Sáb 29.05.2010
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TELEVISION › GASTóN PAULS, LA ACTUACIóN Y SU LUGAR COMO PRODUCTOR

“El medio está complicado, la tele es realmente caníbal”

Mientras lleva adelante la segunda temporada de Todos contra Juan y prepara varios proyectos, Pauls despide hoy Ciega a citas con una suerte de coda a la historia ganadora de dos Martín Fierro. Y se anima a un balance de su labor y de la TV actual.

› Por Emanuel Respighi

Muchas cosas se pueden decir de Gastón Pauls. La primera que salta a la vista es que es un actor que mostró ductilidad para transitar por diferentes registros y medios con llamativa soltura y solidez. También que nunca eligió transitar por el camino fácil: de actor consagrado se animó a conducir un periodístico televisivo (Ser urbano), más tarde abrió su propia productora (Rosstoc) para plasmar su mirada sobre la realidad (Humanos en el camino), y a partir de allí no paró de llevar a cabo proyectos audiovisuales más relacionados con sus intereses que con una veta meramente comercial, que se complementan con el trabajo de su fundación La Casa de la Cultura de los Chicos de la Calle. Los saltos al vacío, sin embargo, no se detienen: actualmente coguiona Todos contra Juan 2 en Telefe y se encuentra codirigiendo un documental sobre la vida del Padre Carlos Mugica. Pero su marca más importante es que Pauls derribó el mito de que un productor televisivo sólo puede pensar en productos que dan dinero y rating. “No soy ni un productor progre ni un productor televisivo”, aclara en la entrevista con Página/12. “Simplemente me propongo producir el mundo que sueño”, subraya. Una carta de presentación que corrobora con cada uno de los proyectos que Rosstoc encara.

El productor de sueños Pauls dice que a la hora de pensar en producir un programa no lo motiva –ni mucho menos lo guía– el rating que supuestamente puede llegar a hacer. Que su “búsqueda” como productor no tiene como fin “ser millonario o poderoso”, que ni siquiera se conformaría con “hacer buenos programas desde lo artístico”. Sabiendo que puede llegar a sonar naïf, miembro activo del new age y hasta metafísico, confiesa que todo lo que emprende –como persona, actor y productor, lo mismo da– lo hace con la aspiración de “mejorar el mundo que me rodea y comprender qué significa ser humano”. Por eso es que apuesta a producir programas educativo-culturales para Canal Encuentro (Mejor hablar de ciertas cosas, Al gran pueblo argentino, salud) y a hacer una ficción diaria para Canal 7 como Ciega a citas (ver aparte), aun cuando con la primera temporada de Todos contra Juan en América perdió mucho dinero. ¿Es posible hacer esa televisión en un medio que mueve millones?

–Lamentablemente, cuando hay ciertos proyectos que dan una pérdida muy concreta y grande como Todos contra Juan o Mitos, la solidez financiera de una productora se vuelve endeble. Se trata de apuestas novedosas que generan dudas, no sólo en los televidentes, sino también en el inversor, en el auspiciante. Elegir hacer esos programas hizo que ingresara a una dinámica financiera que nunca deseé, pero que tengo que hacerme cargo si quiero seguir haciendo la televisión que a mí me gusta.

–¿Nunca pensó en hacer otro tipo de programas?

–En mi caso, si no hago la TV que me mueve desde lo afectivo, la única opción que admito es cerrar la productora. Estoy lejos de hacer programas para hacer rating o dinero. No quiero ser productor; tampoco me siento un “productor televisivo”. No pretendo producir programas de TV sino el mundo que sueño. En ese sentido, tengo un doble orgullo como productor. El primero es que hago lo que quiero, pese a los riesgos artísticos, estéticos y económicos. Ver el programa al aire y sentir que estaba plasmado lo que deseaba de antemano, por más bajo rating que haga, me reconforta. El otro motivo de orgullo es que, por más snob que parezca, es tener menos guita ahora que hace cinco años cuando armé la productora. Había armado una carrera como actor que me había permitido ahorrar una determinada cantidad de guita y vivir sin sobresaltos; hoy, buena parte de esa plata fue invertida y utilizada para tapar huecos de la productora.

–¿Por qué ser más pobre económicamente lo llena de orgullo?

–Seguir teniendo el mismo auto que hace ocho años, bastante más baqueteado por cierto, refuerza mi idea de que no abrí la productora para vivir “mejor” en términos de bie-nes materiales. No me interesa tener un auto último modelo o una mansión de cuatro pisos. Para mí sería contradictorio hacer determinados programas periodísticos y documentales y vivir consumiendo bie-nes suntuosos sin necesidad. Puedo pensar así teniendo una productora porque también hay gente que banca esa idea y que cree que nuestro trabajo va a tener un premio final.

–¿Y cuándo cree que la audiencia acompañará los contenidos de Rosstoc masivamente?

–Con Suaya (Alejandro, su socio), tenemos claro que es difícil el camino que elegimos. No sé si la realidad es transformable tan rápidamente. Sé que en algunos puntos estamos yendo contra determinada corriente expresiva.

–¿Por ejemplo?

–Basta ver cuáles son los programas que más funcionan en la TV argentina para darse cuenta de que el humor que utilizan, esa cosa de reírse del otro, no es el que estamos manejando nosotros. Tampoco los códigos de relación con el público son los mismos. Y lo tengo claro aun cuando me tenga que reventar la cabeza para pensar cómo hacer para meter algún auspiciante en el programa, porque de otra manera no dan los números.

–¿Se siente un productor progresista?

