del impecable hit “Just Can’t Get Enough”, y tal vez lo que expresaba en esa canción es que no pudo conseguir suficiente glamour con la pose depresiva de sus colegas de Depeche Mode). Tras la creación de algunos otros hits con Yazoo, Clarke puso un anuncio para buscar un intérprete para un nuevo proyecto y se presentó Andy Bell entre otros cientos de interesados. De ese momento a su debut con Wonderland en 1985, y después estallar con “A Little Respect” y “Stop!” en las pistas argentinas en 1988, hubo bastante brillo fuera del closet, sobre todo en una serie de videos, por si alguien no sabía que lo del dúo era el camp sin límite y la aventura audiovisual gay, antes de que esa palabra fuera del todo chic, del todo autorizada, del todo legal. Era la época donde el videoclip era el género que mató al reinado de la radio, como nos recordaba el hit de Buggles del que Erasure hará una versión en su disco de covers de 2003. El primer video de Erasure salió con los tacos de punta, se montaba sobre el tema “Who Needs Love (Like That)”, y ellos se montaban de lo lindo, travestidos en plan Mary Poppins del Far West, ricitos de oro y faldas con volados, para bailar cancan mostrando las piernas a los cowboys, entre los que también ellos se encontraban, en doble papel. No había secretos en la montaña de camp de ese videoclip que los ubicaba cómodos a la par de Queen, Culture Club y Madonna, entre otros que usufructuaban la estética de los shows de clubes glbt, particularmente calcando el artificio degenerado de la performance drag. Los videos de Erasure, a partir de ahí, imaginaron futuros de musicals, una versión de Hollywood visto a través del microscopio electropop, como sus sintetizadores lanzaban melodías como las chispas de pirotecnia infantil que Andy Bell manipula en el videoclip de “Sometimes”. Pero siempre las canciones y los videos de amor tecno le van a poner letra, melodía e imagen a los omnipresentes y omnipotentes corazones rotos, flechados, encadenados, enamorados. Cupidos con flechas listas para ensartar el músculo serán casi un leit motiv de la banda desde “Oh, L’amour”, uno de sus primeros videoclips. Esos querubines que vuelven dorados en “The Blue Savannah” para prenderse en el torso desnudo de Bell, quien además se presenta en varios shows con alas de pluma de angelito, son el kitsch desbordado que vuelve a Erasure la artillería más glam de la cursilería melodramática del pop. Cursi rasposo con letras de una grasada insoportable para algunxs, para otrxs un gusto empalagoso por el pulso pegadizo de las canciones, muchas personas sostuvieron que el dúo de Clarke y Bell es pop de cotillón, fiestero y mamarracho. Nunca lo negaron, se hundieron en una lluvia de cotillón en “Drama”, un apocalipsis epifánico, irónico y trash, e incluso fueron las drag queens más impresentables con pelucones y lentejuelas de grueso calibre en su videoclip de “Take a Chance on Me”, cover de su disco tributo a Abba. Desde un realismo rociado de purpurina hasta un homoerotismo desternillante, cada videoclip de Erasure merecería un análisis que deconstruya su complejo pastiche que puede incluir surrealismo atrofiado, mutaciones de Alicia en el País de las Maravillas y fairy tales trasfigurados como Caperucita Roja enamorada de La Bella Durmiente en un amor lésbico de fábula donde ellos son motoqueros plateados.

Hipermariconas, su partusa bailable audiovisual no es para paladares exquisitos y snobs, sino que se arrastra por una cultura popular omnívora. Frente a la pacatería, incluso frente al retroceso de los muchos avances que hubo en la cultura pop desde el glam rock, Erasure fue un dúo que siempre dio un grito de corazón: viva el synth-pop, viva el synth-pop. Pero dentro y fuera de su país, la teatralidad burlona, lloricona, afeminada y loca de Erasure casi se convirtió de inmediato en retro descartable para muchas personas, cuando el estilo del gay chic se imponía en los últimos años de la década del 80, y la diversidad sexual trataba de embanderarse en una moda que dictaba que había que asimilarse a un modelo de vida heterosexista. Andy Bell fue uno de los primeros ídolos pop planetarios en estar totalmente fuera del closet, y siempre supo que en ese lugar hay que estar atento para que nadie te empuje nuevamente dentro. La experiencia de salir del closet es un presente continuo, como algunos defienden ese viaje sin tiempo de la pista de baile. Pero a la industria de la música no le gustaba, no le gusta, que esto sea así. Y Bell sabe de esto muy bien: “Lo curioso es que siempre hay que estar cuidándose la espalda. En el negocio de la música, una vez que comenzás a establecer tu personalidad, la compañía discográfica comenzará a tratar de empaquetarte otra vez, de encerrarte en una especie de armario otra vez. Y no les gustará que hables de ser gay en las entrevistas o en público. Creo que cada quien debería simplemente seguir sus instintos, para recorrer todo el camino posible. No tratar de dejar reducirse la personalidad por cualquiera de esas personas”. La obra de Erasure, pero sobre todo la de Andy Bell, es una operación de su corazón abierto, que se ofrece fuera de cualquier closet, grosero como buena entraña, terso y camp como buena marica, como muestra la tapa de su último disco Tomorrow’s World, editado el año pasado. Y nuevamente los Erasure vienen a ofrecer su corazón de regalo, con moño y todo, como si fuese un títere de papel maché que se rompe y revela que estaba habitado por mariposas technicolor y pajaritos tornasolados que cada día cantan y brillan mejor.

