Dom 27.06.2010
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HOMENAJES > 10 AñOS SIN LUIS CARDEI

Sin Luis

A mediados de los ’90, creció como un secreto a voces que existía un cantor de tangos como ya no había. Primero en un bodegón de Parque Patricios, después en el sótano de la Librería Gandhi y finalmente en El Club del Vino, cautivó a tangueros, policías, intelectuales y artistas. Con un repertorio que daba la espalda a la época de oro del tango, una manera única de cantar, un don para contar historias entre canciones, siempre con un vaso de whisky, su cuerpo débil y el inseparable Antonio Pisano en el bandoneón, Luis Cardei se convirtió en pocos años en el referente de toda una generación que revitalizaría y revolucionaría el tango. A una década de su muerte, Radar reconstruye su historia. Y Lidia Borda, Luis Chitarroni y Luis Gusman lo recuerdan.

› Por Mariano Del Mazo

Le boiteaux fascinant. Luis Cardei no sabía si tomarlo como un elogio o qué. El diario Le Monde de París había titulado Le boiteaux fascinant, “El rengo fascinante”, un largo artículo sobre el fenómeno que estaba encarnando el cantor en el corazón de la “bohemia de tango en Buenos Aires”. En verdad era el artículo de una turista con veleidades de periodista que supo vender al periódico francés una buena nota de color. Promediaba la década del ’90, el 1 a 1 era el analgésico de la clase media y el menemismo tiraba la manteca de las privatizaciones al techo.

La definición de “rengo fascinante” tenía en su brutalidad un acercamiento bastante certero a las claves del suceso-Cardei. El cantor escenificaba su arte en cantinas y más tarde en una librería del centro y en “la” vinería cool de Palermo como un complemento bastante genial de su apariencia física: esto es, una renguera producto de una hemofilia. Sabía incorporar la enfermedad al show a través de relatos hechizantes –verdaderas joyas orales– con los que evitaba la lástima y la piedad. El antídoto era una melancolía feroz, ubicada entre los monólogos engolados de los viejos speakers radiofónicos y la ternura a lo Walt Disney. Luis Cardei era un hechicero que, además, cantaba muy bien. Por eso los tres o cuatro discos que todavía se pueden conseguir por ahí no logran dimensionar su talento. Luis Cardei era el bodegón, el boliche, el café concert: los perfiles de su figura terminaban de definirse con el vivo.

Pasaron diez años de su muerte y todavía resulta complicado enmarcarlo en el mapa tanguístico. Nació en los ’40, no entendió los ’60, cantó los ’20 y los ’30. Había en él algo anacrónico que la esmerada elección de repertorio no hacía más que subrayar. A pesar de que él mismo era casi un recorte perfecto del estereotipo del género, detestaba secretamente y no tanto a personajes canonizados del tango, entre ellos a Discepolín y al Polaco Goyeneche. Evitaba los gloriosos años ’40, la época de oro, porque consideraba que en ese período los tangos se habían intelectualizado. “Demasiada metáfora”, decía. Su mirada estética se detuvo en la sencillez de los ’20 y ’30, en autores como José Canet, Luis Rubinstein, Rafael Iriarte, que dibujaron un arrabal idealizado, amable, casi edulcorado, y donde la frontera entre el campo y la ciudad era aún más difusa que la que escribió Homero Manzi. En cuanto a los cantores, Luisito no dudaba: Carlos Gardel, Raúl Berón y Carlos Dante. Sobre todo Gardel, a quien como un niño imitaba frente al espejo.

A pesar de que ya tenía un recorrido, digamos under, se puede decir que nació como cantor en La Esquina de Arturito, en Pavón y Chiclana, un comedero ubicado frente a un monumento de Florencio Sánchez en el que los miércoles se podía leer en su vidriera un papel pegado con cinta scotch con una doble y cacofónica propuesta: “Hoy, conejito al vino. Luis Cardei y Antonito”. Entre mozos que surcaban el salón con velocidad de rayo y un público conformado al principio por vecinos y por miembros de la Federal que salían de franco de la comisaría de la zona, alcanzó una modesta fama. Antonito era Antonio Pisano, un bandoneonista nacido en Italia, tímido, bonachón y de una memoria musical prodigiosa, una rockola tanguística viviente. Juntos lograban climas inauditos para un bodegón. A veces se sumaban cantores amateurs del barrio y el cierre, previa manga por las mesas –finalmente, el verdadero sueldo–, era con Luisito sentado tomando un último whisky en compañía de algún amigo o de algún cantante imberbe, buscando la revelación de los secretos del tango.

