Jue 27.05.2010
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GENERACION PLAYSTATION: UNA NUEVA TRIBU URBANA

GPS

Las nuevas camadas de deportistas virtuales conocen a sus jugadores por el lugar que tienen en la PlayStation antes de conocerlos por sus genialidades dentro de la cancha. Hasta los jugadores reales se baten a duelo manejándose a sí mismos con un control analógico. El mejor jugador argentino del Pro Evolution Soccer, Mariano Monzón, se jacta de haber descubierto a Messi: “Lo ponía cuando estaba de suplente en el Barcelona y no lo conocía nadie”.

› Por Juan Ignacio Provéndola

A Marcelo Salas no le sirvió escribir la historia grande de River, tampoco triunfar en los mejores equipos de Italia, ni mucho menos ser el goleador histórico de la selección chilena. Para Mariano Monzón fue ídolo cuando lo descubrió usándolo en la primera PlayStation. “Nunca lo habían visto jugar, pero en el jueguito era un crack y me hice fanático de él”, cuenta el mejor jugador argentino del Winning Eleven (conocido como Pro Evolution Soccer o PES, a secas, según se trate de la versión americana o japonesa), de acuerdo con el ranking anual de Club Eleven, organización en la que se alistan los mejores players en un calendario de torneos individuales y por parejas.

A esta altura del partido ya no tiene sentido explicar qué es el Winning Eleven. Desde la invención de los naipes, probablemente muy pocos pasatiempos lúdicos lograron atravesar tan horizontalmente a la humanidad como lo hizo y lo hace este videojuego. Es que no sólo se trata del simulador de fútbol más real y apasionante que jamás se haya inventado para cualquier consola. Es el nuevo paradigma del fútbol. Ni más, ni menos: jugar bien al Pro Evolution Soccer se valora tanto como hacer 100 jueguitos seguidos con una pelota o tirar la bicicleta de Cristiano Ronaldo en un picadito informal. ¡Si hasta los jugadores reales se baten a duelo manejándose a sí mismos con un control analógico!

Cuando Konami tiró a la cancha la primera versión de la saga, en 2001, marcó una ruptura clave en la relación jugador-fanático. A través de un joystick, los astros bajaron de los posters y se acercaron como nunca a través de un realismo mágico. Ya no se trataba de armar un equipo y hacer más goles que el contrario: ahora había que entender el potencial individual de cada jugador y hacerlo rendir en un sistema táctico afín a sus condiciones y aplicable según el rival lo permita. Por ese camino andaba EA Sports, cuando comenzó con su saga FIFA, originalmente para Mega Drive y Super Nintendo, en 1993, aunque en todos esos años no había logrado (ni siquiera con licencias exclusivas sobre nombres de equipos, selecciones y futbolistas) lo que el primer Winning Eleven con ese inolvidable repiqueteo de Roberto Carlos antes de sus tiros libres, que los fanáticos de la primera hora recordarán.

Nunca antes los jugadores habían sido tan reales, y poder manejarlos a gusto era demasiado para un planeta marcado por el fútbol. Su práctica se popularizó hasta en los terrenos más impensados para un videojuego. ¿O acaso alguien se imagina a Angelina Jolie limándola horas con alguna de las diez versiones de Tomb Raider? Sin embargo, Lionel Messi y el Kun Agüero juegan con una seriedad casi profesional su Barcelona-Atlético de Madrid virtual cada vez que comparten convocatoria en la Selección.

Riquelme y otros old school pusieron el grito en el cielo porque la nueva generación de futbolistas prefiere quemar las horas de las concentraciones meta PlayStation en lugar de mirar los partidos reales de sus futuros rivales. Y pensar que alguna vez Claudio Caniggia y Pedro Troglio se perdieron de ser titulares en el (in)olvidable partido ante Camerún después de que Bilardo los pescara trasnochando con el Mario Bros, pocos días antes del debut en Italia ‘90. Los tiempos cambiaron, claro que sí. La pelota aún no se mancha, ni se desvirtúa. A lo sumo se virtualiza. Y mientras los dinosaurios de la FIFA siguen mirando con recelo la incorporación de nuevas tecnologías, del otro lado de la pantalla se generan fanatismos bidimensionales y apócrifos a través de una realidad digital, inmediata y fugaz. Todo se define en diez minutos. A matar o morir, y el ganador queda en cancha.

