Dom 23.05.2010
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ENTRE LA FE Y LA PASIóN, EL MISTICISMO SEGúN BRUNO DUMONT

De cuerpo y alma

Una joven novicia parisina es expulsada del convento acusada de un cargo insólito: demasiada devoción, tan intensa que no le resulta verdadera a la madre superiora. Una vez afuera, la chica está lejos de encontrar la racionalidad perdida: su padre es ministro, la vida urbana en la capital francesa es un caos y su único amigo es un joven musulmán que la acerca a la guerra en Medio Oriente. Pero la nueva película de Bruno Dumont –que lleva por título original Hadewijch, en referencia a una mística y poeta holandesa del siglo XIII– no es sólo un estudio sobre el fanatismo religioso, también es una impactante muestra de la intensa relación entre el amor y la violencia.

› Por Mariano Kairuz

Hadewijch, quinta película de Bruno Dumont, va del amor incondicional al espanto sugiriéndonos que quizá son la misma cosa. Lo que los surca a ambos es el fundamentalismo religioso: a los pocos minutos de empezar, la novicia Céline es expulsada del convento en el que espera tomar sus votos, por la madre superiora, que encuentra en el hábito de automartirización que ha adoptado la chica –que no come ni se cuida en lo más mínimo– menos un gesto de devoción hacia Dios que una parodia de esa devoción. Céline es entonces enviada de regreso al exterior con la esperanza de que retome contacto con la realidad, pero el mundo que la rodea allá afuera tiene bastante poco de real: la casa de sus padres –él es un ministro de gobierno, de ella no sabremos mucho más allá de la distancia gélida que parece mantener con su hija– es un auténtico palacio en medio de una zona rica de París. Lo más parecido al mundo real con que consigue establecer algún tipo de relación son unos chicos de origen árabe. Pronto se acerca a uno de ellos, Yassine. Cuando éste –acaso el único personaje que no está chiflado de algún modo en la película– intenta acercarse para besarla, ella lo rechaza indicándole que se reserva para Cristo, su amor inalcanzable. Aquél al que aspira a entregarse en cuerpo y alma. Hecha la aclaración, consolidan su amistad, y Céline conoce al hermano de Yassine, un teólogo musulmán llamado Nassir. A pesar de la confusión en que se encuentra, y en medio de una ciudad en la que la calle parece estar siempre convulsionada –el tráfico es un caos, un desastre permanentemente a punto de suceder–, Céline se acerca a Nassir, y entre confesiones que adquieren un cariz cada vez más íntimo, le dice que “lo más dulce del amor es la violencia”. Una frase que en un principio sonará enigmática, acorde con la demencia mística de la protagonista, pero que más adelante en la película terminará por resonar como un estruendo, con la fuerza de una bomba.

La violencia física es una constante en el cine de Dumont desde su primera película, La vida de Jesús, así que no es absurdo enfrentar Entre la fe y la pasión (título con que acaba de estrenarse Hadewijch en Buenos Aires), esperando durante un largo rato el golpe de gracia: la violación, el asesinato, la destrucción. Pero la frase de Céline tiene, si no una explicación evidente, sí un origen preciso: se encuentra entre los escritos de Hadewijch d’Anvers, una mística y poeta holandesa del siglo XIII, que le da nombre al convento en el que Céline intentó refugiarse. El propósito de Dumont, según lo contó en varias entrevistas, fue preguntarse qué pasaría si ese amor extremo por Dios que Hadewijch expresó en sus escritos fuera canalizado en la actualidad por una mujer joven como Céline, en cuerpo y alma. Y vale repetir: en cuerpo y alma, con especial énfasis en la parte del “cuerpo”. En la película, esta devoción se sugiere total, y por lo tanto inevitablemente sexual. En alguna entrevista, Dumont llegó a decir que Céline desea tanto el cuerpo de Cristo que quiere acostarse con él. Esto puede no estar del todo manifiesto en la película, pero tampoco parecen ser gratuitos los planos en los que vemos a la flamante ex novicia, a la que poco antes conocimos en su atuendo religioso, totalmente desnuda, en el acto de irse a la cama.

Conocer a Nassir acerca a esta moderna Hadewijch a la experiencia más física de la violencia, cuando Nassir la lleva de viaje a Palestina. Pero la gran boutade de Dumont consiste en quebrar la linealidad del relato cuando uno cree que la película ya se ha encaminado de un tipo de fundamentalismo religioso a otro. Si uno espera que haya una línea cronológica sobre la que –por más flashbacks y vueltas que dé el relato– al final de la película se puedan ubicar cada una de sus escenas para darles un sentido preciso, una causalidad, Dumont trabaja contra ese orden, y se mueve en dirección al misterio. Lo cual podrá expulsar a muchos de sus espectadores, que saldrán del cine rascándose el mentón –o directamente enojados–, pero va sin duda en consonancia con los planteos y las preocupaciones místicas de la película, con esa idea de una presencia inaprensible a la que debe entregársele todo a cualquier costo. Y, después de todo, Dumont ya recurrió antes a lo abrupto, ya había trabajado para mantener desprevenido a su público y entonces asestarle un golpe cuando no se lo espera. Hadewijch, dice el director, no busca explicaciones racionales. No se trata de una película sobre mundos ni personajes racionales: no lo es el convento, no lo es la política –como puede observarse a través de las brevísimas participaciones de los padres de Céline–, no lo es la vida urbana de las capitales europeas, ni el incendiario escenario de Medio Oriente.

Sobre el final, cuando nuestro cerebro todavía gira tratando de acomodar las últimas imágenes, Hadewijch cita de manera explícita a su referente más evidente: el cine de Bresson, en una escena que funciona como una variación sobre el final suicida de Mouchette. Una expresión más de la ida y vuelta permanente entre la filosofía (la antigua ocupación de este director) y su cinefilia. “Pero el misticismo me interesa porque va mucho más allá de la filosofía”, dice Dumont. “El misticismo nos lleva a zonas que están más allá de las cuestiones de la razón, del discurso y de nuestra comprensión del mundo. En ese sentido, nos lleva a una zona que es muy cercana al cine: ambos tienen la capacidad de ver y expresar lo invisible a través del mundo material.”

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