Mié 02.08.2006

EL MUNDO • SUBNOTA

Dos visitas que hicieron historia

Pese a no viajar mucho, Fidel Castro visitó Argentina dos veces en los últimos tres años. Dejó recuerdos en Córdoba y Buenos Aires

› Por Martín Piqué

“Tenía que estar aquí. Es muy importante para las relaciones entre los dos pueblos.” La confesión de Fidel sólo fue escuchada por dos personas. Fue el sábado 22 de julio, en el jardín del chalet ferroviario de estilo inglés que la familia Guevara-De la Serna alquilaba en Alta Gracia en los años ’40. Aquella tarde de verano en pleno invierno, el líder cubano entró en Villa Nydia, la casa de infancia del Che, en medio de un vértigo de gritos, saludos y reclamos de los periodistas que buscaban la nota. A pesar del tumulto, Fidel se detuvo en la puerta de reja y reconoció entre la multitud a su compatriota Norma Ortega, ex secretaria general del sindicato de la administración pública de Cuba. Norma es arquitecta y está casada con un argentino, Héctor Celano, y vive desde hace unos meses en Alta Gracia. “¿Qué les pareció mi discurso? ¿Qué repercusión creen que habrá tenido en el pueblo argentino?”, los interrogó el líder cubano mientras los saludaba con la mano.

Dos viajes en apenas tres años. Para Fidel, que en los últimos tiempos no suele volar mucho por el mundo, es todo un record. Primero fue el viaje de mayo del 2003, cuando vino a participar de la asunción de Néstor Kirchner. Después fue el viaje del mes pasado, invitado por el Mercosur. Las dos veces se las arregló para tomar contacto con la gente, y las dos veces desplegó su carisma arrollador. De estos dos viajes –hay que sumar otros tres para completar las cinco visitas al país– quedaron muchas imágenes y sonidos en la memoria de miles de testigos.

Un día después de la asunción de su colega argentino, Castro encabezó un acto improvisado –originalmente iba a ser una conferencia en el aula magna pero se desbordó el recinto– en la Facultad de Derecho. De aquel discurso en la Facultad nadie olvida la serenidad con que el canciller de Cuba, Felipe Pérez Roque, enfrentó lo irremediable: que el discurso en el aula iba a ser imposible y que Fidel tendría que hablar desde las escalinatas. Los cubanos no son muy amigos de improvisar en temas de seguridad, pero la delegación de Cuba accedió a que su líder saliera del edificio y hablara desde las escalinatas. Afuera había más de 20 mil personas. Fidel apareció de traje y corbata, con la estampa de un académico. Fue recibido con gritos (“¡Fidel! ¡Fidel!”) mientras su imagen se multiplicaba en una pantalla gigante. Fue un discurso muy largo que llamó la atención por el ida y vuelta entre el líder y las masas. “¡Papá! ¡Papá!”, le gritaron desde la multitud. Los más jóvenes se animaban a pedirle que hablara de ciertos temas. Era como si estuvieran frente a su banda favorita. “¡Hablá de la vida! ¡Hablá del Che!”, se escuchó claramente en el palco. Y Fidel respondió, solícito. “El Che no era un hombre excepcional, entre las masas hay miles como él”, subrayó. Después disertó sobre un tema favorito del revolucionario argentino: la formación del “hombre nuevo”. Explotó la tribuna.

Hace diez días algunas imágenes volvieron a repetirse. La emoción de la generación de entre 40 y 70 años, la avidez y expectativa de los más jóvenes. Fue el centro de la cumbre desde que pisó el aeropuerto de Pajas Blancas hasta que se fue. Su figura desvelaba a los empleados del hotel Holiday Inn, a los efectivos de la Policía Aeronáutica Nacional, a los periodistas, a los legisladores que se volvían cholulos sin ningún pudor. Fidel llegó con sus colaboradores de siempre. El secretario privado “Carlitos” Valenciaga –el mismo que leyó la proclama en la que delegaba el poder en su hermano Raúl–; Pérez Roque y el vicepresidente Carlos Lage. No estaba su hermano Raúl.

La comitiva lo acompañó hasta Alta Gracia. Pero se mantuvo a cierta distancia –esperó afuera– cuando Castro ingresó en el chalet en compañía de Hugo Chávez. Una vez adentro y con muy pocos testigos, el cubano dejó una dedicatoria como recuerdo de su paso por allí. Fue una dedicatoria trunca, pero a propósito. “Hasta la...”, escribió Fidel. Y la palabras que faltaban las agregó Chávez. “Victoria siempre”, completó el venezolano.

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