Dom 21.08.2011
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CINE > LA EXCELENTE PRECUELA DE EL PLANETA DE LOS SIMIOS

El hombre es el mono del mono

Sin grandes fanfarrias, con una dirección que prefiere la intensidad dramática a la espectacularidad, con unos efectos especiales de realismo perfecto (que permiten que el actor que ya hizo de Gollum y de King Kong dé protagonismo a los monos en vez de a los humanos con máscaras), El planeta de los simios (r)evolución, que se estrenó el jueves, le regala la mejor precuela posible a aquella gran película con Charlton Heston y las secuelas y series que siguieron.

› Por Mariano Kairuz

“Abandono el siglo XX sin ningún pesar.” Qué cancheras que quedaban estas palabras en boca de Charlton Heston, alias el astronauta-coronel Taylor, a punto de meterse en el freezer del tiempo en nombre de la Humanidad. Afuera de la sala de cine corría 1968, todavía antes de mayo y más de un año antes del primer alunizaje y el hombre –un humanista, sin duda: militante activo desde los ‘50 por el movimiento de derechos civiles, todavía un demócrata “moderado” y muy lejos de... ¡presidir la Asociación Nacional del Rifle!– ya había sido suficientemente testigo del tipo de animaladas de las que era capaz la raza dominante.

La gran ironía de El planeta de los simios era que, al volverse más inteligentes y “más humanos”, los monos y sus parientes sólo habían conseguido volverse más crueles y bestiales, reproduciendo el esquema supersticioso, represivo, supremacista y totalitario de quienes fueron primero sus sucesores y luego sus antecesores en la cadena evolutiva, según la brillante paradoja central de la saga iniciada por el libro del francés Pierre Boulle (1963) y la película de Franklin J. Schaffner (1968) co-escrita nada menos que por Rod Serling, el creador de La dimensión desconocida. El hombre era el mono del mono en aquella serie de películas, alternativamente una víctima con arrebatos de conciencia y un cretino autodestructivo, y una de las cosas que consigue la flamante y extraordinaria Rise of the Planet of the Apes (título traducible como “El alzamiento del planeta de los simios”, pero que llegó esta semana a los cines rebautizada El planeta de los simios (r)evolución) es devolverle al hombre el papel de idiota y de irresponsable desalmado que le corresponde en el reino de la naturaleza.

Al narrar en el presente –a lo largo de varios años– la historia de cómo un virus de laboratorio destinado a curar el Alzheimer (y otros desarreglos de nuestro insondable relleno craneal) vuelve sin quererlo más y más inteligentes a los chimpancés, que en cautiverio y de manera inconsulta son sometidos a experimentos y testeos, Rise... se convierte en un relato de origen –ese virus que corre tanto entre las superproducciones actuales– para toda la serie de películas de Planet of the Apes. Y es también, hasta cierto punto, una reformulación de la tercera película, Escape del planeta de los simios, tramposa precuela de 1971 en la que los encantadores macacos parlantes del futuro Zira y Cornelius viajaban en el tiempo (hasta 1973), con ella llevando en su vientre, en un raro anticipo de Terminator (1984), a su descendiente Milo. Más conocido como César, futuro líder de la comunidad de monos que piensan. Y también se adelanta a y rehace La conquista del planeta de los simios (1972), cuarta de la saga, en la que, tras la desaparición de gatos y perros de la faz de la Tierra, los primates se convertían en mascotas sustitutas y eventualmente en esclavizada servidumbre de la Humanidad, lo que motivaba al inteligente César a presentar batalla y entrenar a los suyos para la rebelión, sabiendo que, en última instancia, no tendría más que esperar que los muy bobos de los homo sapiens procedieran a diezmarse a sí mismos por la vía nuclear. Rise of the Planet of the Apes plancha y alisa varios de los pliegues argumentales de La conquista... y, de hecho, si una crítica puede hacérsele a esta nueva película es que, como contracara de su contundente dinamismo narrativo, por momentos se vuelve demasiado elíptica, haciendo que todo aquello que sugiere un proceso –es decir, una evolución– ocurra demasiado rápido, causas y efectos siempre a la vista hasta para un orangután de tres años, lo cual le resta credibilidad. A cambio introduce su novedad más perfecta: se trata de la primera película que está de verdad protagonizada por simios y no por tipos con máscaras simiescas. Es decir, los protagonistas son simios dibujados digitalmente, pero fotorrealistas, mientras que hasta la remake del film original hecha por Tim Burton hace sólo 10 años ponía en pantalla, de acuerdo con uno de esos firuletes estilísticos tan propios de su director, una actualización homenaje de los máscara-de-mono. Como resultado de esto –y de la actuación de Andy Serkis, el actor que por medio del mismo proceso de captura de movimiento usado acá, ya fue el Gollum de El Señor de los Anillos y el King Kong de Peter Jackson–, por primera vez también toda la carga y la identificación emocional del espectador puede volcarse en un simio que efectivamente parece un simio, mientras que los protagonistas humanos van perdiendo espacio escena a escena hasta casi desaparecer. No sólo porque a Freida Pinto (la belleza india salida de Slumdog Millionaire y vista hace poco en Conocerás al hombre de tus sueños, de Woody Allen) le hayan asignado un papel decorativo y le toque decir eso de que “tal vez algunas cosas del orden de la naturaleza no están hechas para ser cambiadas por el hombre”. Ni porque el otro sea James Franco, sobre lo que no queda mucho que agregar, no sólo después de su participación como presentador en la última entrega del Oscar sino también tras su inexplicablemente nominada actuación en 127 horas (Al parecer le dijo a la revista Playboy, sobre su actuación en Rise..., que era solo un encargo y no “una muestra de mi creatividad”. Pero qué listo). El único ser humano de verdad es el que interpreta John Lithgow, el padre con Alzheimer del científico interpretado por Franco.

La película pertenece, entonces, al nuevo César, y aunque las secuencias finales ambientadas en el puente de San Francisco no dejan de tener su espectacularidad, la dirección del inglés Rupert Wyatt lo vuelca todo en las dramáticas secuencias previas, las del aprendizaje, iniciación y pérdida de la inocencia del sufrido chimpancé llamado a liderar un nuevo mundo. Es por eso que la película –que llega descargada de las expectativas de las superproducciones con las que compite en esta temporada– se permite hacer una elección narrativa muy clara, y cuando llega el momento decisivo, ese en el que el mono que piensa decide también decir lo que piensa, se corta el aliento, en la pantalla, y también en la sala de cine. Es un instante nomás, pero es también una experiencia sencilla, primitiva y poderosa.

Y para entonces sabemos que ya no hay vuelta atrás. Lo que sigue es la violencia y el cambio: no más sentémonos y hablemos. El monolito ya está en el aire.

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