Dom 23.05.2010
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MUSICA › OPINION

Una noche en Obras

› Por Eduardo Fabregat

El jueves 1º de diciembre de 1988, la Argentina vivió su tercer alzamiento militar en cinco años de democracia. Ya habían pasado las “Felices Pascuas” de 1987 y la aventura de Aldo Rico en Monte Caseros en enero de ese mismo ’88. Faltaba el inefable nazionalista Mohamed Alí Seineldín, que se movilizó de Campo de Mayo a Villa Martelli para protagonizar otro sainete de caras embadurnadas que terminaría el domingo 4. O que, en rigor, terminaría con los indultos dictados por Carlos Saúl Menem en octubre de 1989. Fueron días de extrañeza y miedo: no hacía tanto que los uniformados habían huido del poder, la “mano de obra desocupada” hacía de las suyas y nadie, en un país acosado por la alternancia histórica de democracia/golpe militar, se animaba a asegurar que la influencia milica había terminado. La tensión electrizaba el aire pesado del verano porteño.

El temor no impidió que, el sábado 3, más de veinte mil personas se juntaran en las canchas de rugby y hockey de Obras Sanitarias. A 90 australes la entrada anticipada y 120 en la puerta del clásico reducto rockero de Libertador, Soda Stereo presentaba su nuevo disco Doble Vida. En un momento del show, Gustavo Cerati habló de lo que estaba sucediendo no muy lejos de allí, lo que había puesto en riesgo la misma realización del concierto: este cronista no recuerda las palabras exactas, pero sí la reconfortante sensación que produjeron, el señalamiento de la diferencia entre los personeros de la muerte que se resistían a salir de escena y esa multitud reunida para celebrar la música, el arte, la libertad. Las palabras de Cerati, la música de Soda Stereo, el rito colectivo que permitía que todos se sintieran más fuertes, hicieron de ese fin de semana un recuerdo menos oscuro.

Hoy uno quisiera poder devolver el gesto.

Las obligaciones laborales hacen que todo sea una carrera por limpiar datos, averiguar cuál es la situación, informar de la manera más acertada y mesurada posible, evitar caer en la fácil de preguntarle al pariente y al amigo qué siente en estos difíciles momentos. Después pasa el cierre y cae la ficha, y uno se da cuenta de quién se está hablando y surge esa sensación incrédula. Cuesta imaginar a Gustavo Cerati en la situación en la que se encuentra. Todos los seres humanos valen lo mismo, pero aquí estamos hablando de uno de los más grandes creadores del rock argentino, usina de canciones inolvidables, historia grande en Argentina y en el continente americano. Cuando un neurólogo señala que “Cerati nunca volverá a ser el mismo”, algo adentro de miles y miles y miles de personas queda estrujado. Por eso en estos días la web está inundada de mensajes de aliento: no importa si eso llega o no al destinatario, es una necesidad de conjurar la bronca, la angustia, una manera de devolverle al artista todo lo que éste hizo a través de la música.

La noticia que llegó de Caracas fue un baldazo helado en una semana en la que se hablaba de otras cosas. Se hablaba del Bicentenario y del Bicentenario, y del Bicentenario también. Se hablaba del Teatro San Martín alquilado por el Gobierno de la Ciudad para que un empresario celebrara su cumpleaños al estilo Las Mil y una Noches, aunque no se hablaba tanto como se debería: como señaló Rita Cortese en este diario, resultó raro no encontrar un mayor rebote de semejante desprecio a la cultura en los medios. (O quizá no: de todos modos, Mauricio Macri pronto debió ocuparse de inconvenientes algo más gruesos). Se hablaba de la misteriosa aparición en la web del recital completo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en Racing 1998 y se hablaba de lo que allí se ve, el majestuoso travelling en “Ji, ji, ji” –que arranca en mitad de cancha y termina con el Indio Solari señalando al público en “esos chicos son como bombas pequeñitas”–, el enojo del cantante ante un bengalazo que casi le prende fuego al escenario, la fría respuesta de un público habitualmente demostrativo ante el material de Ultimo bondi a Finisterre, las tremendas versiones de “Mi perro dinamita” y “Ñam Fi Frufi Fali Fru” y el insólito pifie en el arranque de la canción del pogo más grande del mundo. Por suerte no llega a escucharse ese cántico idiota, rémora de barrabravas, reflejo de una mentalidad degradada, con el que el público le deseaba la muerte a Cerati. Pero uno, que estuvo en shows de Soda y en shows de los Redondos, lo recuerda y le suena aún más absurdo, más cruel.

(“Quiero aprovechar esta circunstancia para mandarle un gran cariño a Gustavo. Es un momento difícil que me apena mucho, y me quiero sumar a todos los que le tiran buena energía”: el párrafo, ricoteros de ley que levantaron el brazo para cantar tamaña estupidez, fue pronunciado por Skay Beilinson en el estudio Noberto Napolitano de la Rock & Pop. Que Zeta y Charly Alberti expresen su pesar es lo esperable, pero el gesto del guitarrista tiene un gran peso simbólico, necesario en un país tan de trincheras.)

Así es como el tema vuelve una y otra vez, se cuela insidioso en el marote. En el escenario-Bicentenario del viernes están los otros próceres tocando “La balsa”, Las Pelotas y los Decadentes dándole manija a la 9 de Julio, todos juntos en un apropiado final con “Mi bandera”, de Sumo. Y los músicos le envían su amor a Cerati y esa multitud que lo llena todo produce un salto en el tiempo, es otra vez diciembre pero de 1991, y Soda Stereo está haciendo historia junto a 250 mil personas. Un chusco de internet recuerda la tapa filtrada de Sandro y hace un pésimo chiste, pero el diario aludido no ve un pésimo chiste sino una conspiración. Otros olvidan que hasta el humor negro tiene un límite y se hacen los vivos musicalizando segmentos con dolorosos fragmentos de canciones de Cerati. Como dijo Cristián Elena, corresponsal en Alemania de este diario, el país de los 40 millones de técnicos estrenó 40 millones de neurólogos. Frente a la inexistencia de grandes novedades, la obligatoria espera, empieza el momento de las teorías, de la búsqueda de historias de hondo contenido humano.

El hondo contenido humano está precisamente ahí, en lo hondo de cada humano. Las expresiones externas de eso, la multitud de mensajes en blogs, en comments, en Twitter, en Facebook y todo lo demás también, son apenas la necesidad que cada ser impresionado tiene de empatarle a la tristeza. No se trata de mero fanatismo, admiración/adulación de una estrella de rock. La enorme mayoría de quienes se expresan no conoce a Cerati más que por su figura pública. Pero toda esa gente, como este que escribe ahora, siente que hay algo de injusticia, algo inexplicable en ese médico que dice que el paciente no será el mismo, que quizá no hable, que quizá no toque. Está hablando de alguien que hizo de cantar y de tocar una herramienta para la belleza artística, y con ella nos hizo un poco más bellos, más felices, más libres. Está hablando de alguien que, allá lejos y hace tiempo, en algo aparentemente tan banal como un show de rock, consiguió diluir el miedo y reconfortar el alma.

Fuerza, Gustavo.

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