Lun 14.08.2006

EL MUNDO • SUBNOTA

El invierno del comandante

› Por Mauricio Vicent *
Desde La Habana, Cuba

Su salud le ha permitido llevar una vida errante y desordenada, durmiendo tres o cuatro horas al día, y casi nunca de noche. A los 65 dejó de fumar, pero ni con la edad cedió su ritmo de desenfreno. Los discursos de hasta seis horas han continuado hasta hoy, al igual que las interminables reuniones nocturnas con sus colaboradores, pues cíclicamente Cuba se ha visto sometida a tensiones internas y externas agudísimas, muchas veces provocadas por sus propios proyectos descomunales, como si no existiera otro modo de avanzar en política que a trompicones.

Aunque su salud ha sido siempre secreto de Estado, en los últimos años llegaron los primeros accidentes públicos: un desmayo, en el 2001, mientras pronunciaba un discurso; una grave caída, en el 2004, que le provocó la rotura de la rodilla izquierda. Que la personalidad de Castro es arrolladora, se sabe. Su capacidad de seducción, la persuasión que ejerce en círculos íntimos o ante las masas en una plaza pública fue hasta hace poco una de sus armas principales y la explotó sin piedad. “A Fidel no se le puede dejar hablar”, dijo en una ocasión un legislador norteamericano que llegó crítico a una cena en La Habana con Castro y desde entonces milita en Estados Unidos en la causa del fin del embargo.

El Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, su confidente y probable biógrafo, se ha preguntado alguna vez si su afán de conversación “no obedece a la necesidad orgánica de mantener a toda costa el hilo conductor de la verdad en medio de los espejismos alucinantes del poder”. Otro escritor, el peruano Alfredo Bryce Echenique, quien en los años ’80 compartió no pocas veladas y charlas con Castro, asegura en el primer tomo de sus antimemorias que, a pesar de sus discursos interminables, “era un hombre tan tímido e inseguro como autoritario y solitario. Y siempre necesitaba a un Gabo o un poeta peruano para que le dijeran si un discurso había estado bien o mal”.

Estas claves de su personalidad pueden ser importantes para el catre de los psicólogos, pero jamás han sido un obstáculo para él. En estos 47 años y siete meses, Castro ha demostrado un increíble talento para salir airoso de situaciones muy difíciles, incluida la debacle del campo socialista, de la que se libró contra todo pronóstico.

En 1968, tras la invasión de Checoslovaquia por las tropas soviéticas, la mayoría de su país pensó que condenaría el atropello del gigante. Pero Fidel salió en televisión y, luego de conquistar a la gente con su lógica, explicó que “dolorosamente” la antigua URSS no tuvo más remedio que intervenir porque el socialismo corría peligro. De modo increíble, su prestigio y liderazgo permanecieron intactos, e igual sucedió cuando el fracaso de la zafra de los 10 millones, otro de sus planes desproporcionados, que dejó la economía cubana al borde del colapso. Corría el año de 1970 y, al pedir perdón, Castro puso sus cargos a disposición de los ciudadanos; de inmediato le fue renovada la confianza y las insignias de líder máximo.

El poder y su liturgia le llegaron a Fidel Castro en 1959 junto a un cheque en blanco. Se lo firmaron seis millones de cubanos, los que entonces habitaban la isla, y esa cuenta abierta ha sido vital para llegar a hoy. Supo administrar este tesoro político con pesa de joyero, y compensar el desgaste natural con el oficio florentino de gobernar, innato en él, pero perfeccionado a lo largo de años de conspiraciones y fintas en la boca del lobo, y no sólo el de Washington. Su intuición fue siempre el fiel de esa balanza aunque, como establecen los manuales guerrilleros, nunca planificó nada sin dejar asegurada una reserva a su favor.

Desde el primer instante sabía adónde iba y utilizó el poder para lograr sus objetivos. Uno de sus más leales compañeros de universidad y conspiraciones, el cineasta Alfredo Guevara, recuerda que muy al comienzo, cuando Castro aún gobernaba en la sombra con un pequeño grupo de colaboradores, entre los que estaban el Che y su hermano Raúl, hoy presidente en funciones, un día Fidel les reveló lo que pretendía hacer con el sistema heredado: “Hay que virarlo al revés como un cake y construir desde cero un nuevo Estado”.

