Vie 28.05.2010
las12

Matan a pobres corazones...

› Por Patricia Gordon *

No dudaron. No escucharon. No la vieron. Y no la quieren ver. La escena del abuso sobrepasa los límites de la tolerancia de nuestras representaciones acerca de las cosas, de la vida, de la infancia, de la sexualidad entendida como el ejercicio de una libertad acordada, valorada y respetada por un otro.

Como no dudaron, no escucharon y no vieron, salieron con sus prolijos carteles manifestándose como seguramente jamás lo hicieron, en defensa de ninguna víctima. Como seguramente, jamás se manifestarán en defensa de quienes sí padecen o han padecido.

Aun en esos límites de nuestra tolerancia que bordean lo imposible, muchos y muchas nos animamos a ver qué hay en el horror.

Y ante tamaña evidencia decimos que hay una sola víctima. De sus violadores, y también de este sector de la comunidad que en una clara connivencia con la crueldad salió a avalar “el asesinato del alma”.

Sin hacerse esperar, algún funcionario nos vino a decir que las conductas “precoces” deben ser la causa de que estos hombres se hayan visto seducidos, seguramente, por los encantos de una niña.

Los mismos que incurrieron en el delito de distribución de pornografía, los mismos que hoy son defendidos por sus honestas familias y honestos vecinos.

Los prejuicios de género, de clase y todos los males que el patriarcado nos ha dejado nos llevan a preguntarnos acerca de esta reacción inmediata en General Villegas.

Es sabido que ellos son factores de silenciamiento del abuso sexual.

Hemos recorrido un largo camino en esta travesía que implica seguramente una lucha incesante. Por los derechos de niños, niñas y adolescentes, por elaborar propuestas científicas que contrarresten los nocivos efectos de quienes siguen empeñados en culpabilizar a las víctimas, por generar mecanismos de prevención y tratamiento, por articular discursos entre las diferentes disciplinas que abordan el fenómeno.

Pero sabemos que este camino es largo y General Villegas es un ejemplo de que esta sociedad aún deberá remover sus bases patriarcales, sus prejuicios de clase, su hipocresía y lo que es más grave aún: su mirada acerca de la infancia y la adolescencia.

Mirada que abandona el extremo cuidado que tantos niños y niñas están clamando. Mirada que hoy apunta y dispara a los pobres corazones.

* Licenciada en Psicología, secretaria general del Colegio de Psicólogos de Mar del Plata, integrante de Alameda. Forma parte de la Asamblea Permanente contra la Trata de Personas.

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