Dom 23.05.2010

EL MUNDO  › ESCENARIO

El arrepentido

› Por Santiago O’Donnell

El arrepentido es alto, grandote y viste bien: traje azul, camisa blanca, zapatos recién lustrados. Pelo negro, tupido y corto pero no rapado, con jopo canchero y raya al costado, onda Jaime Bayly. Sentado a la mesa con un grupo de respetados hombres de leyes que viene a escuchar su confesión en una oficina de San Telmo, él parece un abogado más. Se lo ve cómodo y distendido pero sin salirse de la formalidad, sonríe y gesticula con las manos, visiblemente contento con la atención dispensada. Sin embargo, hay un detalle que lo hace distinto a los demás presentes. Su mirada es huidiza y libinidosa, como la de un conductor televisivo de programa de chimentos.

Pero lo que vino a contar no es trivial. El arrepentido es un ex mayor de la policía colombiana que actualmente vive en Venezuela como huésped de la Acnur, la agencia de refugiados de Naciones Unidas. Dice que se escapó de Colombia porque empezó a recibir amenazas de muerte por su conocimiento directo de la formación de un grupo paramilitar organizado por Santiago Uribe Vélez, hermano del presidente colombiano Alvaro Uribe Vélez. Dice que el grupo se llamó los Doce Apóstoles y aporta detalles de cinco matanzas llevadas adelante por ese escuadrón.

El testimonio fue grabado en presencia de un grupo de juristas y activistas por los derechos humanos, quienes hicieron algunas preguntas cuando el arrepentido terminó su presentación. La idea es usar el testimonio para abrir una causa en Colombia y al mismo tiempo difundir el caso en el exterior, para que organismos internacionales monitoreen su curso y en caso de que no prospere en la Justicia local, lo lleven a la Corte de Costa Rica.

“Esto sirve para denunciar la complicidad del presidente Uribe y su hermano con las matanzas, los desplazamientos de los pobladores”, dijo Pérez Esquivel. “Esto se hace con la complicidad de las empresas, no se hace porque sí, es para sacarles las tierras a los campesinos. Nos importa mucho la seguridad de la gente que denuncia violaciones de derechos humanos en Colombia, como el padre Javier Giraldo.”

Fue Giraldo, junto al abogado Daniel Prado, quien acercó al arrepentido al Serpaj. Hoy Giraldo está condenado a muerte por “cura marxista” en pintadas que empezaron a aparecer por todo Medellín.

Cuando el arrepentido termina de grabar su testimonio se sienta a hablar con Página/12. De entrada se presenta como si fuera un prisionero de guerra: Juan Carlos Meneses Quintero, 42 años, cédula de identidad 91.256.381. Ingresó a la Policía Nacional en 1987 y fue pasado a retiro con el grado de mayor en el 2002.

Después confiesa otra vez que fue testigo y partícipe del accionar del escuadrón paramilitar de los Doce Apóstoles. “El jefe era Santiago Uribe Vélez”, acusa.

Las vejaciones de los Doce Apóstoles son conocidas en Colombia, y hay causas abiertas por muchos de los crímenes que cometieron. Pero hasta ahora ningún miembro o ex miembro del aparato represivo había acusado de conducirlo al mismísimo hermano del presidente, y encima con el conocimiento del mandatario.

El arrepentido toma envión y dice que tuvo cinco o seis reuniones con Santiago Uribe para coordinar las tareas represivas de los Doce Apóstoles. Asegura que Santiago Uribe le dijo que el hoy presidente estaba al tanto de todo.

Después empieza a hablar de casos puntuales. No le gusta decir “matar” o “asesinar”. Prefiere eufemismos como “dar de baja” o “hacer lo pertinente”. Cuenta que una vez encontraron las vainas servidas de su rifle en la escena de un asesinato. Asegura que no estuvo allí, que un policía suyo tomó prestado el fusil sin avisarle, pero eso es difícil de creer. Vamos. Ningún cuatro de copas usa el rifle de su jefe en un fusilamiento clandestino.

Seguimos de largo porque a esta altura poco importa si el arrepentido jaló el gatillo. El mismo reconoce que dio la orden. Dice que le dijo “haga lo pertinente” al policía que supuestamente usó su fusil. Esa orden lo convierte en asesino.

El arrepentido no lo ve tan así. Dice que la causa judicial está politizada, que fue armada para llegar a Santiago Uribe, y que ahora él está dispuesto a contar lo que sabe porque la causa está archivada y ya no le interesa proteger a la familia presidencial.

Según el arrepentido, la decisión de cambiar de bando llegó de manera casi natural como consecuencia de un análisis militar de sus chances de supervivencia. Veía que los Doce Apóstoles iban cayendo uno a uno, en asesinatos que nunca se esclarecían. Lo estaban amenazando y no quería ser el próximo de la lista. Entonces se tomó el raje a Venezuela en unas falsas vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos, de 20, 17, 15 y 6 años de edad.

Antes de borrarse el arrepentido habría tomado algunas precauciones. Dice que llamó a su mentor, el coronel Benavídez, y lo grabó en secreto mientras éste, sin saberlo, corroboraba sus denuncias sobre Santiago y Alvaro Uribe. Con cinismo sigue llamando “mi coronel” al jefe que traicionó.

“Lo que yo quiero es estar seguro”, se justifica. “Tengo dos caminos: denunciar lo que viví o esperar a que me asesinen. Por encima de todo están mis hijos y tengo que pensar en ellos.”

Se le pregunta si sus hijos tienen idea de que él al menos mandó a matar gente, liberó zonas para facilitar asesinatos y protegió o encubrió a un grupo de asesinos. “Ellos no lo saben. Pero saben el calvario que he vivido durante todos estos años”, dice con tono dolido.

Pobre arrepentido. Dice que lo que más lo apena es que ya no puede juntarse con sus camaradas del Club Militar para llenarse la panza con historias de guerra. Toda una vida combatiendo a los zurdos y ahora su suerte depende de ellos. Encima lo tratan bien.

“¿Qué voy a hacer? No puedo buscar un abogado amigo de Uribe. No voy a buscar un abogado de derecha. Si quiero sobrevivir tengo que pensar primero yo, segundo yo, tercero yo”, dispara.

A esta altura queda muy claro que el arrepentido no se arrepiente de mucho. Su único remordimiento parece ser el haber confiado en los Uribe. Asesino seguro, arrepentido más o menos. “Tengo que seguir huyendo toda mi vida, no me voy a dejar asesinar por ellos”, dice buscando simpatía.

Entonces se le pregunta sin mucho tacto si no le preocupa pasar a la historia como un vil traidor que sólo buscó salvar su pellejo. No acusa recibo.

“Lo que no quiero es pasar a la historia como el testigo que tenía las pruebas, pero que nunca vieron la luz porque fue asesinado”, contesta.

La cosa no daba para más. Mejor dicho, daba para que el arrepentido siga dando cátedra de asesinato con su irritante desparpajo, como si fuera el héroe involuntario de un película de superacción, un Pepe Sánchez perdido en la selva colombiana, rodeado de malandras y guerrilleros rudos y malos.

Y daba para que el arrepentido siga mirando con esos ojos lascivos al acecho de cualquier gesto de complicidad, por mínimo que sea, que humanice su existencia.

Pero para aguantar eso hay que tener estómago. Uno prefiere cerrar la libretita y sentir su mano fría y resbaladiza a modo de rápida despedida. Ya está, que la denuncia siga su curso por los canales correspondientes.

Chau, arrepentido, gracias por compartir tus historias. Quedate tranquilo que tus hijos no se van a enterar.

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