EL OPUS GAY

En 1990, como una forma de juntar fondos para investigar sobre el sida, muchas personalidades de la música se juntaron para hacer Red Hot & Blue, un disco tributo a Cole Porter, alguien que vivió toda su carrera dentro del closet. Erasure hizo una versión de Too Darn Hot, pero hicieron un video-denuncia antológico, mostrando protestas de Act-Up contra la política sanitaria genocida de Estados Unidos. “El sida no discrimina, el sistema de salud sí”, “Cuando Ronald Reagan se dio por enterado de la crisis, 25.644 personas habían muerto de sida”, eran algunas frases que se leían en el videoclip a modo de agit-prop que el dúo propuso para concientizar en un momento clave de la historia y la expansión del HIV. Tal vez sea el video más activista de la historia del pop, y es parte de una resistencia camp que gravitaba en toda la estética de Erasure, en el video de Too Darn Hot se burlan de los noticieros, al mismo tiempo que se convierte en la más frontal forma de información sobre los alcances de la crisis del sida. Gestos como estos convirtieron a “A Little Respect” en un himno, que compite con junto a “I Will Survive” de Gloria Gaynor y “YMCA” de Village People, como el hit más bailable del orgullo lgbti.

Pero el compromiso de Erasure con la visibilidad no decayó nunca. Una pequeña prueba de eso tuvo el público local cuando en los años ’90 y frente a las miles de personas que colmaban el estadio de Vélez Andy Bell decía en mal español. “Soy puto”, para delirio y estupor de quienes todavía no terminaban de digerir un coming out con tan poco drama. Un compromiso sostenido gracias a sus letras de homoerotismo cósmico, los videos explícitos de teatralidad estrambótica que hizo escuela y recitales de un desenfado queer que siguieron haciendo sin sosiego, y cuyo máximo opus en vivo habrá sido la versión drag queen de Andy Bell imitando a Debbie Harry, cantante de Blondie, para interpretar su cover de “Heart of Glass”, otra vez la fragilidad del corazón. Pero también Bell volvió a salir de otro closet en 2004, al hablar públicamente de que tanto él como su pareja, Paul Hickey, viven con HIV desde junio de 1998. Bell es la primera estrella internacional en actividad que elige expresarse libremente sobre su seropositividad. Estética y activistamente alertas a los cambios, al movimiento de la tecnología y las ideas, Erasure recientemente hizo un relanzamiento de “A Little Respect”, a la par de la salida de su último disco. El nuevo título es “A Little Respect HMI Redux”, y la sigla refiere al Instituto HetrickMartin (www.hmi.org), donde se desarrolla la escuela secundaria Harvey Milk en New York, que apunta a desarrollar un programa educativo que propone un ambiente donde no se discrimine por orientación sexual y la identidad de género, resguardando a lxs alumnxs de la crueldad del maltrato. Frente a los altos índices de suicidio adolescente cuestiones relacionadas con el género y la sexualidad, Bell pensó que era una forma de ayudar relanzando su canción como parte de una campaña para ayudar a esta organización. Y para aggiornar su estilo de videoclip decidió filmar uno nuevo para la canción al modo de los videos caseros que se suben a YouTube. Coprotagonizado por alumnos de la escuela Harvey Milk, las imágenes muestran a Bell en las calles de Nueva York y rodeado de niñxs que son el mundo del futuro del que habla su último disco. Un futuro que gracias a los sintetizadores manejados por Vince Clarke y la desarreglada y maricona forma de bailar de Bell se podrá corear hasta que el corazón haga pop y revele su coágulos de purpurina y rouge. Porque ese corazón pertenece a la estirpe poética que evocaba Batato Barea por los mismo años que el dúo inglés se consolidaba alrededor del mundo: “dentro de mi corazón hay sangre y dentro de mi sangre hay cosméticos”.

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