El boca a boca, el pasillo de redacción, la casualidad, la curiosidad o quién sabe qué, hicieron que en poco tiempo (1993, 1994) entre las mesas se sentaran, además de los vecinos y policías, actores, cineastas, escritores y periodistas. Intelectuales de variado espesor que fluctuaban entre sus propias y adormecidas historias personales de raigambre tanguera y la necesidad de “algo nuevo”. Esa –tal vez– fue la clave paradójica del fenómeno Luis Cardei, que a los 50 años y cantando tangos viejísimos encarnó “algo nuevo”. Una reformulación de la famosa frase adjudicada a Giuseppe Verdi: “Seamos modernos, volvamos al pasado”. Sin buscarlo, Cardei puso en el tapete un repertorio y un timbre de voz que se habían extraviado en el desarrollo del género y que refulgieron como una revelación. Nada de Hugo del Carril, Julio Sosa, Goyeneche o Rivero... Luisito conminó a su público de alguna manera a hurgar en grabaciones de Agustín Magaldi, Raúl Berón, Angel Vargas, entonaciones entrañables en los antípodas de los fraseos desmesurados o la virilidad entendida como caudal vocal. Nada de “Nostalgias”, “La última curda” o “Cambalache”; él postulaba “El carrerito”, “Temblando”, “Cobardía”, “Ivette”. “Fue muy curioso lo que ocurrió con Cardei –dice Néstor Marconi, bandoneonista que grabó en su disco de El Club del Vino–. Para el ambiente del tango era una novedad. Sin embargo, charlando con él, me contaba de su trayectoria de cantinas y clubes. Era una persona muy dulce, muy humilde y realmente tuvo un impacto muy fuerte en su momento. Rescató un repertorio como quien abre el arcón de los recuerdos. Los problemas físicos le daban un condimento extra. Como al último Goyeneche, creo que la gente iba a verlo para ver cómo peleaba contra la adversidad. Y además... actuaba con Antonito... Los dos juntos eran una pinturita, como de una película de Fellini.”

ATAQUE NOVENTOSO

El panorama del tango en los ‘90 tenía cierta efervescencia en los jóvenes. Las milongas eran cada vez más masivas, con verdaderos templos como el Club Almagro o el Parakultural que organizaba Omar Viola. Las zapatillas les peleaban espacio a los zapatos acharolados y, pese a gestos y rutinas más cerca del posmodernismo que de la tradición (el cabeceo, la gomina), los chicos y chicas curtían las pistas con fervor. Existía además un cruce de conocimiento con los milongueros veteranos. Ese fervor, aunque no tan masivo, tuvo su correspondencia en lo musical. Proliferaban agrupaciones y solistas que empezaban a marcar las líneas de lo que vendría: orquestas y cantores respetuosos de la historia, rockeros devenidos al tango y el abordaje irónico. En ese marco, con un temperamento totalmente original, apareció Luis Cardei: la ruptura desde lo más profundo de la raíz, la ruptura desde lo genuino.

Cuenta Hernán Lucero, 37 años, exquisito cantor de Bardos Cadeneros y también solista: “Yo participé de eso que se llamó en aquellos años ‘la movida del tango joven’... Pese a que eran tiempos de neoliberalismo, de desesperanza, pasaban cosas. Por ahí andaban el Cardenal Domínguez, Lidia Borda, Brian Chambouleyrón, el Tape Rubín, la Orquesta El Arranque con Marcelo Barberis, Las Tangachas con Dolores Solá y Claudia Levy, los Tangata Rea. Yo recién empezaba a cantar. Y era estudiante: antes de la facultad me iba a leer al café de la Librería Gandhi, la que estaba frente al Teatro San Martín. Ahí escuché por primera vez un disco de Lidia Borda; ahí me enteré de que había un cantor criollo, uno de los primeros que admiré, llamado Alfredo Sáez; ahí me encontraba a charlar con Hernán Salinas, un maestro para mí; ahí escuché por primera vez en vivo al Tata Cedrón. Y ahí descubrí a Luis Cardei. El nos hermanó con Angel Vargas, con Raúl Berón. Sin estridencias, de modo confidencial, vino a traernos, como Gardel, la estética de lo chiquito. No lo advertí en ese momento; lo siento ahora, cuando escucho sus versiones de ‘De madrugada’, ‘Mano cruel’, ‘Romántica’ o ‘El pescante’. Creo que el matiz de su voz y el repertorio nos influyó a casi todos los cantores que vinimos después”.