–A mí, ciertos rótulos no me apetecen. Me alimento artísticamente de productores anteriores, desde Goar Mestre hasta Alejandro Romay y Adrián Suar. Sólo que creo que como productor o actor debo tener un compromiso social concreto. Quiero que la responsabilidad social empresaria de Rosstoc esté plasmada en actos concretos: libros y programas que intentan describir o modificar ciertas realidades de algunas personas. Todo productor, de cualquier cosa, apuesta a una nueva forma de ver la realidad.

–El problema es que muchas veces el productor televisivo suele pensar más en el aspecto monetario que en cuestiones personales o sociales.

–Tengo la teoría de que es muy fácil hacer mucho rating. Tengo una idea de programa que sé que tendría una audiencia masiva y sería muy barata de hacer. Se llamaría El inodoro de los famosos y no sería más que un plano fijo de un inodoro en el que en cada envío entra un famoso a cagar. Puedo asegurar que ese programa en horario central rompería el rating y no se hablaría de otra cosa. Hay cierta gente que nos encantaría ver cagar, qué hace en el proceso, qué caras pone. Ese es un ejemplo de que hacer rating no es complicado. Lo que siento es que hay ciertas cosas que no haría para congraciarme con una mentira como el rating. Porque, además, qué es el rating sino una cuestionada manera más de medir el éxito y el fracaso.

–¿Que ese tipo de programas funcionen en términos de audiencia habla del sistema televisivo, de la sociedad que vivimos, o de ambas cosas?

–Vivimos en una sociedad muy obscena, de mucha necesidad de espiar al otro. Basta ver la cantidad de revistas o programas que muestran chicas y hombres en determinadas posiciones para darse cuenta de que nos gusta mirar al otro. Nos gusta ver lo que el otro nos esconde diariamente. Nos interesa lo oculto. Y creo que el ser humano tiene un morbo especial por el quilombo: no queremos las guerras, pero cuando muestran imágenes las vemos. Las peleas y el escándalo televisivos no hacen otra cosa que llevar a pantalla lo que ocurre en la calle, donde no dejamos de insultarnos y hacer cosas para perjudicar al prójimo sin medir las consecuencias. Es triste.

–El problema es cuando de ese estado de cosas se hacen programas de TV...

–La discusión sobre si el público ve lo que le gusta o lo que le da un productor es permanente. Cada cual elige su camino y sus límites. Lo que no se puede negar es que hoy el público tiene un montón de opciones. Por eso no me explico cuando la gente se queda viendo un mismo programa durante años. Yo mismo a veces me descubro viendo una pelea televisiva por quince minutos, sin explicación alguna más que el morbo que forma parte de los seres humanos. En ese momento me convierto en un tipo sin ningún tipo de esperanza sobre la raza humana. El medio está algo complicado. Por momentos la tele es realmente caníbal, demanda una energía impactante. A su vez, el negocio se achicó, porque los que ponen guita son cinco marcas o grupos que, además, achican sus presupuestos y exigen todo tipo de condicionamientos para pautar. Lo bueno es que Rosstoc aún está limpia dentro de tanta mugre: hacemos aquello que sentimos.

–¿Es posible mantenerse “limpio” al mando de una productora en pleno crecimiento?

–Seguimos diciendo que no a un montón de cosas que nos propusieron. De todas formas, creo que en este sistema en el que estamos viviendo, donde el dinero que tocamos no sabemos ni en qué bolsillo ni en qué nariz se metió, todos estamos un poco sucios. El otro día leía que el 99 por ciento de billetes de dólares contenía restos de cocaína. Esa es una señal inequívoca de la sociedad y la mugre en la que vivimos cotidianamente. Es mucho más que una metáfora. Partiendo de esa base, ya no soy el romántico que creía en la pureza absoluta. Lo que sí me hace sentir orgulloso es la manera que elegí para convivir con la suciedad que veo y que tengo.

–¿Cuáles son los condicionamientos que posee Rosstoc para producir un programa?

–Hay una sola cosa en la que siempre me fijo: que el cambio entre el momento previo a grabar y el que comienza cuando se dice “acción” sea lo más leve posible. No quiero que la mentira forme parte de la verdad. Este es un medio muy careta. Basta ver ciertos conductores y actores que ponen una cara cuando la cámara está encendida y cuando se apaga son otros. Aunque haga ficción, quiero siempre que el programa sea verdad, en el sentido de que cuente algo que siento, y no contar algo que no siento y mentirla. Ese punto no se discute. Es una manera de ser. Nunca le pediría a un nene que llore para la cámara ni cortar a alguien para que se vea la sangre. No lo haría, no lo necesito. Siento que si lo llegara a hacer estaría prostituyendo mi alma y colaborando con un mundo que no quiero.

–No forma parte del imaginario social que un productor televisivo sienta “culpa”.

–La religión católica, principalmente, y la judía, también, plantean la culpa como uno de los principios básicos de nuestro tránsito por esta tierra. Todos cargamos con alguna culpa. Yo me hago cargo de lo que puedo. A mí me tocó hacerlo en determinado lugar. Yo creo en que todos podemos aprender del otro. Estoy atravesando una etapa conciliadora. Por eso, también, hace mucho tiempo que no creo en un mundo de derecha e izquierda, como entes separados y distantes. En mi cuerpo conviven la derecha y la izquierda, tengo dos ojos que me permiten tener profundidad de campo para poder mirar con dimensiones. No creo en el político bueno y en el malo enfrentados. Me encantaría que hubiera una convivencia real entre Macri y Cristina. En muchos casos estamos más cerca del equilibrio de lo que creemos, y todavía no entendimos eso.

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