Así fue. Todas y cada una de las nuevas instituciones, desde los Comités de la Defensa de la Revolución hasta la Asamblea del Poder Popular, fueron creadas a su medida y a la de la revolución, aunque el núcleo duro del fidelismo descansó siempre en dos pilares: las Fuerzas Armadas Revolucionarias, herederas del ejército rebelde, y el Partido, piezas clave en cualquier escenario futuro.

Antiguos compañeros de lucha, hoy enemigos acérrimos, como Carlos Franqui y Huber Matos, señalan desde el exilio que Castro sólo se mueve por ansia de poder y que, para consolidarlo, no ha dudado en eliminar a sus adversarios y sacrificar a todo aquel que podía hacerle sombra dentro, creando un sistema de miedo y represión que ha funcionado a la perfección. Otros, como el ex comandante de la revolución Eloy Gutiérrez Menoyo, dicen que el mejor aliado de Castro para mantener y alimentar el poder todos estos años ha sido Estados Unidos y su torpe política hacia Cuba.

El 31 de julio, Fidel cedió por primera vez –“provisionalmente”, según el parte oficial– el poder a un equipo de siete personas encabezado por Raúl Castro. Una grave operación provocada por una hemorragia intestinal le sorprendió en el otoño de su vida, cuando ponía todas las energías en su viejo sueño de encender en el continente la llama de la revolución bolivariana, ya no con armas sino con ayuda de su amigo Hugo Chávez. Sin esta vocación latinoamericanista y antiyanqui, es imposible comprender su vida en los últimos años.

Como la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles, el éxodo del Mariel, el juicio de Arnaldo Ochoa o la desaparición de la URSS, la cirugía mayor de la que Castro trata de recuperarse en un hospital desconocido de La Habana es ya un hito crucial de la revolución, que de nuevo está conectada por un cordón umbilical a la suerte del Comandante.

En dos ocasiones al menos, Castro tuvo que tratar con situaciones que iban contra su concepción de la vida, más influida por su formación con los jesuitas que por el marxismo: cuando a comienzos de los ’70, tras el fracaso de sus planes más idealistas, no le quedó más remedio que introducir en pleno Caribe el ajeno y burocrático sistema soviético o de lo contrario perecer; y 20 años después, ante la misma tesitura, permitir una apertura económica basada en el dinero y contraria a su arraigada “convicción de que –lo retrata García Márquez– son los estímulos morales, más que los materiales, los que pueden cambiar el mundo y empujar la historia”. Según Gabo, Fidel “es uno de los grandes idealistas de nuestro tiempo”. Y quizá, dice, “sea ésta su virtud mayor, aunque también ha sido su mayor peligro”. La soledad que sintió Castro en aquellos momentos, cuando hubo de transigir para que su obra pudiera salvarse, no es nada con lo que puede estar experimentando hoy. Lo que se juega esta vez es mucho más que su salud. Si algo sale mal, no estará allí para enderezar el rumbo.

* De El País de España. Especial para Página/12.


La descripción de Gabo *

“La sede del gobierno estaba donde estuviera él, y el poder mismo estaba sometido a los azares de su errancia. Ahora es distinto. Sin contrariar los ímpetus de la inspiración, que son propios de su estilo, ha terminado por imponerse un cierto orden de vida. Antes pasaba de largo por noches y días enteros, y dormía a retazos, donde lo derribaba el cansancio. Ahora trata de permitirse un mínimo de seis horas de buen sueño, aunque ni él mismo sabe a qué hora empezará a dormir cada día. Según vayan las cosas, lo mismo puede ser a las diez de la noche que a las siete de la mañana del día siguiente. Dedica varias horas a los asuntos de rutina en su oficina de la presidencia del Consejo de Estado, donde hay un escritorio en buen orden, muebles confortables de cuero sin curtir, y un estante de libros que reflejan muy bien la amplitud de sus gustos: desde tratados de hidroponía hasta novelas de amor. De media caja de puros que se fumaba en un día pasó a la abstinencia absoluta, sólo por tener autoridad moral para combatir el tabaquismo, en un país donde Cristóbal Colón descubrió el tabaco, y que deriva de él buena parte de sus recursos. Su facilidad inclemente para aumentar de peso lo ha obligado a imponerse una dieta perpetua. Sacrificio inmenso, pues su apetito es de los grandes.”

* Extracto de un texto escrito hace 20 años por Gabriel García Márquez, publicado en el diario cubano Juventud Rebelde.

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