Lidia Borda, tal vez su más talentosa “discípula”, completa: “A veces pienso que en las sociedades surgen lo que podríamos llamar ‘necesidades colectivas’. En esa época ocurrió algo por el estilo: la necesidad de regresar a las fuentes. No creo que ocurriera solamente en el tango, más bien fue una época donde los que nos dedicábamos a alguna actividad artística queríamos encontrarnos con la esencia de las cosas, entre tanta fantochada bananera”.

La módica revolución ocurrió, decíamos, entre intelectuales y entre los jóvenes. Los veteranos, los conocedores profundos del género, observaban el panorama con apatía. “En los ’40, Luis Cardei hubiera pasado inadvertido”, musitaban. Es posible que la sentencia –tan de taxista– encerrara una verdad. Finalmente era una hipótesis postulada hacia el pasado, obviamente incomprobable. Pero lo concreto es que prestigiosos especialistas como Jorge Göttling, Oscar del Priore o Julio Nudler no condescendían al hechizo. Eran críticos o, al menos, cautos. Del Priore, en el libro que acaba de publicar, Los cantores de tango (Losada), escribió: “Cardei, cantando casi siempre sentado, y junto a él el músico, era una imagen patética del tango (...). Su voz pequeña, su emoción enorme, las notas de bandoneón, llegaban al alma de sus íntimos auditorios”. Es que Cardei, el fenómeno Cardei, no pasaba sólo por el canto. Era un todo, sólido e incorruptible, intransigente con una expresividad que se agigantaba en, como diría Del Priore, los íntimos auditorios. Su capacidad extraordinaria para comunicar radicaba en un extraño equilibrio entre una debilidad aparente y la fortaleza sutil que le daba, ni más ni menos, su inconmensurable sabiduría tanguística. Por el lado del tango no lo podían correr; por el lado vivencial, tampoco: ese “rengo fascinante” a ojos europeos no daba lástima, no mostraba resentimiento y sabía iluminar como nadie universos ajenos como si fueran propios.

LAS LUCES MALAS DEL CENTRO

Elvio Vitali lo vio en la cantina y se lo llevó para la Librería Gandhi. Cardei no decía Gandhi, decía “la calle Corrientes”. Empezó a cantar todos los jueves, inolvidables jueves. Se había corrido la bola, y ahí, entre libros, en un taburete, con un vaso de Johnny Walker como bastón y el leal Pisano al fueye, el café se convirtió en un bastión de la nocturnidad. La ceremonia era infalible: tangos sensibles, cantados con una emoción precisa, sin pretensiones, profundizados por el efecto del alcohol. Los gestos de siempre (pararse al final de ciertos temas, tomarse la nuez de Adán como quien se acaricia la gola y mirar al infinito), los ritos (la introducción de Antonito solo con el bandoneón; los pedidos a viva voz: “Traicionera”, “Prisionera”, “Temblando”), la complicidad con los habitués frente a los caídos del catre (“¡Sos como el Polaco, Luisito!”, y la respuesta: “¿Le parece?”. “En esta tarde gris, Luisito”, y la huida: “No, ésa no la tenemos”). Y así.

En Gandhi acostumbraba convocar siempre a alguna cantante a la manera de telonera, chicas como Cristina Pérsico, Lidia Borda, Victoria Morán. “Me presentaba como ‘una calandria que viene del Sur’ –evoca Morán, una gran voz con rasgos que hacen recordar a Nelly Omar–. Yo no había cumplido 20 años y no lo podía creer. Era muy generoso. Nuestra amistad fue breve, pero intensa. Conseguía lo que sólo consiguen los buenos artistas: entretener, emocionar, abstraer de la realidad por un rato, hacer mejor un momento, que de otro modo hubiera sido vano o igual a todos”.

