Dom 24.07.2011
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FOTOGRAFíA > EL MATADERO SEGúN SEEMER MAKARIUS

En carne viva

Cuando murió hace dos años, el extraordinario fotógrafo Seemer Makarius (El Cairo, 1924) dejó, además de una obra prolífica y reconocida, un legado de 12 mil negativos inéditos. Entre ellos se encuentra el trabajo que realizó a comienzos de la década del ’60 en los mataderos de Buenos Aires y que ahora se expone, a la vez que se editan las fotos, en una edición bilingüe de El Matadero, de Esteban Echeverría.

› Por Guillermo Saccomanno

Las vacas caminando encolumnadas entre los corrales hacia un galpón de chapa, y en especial una, mirando de reojo, recelando de quien la observa, comparten un aire vencido con el de los tantos explotados que al entrar al trabajo avanzan domesticados hacia su exterminio. No, no es una metáfora. Como no lo es tampoco ese muchacho que, en el interior de un frigorífico, ayudando a tres obreros de la carne que cuelgan una res de una ganchera, sonríe por detrás de la res con una picardía viril. Parece divertirlo la situación, como si él, sus compañeros, todos los que trabajan en el matadero, explotados en ese trabajo rudo, sangriento, participaran de un acto en que lo salvaje y lo épico se entreveran. Esa faena, pareciera, los envanece al tornarlos rudos. Ese muchacho puede ser mi tío, delegado del frigorífico Lisandro de la Torre, uno de los obreros insurrectos contra la privatización de la industria de la carne durante esa huelga y esa toma del ’58, que habría de terminar con un masivo despliegue policial y militar, los tanques derribando las puertas. “Les pusimos el pecho a los tanques”, habría de contar mi tío. Tiros, bastonazos, la resistencia fue cuchillos contra balas y gases lacrimógenos. En Mataderos, el barrio entero fue un campo de batalla. Se levantaron las vías del tranvía, se cascotearon a los milicos. Mujeres y chicos lucharon contra la represión en un combate desparejo. Y perdieron. Un cura dio refugio al pobrerío en su templo. Por esos días los trabajadores soltaron una vaca frente al Congreso. Le habían atado un cartel con una consigna: “Patria sí, colonia no”. Y la consigna, durante años, habría de perdurar.

También están, después, sentados en un playón, los trabajadores, fumándose un pucho. Uno con el brazo en el hombro de un compañero. Las expresiones transmiten solidaridad, un cansancio, una resignación. No cualquiera puede trabajar en el matadero. Otro de mis tíos, que trabajó ahí, contraería la brucelosis. Quedó afectado. Tres, fueron tres mis tíos los que trabajaron en el Lisandro. Los fisuró el alcohol, la enfermedad. No puedo olvidar el olor de ese barrio, un hedor de curtiembre, potrero y sangre. Las aguas rojas del Arroyo Cildañez. A los dieciséis años, cuando yo leía las novelas de Emile Zola o las cartas de Van Gogh sobre los mineros de la cuenca del Borinage solía pensar en imágenes como las que ahora veo, las que supo capturar Seemer Makarius.

Según cuenta Aldo Sesa, a Makarius lo conoció atendiendo su negocio de venta de cámaras en San Telmo. Makarius había nacido en El Cairo en 1924. Sus padres eran un egipcio y una alemana. La guerra los encontró en Hungría. A fines de los ’40 pasaron por París y Suiza, donde el joven Makarius sacaría sus primeras fotos. En los ’50 la familia vino a la Argentina. Acá Makarius, admirador de Nadar, se dedicó a registrar con una Leica y una Rollei la ciudad, las calles, hombres, mujeres y chicos. Aunque el barrio que amó fue La Boca, su mirada, sin inhibiciones, registró tanto lo plebeyo como lo refinado. Una foto suya del Obelisco sería legendaria: “La mejor luz del día depende de cómo sea el día”, opinaba. Sesa lo descubrió, ya veterano, en ese comercio de San Telmo. Makarius, reconoce Sesa, lo inició en este oficio que, para los reticentes, está más cerca del periodismo y del documento que del arte. Makarius era un admirador de Nadar, pero a diferencia de su venerado maestro, no empleaba luces ni flashes. Tampoco le preocupaba el encuadre. Lo prueban muchas de las fotos que tomó del matadero correspondientes a los comienzos de los ’60, unos pocos años después de aquella toma sangrienta que recuperó no hace tanto el documentalista Marcelo Goyeneche en Carne viva.

A su modo, Makarius también “toma” el matadero. El libro recoge las fotos que dieron pie a una muestra. Los textos que se incorporan hacen referencia a su técnica y aluden a la importancia de la carne en el desarrollo económico del país. Con excepción de una cita, la de Asesinato en el Senado de la Nación, uno de los mejores films de Juan José Jusid, no hay otra referencia a la cruenta historia política de esta actividad. (El film de Jusid, cabe recordarlo, se concentra en 1935: el asesinato de Bordabehere en el Senado durante el debate de la carne. El disparo lo hizo un service: Valdez Cora. Y estaba destinado a Lisandro de la Torre, que denunciaba el pacto Roca-Runciman.) Más bien pintorequistas, inclinados hacia una diplomacia turística, quienes escriben en el libro de Makarius, al poner el acento en lo “very typical” no dan cuenta de los pliegues de un entramado político que esconde los momentos oscuros y siniestros de una política de entrega del patrimonio, la lucha de los explotados por sus derechos y la riqueza nacional. Pero las fotos de Makarius, abocadas a las distintas etapas de la carnicería, ilustran sin escrúpulos ni pietismo el trabajo inhumano. Es cierto: el libro incluye el texto original y una traducción al inglés de El Matadero, de Esteban Echeverría, y le da nombre. Pero no alcanza a explicar, más allá de lo folklórico, el motivo de su inserción.

A cuento viene entonces un pensamiento de David Viñas que inaugura y recorre su Literatura argentina y realidad nacional, ensayo clave para comprender nuestra literatura desde Echeverría hasta Walsh: “La literatura argentina nace y se organiza alrededor de una metáfora mayor: el matadero”. La cita de Viñas se proyecta no sólo sobre nuestra literatura. También puede aplicarse a otras prácticas estéticas. Un ejemplo es, en las artes plásticas, Lo ganado y lo perdido, de Carlos Alonso.

Makarius no se quedó en la fotografía. Supo ser un plástico vanguardista. Como artista no figurativo llegó a exponer en varios países. Pero se lo recordará, además de como creador del Centro de Investigaciones de la Foto Antigua, como el artista que, al morir, en 2009, dejó una obra de más de 120.000 negativos. Todo un testamento a difundir. Como la historia que le escuché a mi tío, el delegado.

El Matadero
Seemer Makarius
Fundación Alon para las Artes, Viamonte 1465, piso
10º, Ciudad de Buenos Aires.
De lunes a viernes, de 12 a 18 hs.
Hasta el 5 de agosto.

El libro con la edición en castellano e inglés del relato de Echeverría fue editado, acompañando la muestra, por el hijo de Makarius, Karim. En 2008, la editorial Vasari editó su libro Retratos de artistas, un notable trabajo que sirvió de excusa para que Radar lo entrevistara en su nota de tapa del 3 de agosto de ese año, en la que recorrió su vida y su obra, y que se puede leer en Internet.

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