LA TRIBU VIRTUAL

Cristian Strobino lidera Club Eleven desde que comenzó a organizar torneos en 2008. Dos veces por mes, 40 jugadores (80 en la categoría por parejas) compiten por ser los mejores del ranking anual a través de campeonatos que llegaron a entregar 1700 pesos para el ganador. Cristian reconoce el papel evangelizador del juego: “Soy de Boca y no le doy mucha bola al fútbol porque venimos de años increíbles, así que conocí muchos jugadores a través del Winning que después veía por tele y decía: ‘Ah, ¿era ése?’. Gonzalo Araujo, líder del ranking de dobles, va más allá: “Si un jugador te salva un partido en el Winning haciendo un gol sobre el final, después buscás videos en YouTube, ponés su foto en el MSN y ves de engancharlo cuando lo pasan por la tele. Pero también puede nacer un odio con un arquero que te saca todas, o con un delantero lesionado que te hace un gol”.

Mariano Monzón se jacta de haber descubierto a Messi. “Lo ponía cuando estaba de suplente en el Barcelona y no lo conocía nadie”, asegura este imbatible jugador que ganó once de los veinte torneos organizados por Club Eleven y que lidera ampliamente el ranking individual de casi 300 jugadores. Su historia comenzó cuando, cansado de ganarles a sus amigos, quiso testear su nivel ante desconocidos. Se había curtido jugando por Internet con gamers de todo el mundo e incluso arañó los primeros puestos del ranking mundial, hasta que Konami eliminó del PES la posibilidad de jugar en red. “A veces era cualquiera porque algunos hacían trampa con un truco que te congelaba tus jugadores. Te podías bardear escribiendo con el teclado y los duelos con los brasileños eran muy picantes, aunque con los japoneses no se podía jugar porque tenían un ancho de banda que te comía la conexión.” Ser el mejor le permitió a Mariano ganarse campeonatos... y la bronca de sus competidores: apenas perdió 8 de los casi 140 partidos que jugó y, para muchos, ganarle significa aún más que salir campeón.

En los torneos de Club Eleven hay normas de convivencia fundamentales (no festejar un gol eufóricamente, sacar las repeticiones y esperar a que la pelota salga para meter pausa). Aunque, a veces, las pasiones no saben de reglas: “Cuando pierden, algunos rompen el joystick, le dan piñas al piso o se pegan la cabeza contra la pared. ¡Están enfermos!”, dice Gonzalo, admirado. Eso sí: al pitazo final, saludo de manos y allí concluye todo. Es ley fundamental. “Más allá de la competencia, el juego nos une y nos hace parte de un grupo invisible, pero muy poderoso. El Winning Eleven es un tema de conversación entre desconocidos y un factor de unión casi tan fuerte como ser hincha de un mismo equipo de fútbol. Aunque el término esté bastardeado, somos una tribu urbana que hace la suya puertas adentro, sin vestimenta ni música que nos identifique”, reconoce Cristian.

En septiembre del año pasado, el grupo Santa Mónica (algo así como el agente comercial de la AFA) le propuso a Club Eleven armar una asociación argentina de fútbol virtual y lanzarla a todo trapo con un megatorneo en la Sociedad Rural. El plan de Cristian es menos pomposo, pero más ambicioso: “Queremos hacer un torneo nacional, con diversas categorías, y mi sueño sería hacer una gira con los mejores de la Argentina, onda Globetrotters, y romperles el culo a jugadores de todo el mundo”. Alguna aspiración similar resuena al otro lado del océano, en una dimensión lejana, pero tal vez más real.

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