Vie 28.05.2010

ECONOMíA  › OPINION

Por qué no habrá guerra

› Por Martín Granovsky

Olvídense los que imaginan una escalada infinita con Brasil: tanto Lula como Cristina creen en la administración política de las diferencias comerciales. El criterio lo estrenaron Raúl Alfonsín y José Sarney en 1985. Después Carlos Menem y los dos Fernandos, Collor de Mello y Cardoso, vaciaron la relación de política. A comienzos del gobierno de Néstor Kirchner hubo chisporroteos, pero desde 2005 las relaciones se acomodaron. Es interesante descubrir cuándo se produjo el encastre: fue en junio de 2005 a raíz de la crisis boliviana. Había renunciado el presidente Carlos Mesa y Bolivia parecía a punto de explotar. La OEA designó un comisionado que viajó a La Paz acompañado de dos negociadores designados por Lula y Kirchner. Uno era Marco Aurelio García, asesor internacional de la Presidencia. El otro, el radical Raúl Alconada Sempé, ex subsecretario de Asuntos Latinoamericanos de Alfonsín y, como otra pieza clave de las relaciones con Brasil, Alberto Ferrari Etcheberry, un convencido de la cooperación política estrecha con los vecinos.

En los últimos cinco años los dos gobiernos festejaron juntos el triunfo de Evo Morales, celebraron las victorias de Tabaré Vázquez, Michelle Bachelet, Rafael Correa, Fernando Lugo y José Mujica, negociaron con Alvaro Uribe, digirieron a Sebastián Piñera, integraron a Hugo Chávez y terminaron poniéndole dinámica a la Unión Suramericana de Naciones, una idea brasileña que toda esta zona del mundo adoptó. La designación de Kirchner como secretario general de Unasur es el eslabón más reciente de una noción común de estabilidad regional.

Si se miran las cosas del lado brasileño, el análisis muestra que Lula es paciente con los vecinos. Por ejemplo, fue hasta comprensivo cuando un Evo todavía inexperto no sólo estatizó Petrobras, sino que ocupó militarmente sus instalaciones. Hace unos días el candidato brasileño de oposición, José Serra, dijo que Bolivia era “cómplice” del narcotráfico. El brasileño Emir Sader, secretario del Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales, acaba de citar en un artículo la réplica de la candidata oficialista Dilma Rousseff: “No podemos ser un país desarrollado cercado de miserables. No podemos despreciar a nuestros vecinos y mirar con soberbia a los países que no son como el nuestro. Esta es la política imperialista que lleva a la guerra, al conflicto y al desprecio”.

La historia también revela que el Brasil republicano (de 1889 para aquí) no es una potencia agresiva.

Un dato más, también para hablar de intereses y no de amor, es que Brasil busca jugar un papel importante como polo de un nuevo multilateralismo en el mundo. Un ejemplo es su relación con los otros miembros del BRIC, la sigla que reúne a Brasil, Rusia, India y China. Otro, más nuevo, su flamante ejercicio diplomático junto con Turquía para negociar con Irán un acuerdo nuclear. Acordaron canjear uranio iraní por combustible nuclear enriquecido al 20 por ciento en Turquía. La idea de Lula es que si hay intercambio, hay control mutuo y, por lo tanto, no serían necesarias sanciones internacionales. El régimen iraní es una de las mayores expresiones mundiales de negacionismo respecto del Holocausto, pero ésa no es la discusión esta vez: el punto es cómo Teherán resulta menos violento en un mundo cada vez más complejo.

Y otro dato final: desde que Lula es presidente, el primer día de 2003, Brasil incorporó 30 millones de personas más al mercado y al consumo a través de una política de desarrollo con justicia social. El hecho, igual que la Asignación Universal por Hijo en la Argentina, es bueno en sí mismo para quien enarbole valores de igualdad. Pero, más allá de los valores, la ampliación de mercados, aquí y allá, es una gran noticia en medio de una recesión europea que aún carece de final conocido.

Al menos desde 2005, cada vez que hubo diferencias comerciales Kirchner y Lula primero, y Cristina y Lula después, dieron orden de negociar. Y la sangre no llegó a la frontera. Este es un momento muy difícil. Brasil y la Argentina fueron menos afectados por la crisis internacional que en sacudones anteriores por sus políticas de estímulo al consumo. Pero el terremoto mundial produce réplicas y perjudica sectores industriales, situación a la que se añaden formas distintas de adaptación cambiaria, niveles diferentes de productividad de las economías y, obviamente, magnitudes desiguales de población y Producto Bruto Interno.

La brecha es imparable. Brasil ya es un gigante y la Argentina integra la amplia clase media del mundo. Sería ridículo que la Argentina compita con Brasil. Es una alternativa irreal que, por lo tanto, no debería invitar al sufrimiento o la pelea sino a la cooperación con el vecino. La ventaja, sobre todo con Lula y eventualmente, si las encuestas la siguen dando ganadora, con Dilma, es que el proyecto brasileño no consiste en que la Argentina se sienta humillada.

No es la primera vez que Marco Aurelio García dice que la única división pasa por el fútbol. Seguramente no será la última. Y como soñar no cuesta nada, por ahí se arreglan las diferencias comerciales, encima Diego la emboca y bingo.

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