Sáb 29.05.2010
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TELEVISION › EL ACTOR GARY COLEMAN MURIó AYER, A LOS 42 AñOS

Ultimo acto de una tragedia

La ex estrella infantil que hizo reír a medio mundo con Blanco y negro falleció tras una hemorragia intercraneal por un golpe. Su vida fue una sucesión de problemas de salud, juicios y falta de trabajo, que lo sumió en el resentimiento.

› Por Roque Casciero

“Si tuviera una máquina del tiempo, iría al momento en que tenía 7 u 8 años y me aseguraría de no cometer otra vez el mismo error.” La frase fue una de las tantas cargadas de rencor y frustración que Gary Coleman le dijo a Página/12 durante una entrevista en 2006. En esa oportunidad, un canal de cable que volvía a poner en pantalla el exitazo de los ’80 Blanco y negro le había pagado al actor estadounidense para que hablara sobre su recordado rol de Arnold con varios medios latinoamericanos, pero él no se callaba todo su resentimiento. Es que a Coleman le pasó de todo: una nefritis provocó que nunca superara el 1,42 de altura y, peor aún, que debiera someterse a dos trasplantes y a diálisis de por vida (durante una época, hasta cuatro veces por día); les hizo juicio a sus padres por haberse apropiado de lo que él ganaba en tevé; tuvo problemas con la ley y hasta se declaró en bancarrota. “No me gustan las palabras ‘leyenda’, ‘icono’ o ‘héroe’”, le dijo a este diario. “Mi pasado tiene la misma relevancia que un Ford T.” El final de esa tragedia que fue la vida de este otrora principito de la comedia llegó ayer en un centro médico de Provo, Utah. Coleman murió a los 42 años, dos días después de sufrir una hemorragia cerebral producto de un golpe en la cabeza.

El actor aseguraba que nunca le habían dado buenas oportunidades tras el final de Blanco y negro. No quería saber nada de nostalgia y mucho menos de repetir su viejo latiguillo, “¿De qué estás hablando, Willis?”, que durante los ’80 era esperado por los chicos que veían la serie para largar la risa. En la serie, Arnold y Willis eran dos niños pobres y negros adoptados por un ricachón, el señor Jackson, que tenía una hija rubia llamada Kimberly (la actriz Dana Plato, quien murió de sobredosis en 1999, tras una carrera en picada en la que llegó a trabajar en cine erótico). La comedia funcionaba especialmente por la gracia de Coleman y sus mohínes infantiles, que debió repetir hasta entrada su adolescencia. Por su enfermedad, su aspecto aniñado no cambiaba. Y aunque se dice que llegó a ganar 18 millones de dólares, la mayor parte de su edad adulta tuvo que pelearla por problemas económicos. “No porque tengan el título de padres pueden negar el hecho de que pueden ser ladrones”, dijo respecto del juicio que les entabló a sus padres. “Si robás, tenés que pagar o vas a la cárcel, no importa cuál sea tu título. No importa si sos dios, presidente, padre, hermano, amigo, pariente. Punto final. No hay distinción para mí.”

En uno de sus típicos conteos, el canal VH1 eligió a Coleman como “la más grande estrella infantil”, pero eso también le provocó enojo al actor. “Es una especie de cosa que hicieron para sí mismos y su público, para servir a sus necesidades, pero no a las mías”, replicó ante Página/12. Intentó sin éxito conseguir papeles que le permitieran recuperarse económicamente. “Mi mayor arrepentimiento siempre será el de ser actor, aunque amo la profesión y he conocido a gente muy interesante y hecho cosas copadas. Pero no sé si eso es suficiente a cambio del sacrificio, la falta de privacidad y de oportunidades.”

Sus apariciones públicas eran escasas (estuvo en Los Simpson... y lo odió) y las noticias que se tenían de él eran por problemas con las autoridades o por sobresaltos en su estado de salud. Fue enjuiciado por pegarle a una mujer que había “osado” pedirle un autógrafo. En enero de este año fue detenido en Utah por no haberse presentado ante un juez en un antiguo caso de violencia doméstica. De vez en cuando, también era noticia por alguna excentricidad, como cuando se presentó a candidato a gobernador de California y terminó octavo entre 135 participantes. Le ganó Schwarzenegger. Sí, Arnold. “La cultura de la celebridad no debería existir”, clamaba Coleman. “Lo nuestro es un trabajo, igual que ser pintor o presidente. Y deberíamos ser tratados como cualquier trabajador. Nunca me interesó ser una leyenda: soy mortal, voy a morirme. No soy una celebridad, ninguna de esas cosas como de monarquía... Y si alguien no lo entiende, que dé un paso al costado y me deje en paz. Cosa que, por otra parte, es lo que siempre preferí.”

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