Dom 20.06.2010
turismo

BOLIVIA. AñO NUEVO AYMARA EN TIAWANAKU

Hermano sol

Cada 21 de junio al amanecer, cuando el primer rayo del astro rey atraviesa la Puerta del Sol, se desarrolla en las ruinas de Tiawanaku un ritual pagano que celebra un nuevo ciclo vital ligado a las cosechas y a una cosmovisión ancestral muy vigente en la Bolivia de hoy. Bienvenidos al colorido y vital Año Nuevo aymara.

› Por Julián Varsavsky

A las 4 de la mañana del 21 de junio, en el pueblo de Tiawanaku el frío cala hondo en los huesos. La temperatura ronda los 10º bajo cero, pero para los habitantes del Altiplano es un fenómeno habitual, que soportan con el mismo estoicismo que el insufrible calor del día.

A 4000 metros de altura, varios miles de personas aguardan a cielo abierto la celebración del Año Nuevo aymara. La multitud está lista para un ritual pagano a punto de realizarse en unas ruinas legendarias, que pertenecieron a una de las culturas más longevas de América del Sur, desarrollada a lo largo de 2700 años, hasta el 1200 después de Cristo. Su capital, Tiawanaku, era el centro de un gran Estado andino previo a los incas, que se extendió por todo el Altiplano.

Desde hace siglos el Año Nuevo aymara es una fiesta familiar durante la cual las personas se reúnen y acurrucan unas con otras alrededor del fuego a esperar el “renacimiento de la vida”. He ahí el sentido de esta vigilia, que por ahora invita a cobijarse en el centro del pueblo donde se desarrolla la fiesta, buscando calor humano entre la multitud. Mientras en un escenario hay shows musicales, en las fogatas cualquiera es bienvenido para compartir un mismo anhelo mirando el horizonte: que salga pronto el sol.

Es que el sol es el protagonista de la fiesta, el mismo que fue esperado a lo largo de los siglos –primero por los tiawanacotas y luego por los aymaras– para que los tocara con su primer rayo luminoso en el día más corto del año, dando inicio así a un nuevo ciclo de la vida.

A las 5 de la mañana el primer destello solar todavía está lejos, pero la multitud empieza su peregrinaje hacia las ruinas de Tiawanaku para ocupar un palco en una de las fiestas más importantes de los pueblos originarios de América. Con el clarear del alba varios centenares de personas suben hasta la cumbre de la colina adyacente a las ruinas para obtener la mejor vista de la ceremonia, como en un anfiteatro. El vasto Altiplano se va iluminando, y de a poco las ruinas se perfilan entre la bruma.

FIESTA PAGANA En sus tiempos de esplendor la ciudad de Tiawanaku atraía para fin de año a numerosos chamanes conocidos como “amautas”, que desempeñaban un papel muy importante en la sociedad, pues podían hablar con la Madre Tierra y el dios Sol. El punto de conexión eran unos poderosos alucinógenos que consumían para la ocasión.

Los amautas determinaban cuál era la fecha precisa del calendario para comenzar la siembra, iniciar la cosecha y el momento de la esquila de los animales. De acuerdo con esa cosmovisión, cada año nuevo celebra el renacimiento de la vida brotando de la tierra.

Cuando faltan unos minutos para que el sol se asome tras las montañas, unas 30 mil personas ya están alrededor de las ruinas de Tiawanaku listas para participar del inicio de un nuevo “machaq mara”, o Año Nuevo en aymara.

La multitud desborda los alrededores de la antigua capital, mientras en las ruinas los máximos sacerdotes aymaras encabezan la primera parte de la celebración, que se desarrolla en los templos orientados hacia los puntos de salida del sol y de la luna.

Periodistas y fotógrafos de todo el mundo reflejan la resonancia global que hoy adquiere la ceremonia, muy colorida gracias a los llamativos aguayos que cuelgan de la espalda de las mujeres, los sombreros chullos de los hombres y ponchos de todo tipo tejidos a mano por los miembros de las comunidades indígenas.

En la fiesta se canta, se baila, se toma y se come. Pero cuando está por salir el sol todo se detiene. Alrededor de las 7, los chamanes rompen el silencio protocolar e inician la ceremonia en el templo de Kalasasaya, que venera al dios Sol, expresando sus primeras palabras de bienvenida y agradecimiento al astro rey junto al monolito Ponce, que representa a un chamán con su tableta de alucinógenos (y que se llama así en homenaje a un antropólogo boliviano).

Tras este primer acto sin público, los sacerdotes aymaras van al área ceremonial donde, arriba de una plataforma de sacrificios, comienzan un rito ancestral que consiste en bailar en círculos mientras queman simbólicamente todo aquello negativo que deja el año anterior, a la vez que elevan plegarias de esperanza para el que viene.

Es entonces cuando el primer rayo llega desde el firmamento y atraviesa la Puerta del Sol, el monumento más importante de Tiawanaku, un calendario que marcaba los dos solsticios y los dos equinoccios del año. Y fue construida precisamente allí, con una cuidadosa orientación, justamente para que el primer rayo de sol del primer día del invierno pasara por el lugar.

La solemne escena es seguida por miles de aymaras arrodillados, algunos con lágrimas en los ojos y fijando la mirada en el horizonte. Las oraciones dan paso a la fiesta y entonces la gente puede ingresar a las ruinas. Al son de las zampoñas, quenas y tambores de cuero de alpaca la multitud toma Tiawanaku bajo la flameante y tricolor bandera aymara.

EL ORIGEN Como toda antigua ciudad de piedra, Tiawanaku ha generado diversos mitos y conjeturas. Thor Heyerdahl, aquel navegante noruego que construyó la Kon Tiki para cruzar el Pacífico, insistió durante décadas en que los tiawanakotas cruzaron el océano hasta la Polinesia en una simple embarcación. En el siglo XVII, el sacerdote español Reginaldo de Lizárraga apuntaba acerca de estas ruinas que “casi no pasa por aquel pueblo hombre curioso que no las vaya a ver”. Para el cartógrafo inglés James Allen, Tiawanaku y el pueblo aymara fueron uno de los reinos de la Atlántida de Platón. Y en el siglo XIX, el explorador francés Castelnau recorrió las ruinas y afirmó que Tiawanaku fue obra de una raza ya extinta de origen egipcio, agregando que “los imbéciles aymaras no pueden ser descendientes de estos hábiles constructores”. Pero sí lo son, y pertenecen a una cultura en permanente cambio que valora sus raíces como pocas, orgullosos de sus antepasados y celebrando cada año con su representante más famoso –Evo Morales, quien participa de la fiesta– un nuevo ciclo vital que late en esta zona desde hace milenios bajo el mismo solz

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