Después lo llamó Cacho Vázquez, de El Club del Vino, para que actuara los viernes. El Club del Vino, sobre la calle Cabrera, era el mejor sitio para escuchar tango en Buenos Aires. La cartelera del fin de semana se completaba con Horacio Salgán y su Quinteto Real y Néstor Marconi Trío, entre otros. Fue el momento de gloria de Luisito Cardei: los miércoles, la pata barrial y popular de La Esquina de Arturito; los jueves, el público entre snob y calificado de la Gandhi; los viernes, el lujo de El Club del Vino.

Y los domingos, pastas en su casa de Villa Urquiza, sobre la calle Miller.

MUCHACHO, QUE PORQUE LA SUERTE QUISO

Si viviera, no entendería Internet; su imaginario ni siquiera llegó al mundo digital: se reía de los “ci dik”, veneraba sus discos de vinilo y la radio, River Plate, las plantas, los canarios. Si existiera un capítulo Cardei en Wikipedia debería decir cantor argentino, nacido el 3 de julio de 1944, hijo de Catalina Fontanella y Luis Eduardo Cardei, en el Hospital Pirovano de Villa Urquiza, su barrio de (casi) toda la vida. La hemofilia –“una hemofilia severa”– le marcó la infancia. Entre los 8 y los 12 años no pudo caminar. “Estuve enyesado, por eso camino así.” Quería ser wing izquierdo como Loustau, pero se resignaba a relatar los picados de la vereda en vez de jugarlos; se refugiaba en los programas de tango de la radio. A los 16 años se presentó en concursos de cantores y empezó a descollar en el barrio. Después conoció a su futura mujer Inés y tuvo un hijo, Alfredo. Todo lo que perteneció a sus años mozos de Urquiza, vaya a saber Freud por qué, él lo denominaba en diminutivo: Inesita, Alfredito... Luego de un período de sobrevivir levantando quiniela, conoció a Antonito. Cómo se encontraron, era una de las historias que mejor sabía contar: “Fue en la cochería Banchero... Ahí, en el fondo, entre los ataúdes, se reunía un grupo de artistas y se armaba una linda peña. El dueño de casa, Rómulo Banchero, me presentó una noche a Antonito y largamos: el primer tango que hicimos fue ‘El bulín de calle Ayacucho’. En 1983 empezamos en lo de Arturito y estuvimos 13 años seguidos”.

Antes y después, las venas hinchadas y cansadas de tanta inyección de factor octavo, la clave para seguir viviendo, para que la maldita sangre coagulara. Una fugaz adicción a la heroína –sustancia que estaba presente en un calmante– por la que fue internado un tiempo en el Borda. Los detalles, ese tipo de detalles, se agolpan en El Torcán, la olvidable película que protagonizó Oski Guzmán, estrenada el año pasado.

Ganó, perdió y fue la gran promesa del tango a los ’50. Sus amigos –Elvio Vitali, Cacho Vázquez y tantos otros– le hicieron grabar discos. Pino Solanas compuso un papel a su medida para La nube. Le hacían entrevistas, jóvenes cantores le pedían consejos y las mujeres lo buscaban como si fuera, sí, Gardel.

Los últimos años de su vida los pasó con María, su gran amor. Cuando se fue de Villa Urquiza, aniquiló el universo en diminutivo. Se compró con orgullo un Renault 18 y penduló entre la Fundación de la Hemofilia y la buena mesa, el buen trago, el cigarro. Primero en San Telmo, después en Parque Chacabuco, pasaba las tardes al sol leyendo a Roberto Arlt y a Macedonio Fernández, cuidando a sus canarios y escuchando discos.

Se emocionaba cuando cantaba “Prisionero” y cuando hablaba de su madre. Murió hace diez años, el 18 de junio de 2000, rodeado de María y Alfredito. Dejó entre otras cosas un universo en diminutivo, seis trajes, un smoking, varios pares de zapatos de charol, la robe de chambre que usó en La nube y un espejo de pie que siempre le devolvía la imagen de Carlos Gardel.

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