Dom 23.05.2010
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OPINIóN › ECONOMíAS ATADAS A UNA MONEDA COMúN

La debacle del euro recién empieza

› Por Ramiro Castiñeira *

El reciente fondo de 720.000 millones de euros creado con aportes de la Unión Europea (500.000) y el FMI (220.000), buscó otorgar una rápida y contundente señal a los mercados que no se va a dejar caer ni a Grecia en particular ni al euro en general. El flamante fondo, por más grande que sea, no soluciona los problemas estructurales que acarrean estas economías y no las deja crecer: estar atados a una moneda que no refleja su productividad. Al igual que Argentina en la convertibilidad, la creación del euro generó un shock de confianza que impulsó el consumo e inversión en dichas economías a un ritmo que generó un nivel de inflación por encima del nivel de Alemania y Francia. Para el caso de Grecia, el diferencial de inflación con Alemania supera el 15 por ciento desde la creación del euro. La consecuente pérdida de competitividad dentro de la Unión Europea, y que se suma a pérdida de competitividad por la propia apreciación real del euro a nivel mundial, derivó en un significativo incremento del déficit comercial en esas economías.

En una economía con tipo de cambio flotante, el mayor déficit comercial genera presión a la devaluación que permita restablecer el equilibrio externo. Pero en una economía que no tiene moneda propia, el déficit externo termina ajustando por menor nivel de actividad para que deprima las importaciones, salvo que se incremente el endeudamiento externo. Este fue el camino tomado por Grecia y otros países de Europa: el déficit comercial se financió con deuda externa a bajas tasas de interés, uno de los principales beneficios de ser parte de la Unión Monetaria.

Como ningún gobierno quiere ajustar por nivel de actividad, cuando la demanda privada empieza a menguar, el sector público termina actuando en forma contracíclica con políticas fiscales activas, que logran sostener el nivel de actividad, pero a costa de un lento pero progresivo deterioro de la posición fiscal. Dicho de otra manera, la apreciación cambiaria que no se encauza en una devaluación deriva en forma endógena a una combinación de déficit en cuenta corriente y déficit fiscal. El círculo vicioso termina cuando el sector externo decide no prestarle más a la economía ante el deterioro de sus fundamentos.

La crisis internacional de 2009 expuso la vulnerabilidad de Grecia, al reflejar un déficit en cuenta corriente del balance de pagos del 11,2 por ciento del PBI y un proporción deuda pública/PBI superior al 115 por ciento. Ante la falta de política cambiaria delegada tras la creación del euro, el reciente acuerdo entre Grecia, la Comisión Europea y el FMI se basa en un programa económico basado en un importante ajuste fiscal para los próximos años y ganancias de competitividad por menor inflación relativa. Queda claro que sin la ayuda de los organismos internacionales Grecia estaba ante un inminente default. La severidad del ajuste no sólo deja un amplio margen de duda en que Grecia logre cumplirlo, sino que tampoco queda claro el crecimiento de la zona del euro si el programa de ajuste se replica a todos los países con igual diagnóstico.

En suma, entender al déficit fiscal como causa, o consecuencia, hace la diferencia. El déficit fiscal no engendró la crisis, sino que fue una reacción del Estado ante la crisis. Refleja un Estado que busca dar respuestas ante un mercado que no las da. En tal sentido, difícilmente puedan solucionarse problemas de competitividad con ajustes fiscales y menos de tamaña proporción

* Economista jefe de Econométrica.

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