Dom 12.09.2010
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> EL DIRECTOR DEL MUSEO DE LA MEMORIA DE ROSARIO

La condición humana

› Por Ruben Chababo

¿Cómo convertir la voluntad de un sector directamente afectado, en una necesidad de la sociedad? ¿Cómo hacer para que ese relato ocupe un lugar, si no central de la escena cotidiana, al menos visible y al alcance de todos?

Construir un Museo de la Memoria que recuerde las causas y los efectos del Terrorismo de Estado sobre la sociedad civil, implica poder responder estas preguntas. Pero mucho más que el imperativo de contar una historia este Museo debiera ser visto como el esfuerzo por recordar algo amenazado, como tantos otros episodios de la historia, por el olvido.

El museo es un vehículo de la memoria, no es la memoria. Un museo, ningún museo de pretendida proyección histórica, puede aspirar a contarlo todo y mucho menos a que todo el ayer se cobije en sus paredes. Tampoco a que el relato o la evocación que se haga conforme por igual a todos los que forman parte de una sociedad. Una sociedad, cualquier comunidad humana, posee diferentes memorias y esas memorias poseen a su vez diferentes intensidades. Aquello que algunos recuerdan con estridencia otros lo han olvidado para siempre, lo que algunos eligen recordar, otros lo desechan, acomodando nombres, geografías, capítulos enteros del ayer en el desván del olvido.

En el caso preciso de museos que hacen centro en el recuerdo de hechos traumáticos o dolorosos padecidos por una comunidad, esto que aquí se dice, cobra aún mucho más fuerza. En Lyon, por ejemplo, donde se erige el Museo de la Resistencia, la mitad de su población prefiere no mirar el lugar de emplazamiento de esa institución: su sola existencia les recuerda que hubo un ayer en el que esa ciudad, o parte importante de ella, colaboró para que fuera posible la deportación de miles de sus ciudadanos. Y esto se repite por igual en la escena latinoamericana en la que memoriales y sitios de recordación tratan de despertar la conciencia de ciudadanos que prefieren ser poseedores de pasados sin el peso que implica cargar con el recuerdo de hechos tan dolorosos. No podemos enjuiciar a quienes prefieren olvidar, pero sí podemos invitarlos a no ser indiferentes frente al dolor de los que memoran aquello que les fue arrebatado.

Estamos construyendo un Museo a partir de preguntas, a partir de interrogantes que se asientan sobre un puñado incuestionable de certezas. Esas certezas son la evidencia histórica que no puede ni podrá ser negada: la existencia de un sistema concentracionario, la desaparición forzada de personas como práctica sistemática, la incógnita acerca del destino de centenares de niños nacidos en cautiverio, el calvario de familiares en busca de una respuesta que nunca fue otorgada. Ese puñado de certezas alcanza como horizonte para que a partir de ellas formulemos un recorrido a través de una historia que desborda los años específicos que van del ’76 al ’83 y que nos hunde en la triste noche de tantas masacres olvidadas. Una historia o relato que comprende a los hombres y mujeres devorados por la mano homicida del Estado en las huelgas del ’19, a las decenas de personas calcinadas por los bombardeos sobre Plaza de Mayo en 1955 o las almas vulneradas en las letrinas construidas por las tres A en los años previos al último golpe militar. Forman todos esos hechos, capítulos diversos de lo que buscamos evocar. Un relato oscuro pero necesario de ser traído al presente, construido sobre una sintaxis que revela cuántas veces en nuestro país la condición humana fue vulnerada.

Estamos construyendo un Museo que pueda ser capaz de despertar el recuerdo de esos hechos, pero que también enseñe a las generaciones más jóvenes la importancia que supone el respeto y el cuidado de la vida y la dignidad humanas. No estamos construyendo un Museo cerrado en sus lecturas, sino una institución que sobre a partir de la evocación de lo más triste de nuestro ayer invite a considerar y apreciar la importancia que supone la vida en libertad y democracia.

No construimos un Museo que deposita una fe ciega en la memoria. Pueblos y comunidades con memoria han vuelto a cometer los mismos y aún más atroces episodios que alguna vez juraron no repetir. Construimos un Museo que por el contrario, sabe de la labilidad de la memoria, que es consciente de que la condición humana es frágil y que es poderosa la tentación de destruir y dañar incluso lo más amado que se posee.

Por eso nuestra mirada y nuestra confianza apuestan a la educación como un pilar insoslayable para la construcción de cualquier sueño social a presente o a futuro. Al arte como herramienta sutil para nombrar lo que la lengua no alcanza a describir, a los documentos de la historia como marcas insoslayables a la hora de reconstruir el pasado.

No estamos construyendo un Museo del que podamos decir que la sencillez y la simpleza serán sus marcas diferenciales, mucho menos una Institución de la que podamos asegurar hoy lo que ella habrá de ser mañana. ¿Qué habrá de significarle la palabra dictadura a alguien nacido en el 2020? ¿Quién puede decirlo?

Sí estamos construyendo un Museo, ubicado en el centro mismo de la ciudad, a metros de una de las plazas más bellas que tenemos, que apuesta a recordarles a todos los ciudadanos que hubo un tiempo en el que el cielo de este país se oscureció por siete largos años y que esa belleza pudo convivir con el más oscuro de los infiernos, en el centro mismo de la ciudad, en el corazón mismo de la vida cotidiana.

Ese solo dato justifica cualquier desafío de memoración.

En esa sutil y poderosa evidencia se asienta la misión y el esfuerzo de la institución que estamos construyendo.

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