Las fuerzas políticas de ultra derecha avanzan en todo el mundo. Luego de la pandemia  se vio un visible orden controlador en gran parte del mundo, llegaron dos guerras altamente visibilizadas y mediatizadas: Ucrania - Rusia y Palestina – Israel -aunque esta última tiene caracteristicas de genocidio por parte de Israel. Sin importar donde estamos geopolíticamente ubicados, por medios de los dispositivos electrónicos las amenazas, el terror, los discursos de odio y el acercamiento a la idea del castrastofe mundial, impactan directamente en nuestras vidas y salud mental.

Nuria Alabao (Valencia, España, 1976) periodista e investigadora-activista. Doctora en Antropología Social y Cultural por la Universitat de Barcelona y parte de un medio que surge de los movimientos sociales de Madrid llamado Zona de Estrategia (zonaestraegia.net.), viene investigando los tratamientos sobre las cuestiones de género en torno a sus entrecruzamientos con la raza y las migraciones en las nuevas extremas derechas. “Las derechas además de defender el orden de género tradicional, sirve para apuntalar el actual régimen capitalista de desigualdad que está atravesado por jerarquías de raza, género y clase, mientras hablan de “estilos de vida” o de cuestiones morales. Por lo tanto, tienen esta doble dimensión: por un lado impactan en uno de los pilares del orden de género, es decir, de la estructura social, y por el otro operan como poderosos motores políticos e identitarios capaces de catalizar energía militante en tiempos de crisis, desafección y de rechazo a la política representativa”.

Nuria fue parte del encuentro  “Radicalizar la Democracia: Estrategias feministas frente a las nuevas derechas”  que se realizó el pasado 19 y 20 de abril, organizado por la Fundación Rosa Luxemburgo.

-¿Cómo caracterizas a las nuevas derechas y qué tienen en común una con otra?

--En general tendríamos que contemplarlas como una constelación de actores que proporcionan una respuesta radical y violenta a un contexto generalizado de crisis. En algunas cosas se parecen a los fascismos históricos pero en otras hacen gala de respuestas novedosas adaptadas a los nuevos tiempos. Aunque sea difícil definir un marco único donde encajen todos, está claro que se reconocen entre ellos, se apoyan y comparten argumentos y recursos de todo tipo, así que se puede contemplar como un ecosistema propio.

Algunos de los rasgos generales que podríamos citar son su etnacionalismo muy marcado, racismo, xenofobia explícitos y su dureza contra la inmigración –sobre todo en Europa–, en América Latina se expresa más a través de un racismo interno contra los pueblos originarios. En muchos de ellos encontramos rasgos antiliberales, que se evidencian en rasgos autoritarios. Hoy utilizan las herramientas y libertades proporcionadas por los sistemas democráticos para llegar a las instituciones y minarlas desde dentro. Además, son verdaderas máquinas de agitación que a través de guerras culturales consiguen crear sus propias bases políticas. Estas, incluso cuando son minoritarias, están muy movilizadas y generan mucho ruido. Las cuestiones de género son muy útiles para lanzar estas campañas. Digamos, que su política sexual es tipo ultraconservador, aunque tienen que modularla mucho según regiones o contextos. Quizás se podría añadir otro rasgo sobre la idealización del pasado y su proyección interesada hacia el presente para legitimar sus propuestas en tiempos de futuros colapsados.

¿De qué hablamos cuando se habla de las guerra de género? ¿Estamos en lo cierto si decimos que el avance de los feminismos hizo reaccionar a las extremas derechas?

--Las guerras de género hacen referencia a los conflictos políticos y culturales que están centrados en cuestiones de género y sexualidad –temas como los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales, el aborto, la educación sexual o la violencia de género, entre otros–. Estas batallas son funcionales a la lucha por el poder político, no son meras cortinas de humo. Son muy útiles para lograr o sostener gobiernos, generar coaliciones –entre religión y política o entre distintas religiones– o articular movimientos sociales de carácter reaccionario. Por las formas en las que se producen: catalizando emociones a través de pánicos morales, polarizando el espectro político o mediante fake news y teorías de la conspiración generan fuerte movilización y adhesión a sus proyectos.

Las guerras del género funcionan como herramienta de agitación porque a través de estas cuestiones traducen en términos culturales miedos y malestares muy diferentes –también económicos–. Si no llegas a fin de mes ellos te hacen fijarte en que las leyes de género “discriminan a los hombres” –en un mecanismo parecido al “los inmigrantes te quitan el trabajo”.

¿Cómo operan las derechas mediáticas en relación los derechos de las mujeres y de la comunidad LGTBIQ? ¿Qué ejemplo podríamos citar? ¿Cuáles son sus consecuencias materiales?

--Los medios son una tribuna imprescindible para el impulso de las guerras de género y sobre todo las redes sociales o las apps de mensajería móvil. Los agentes antiderechos tienen sus propios medios de comunicación o sus alianzas con conglomerados mediáticos que al defender un proyecto ultraconservador están defendiendo sus posiciones sociales, su poder y sus propiedades. Además, los temas que polarizan o generan indignación son los mejores para obtener audiencias. Lo mismo sucede en internet, donde hemos visto que los algoritmos de las redes sociales están diseñados precisamente para multiplicar las propuestas más extremas, cuanto más radicales mejor, porque si generan indignación, provocan más reacciones del público, es decir, más interacciones, que es lo que monetizan las plataformas. Pero en los lugares donde los medios más importantes no les acompañan confían en la comunicación directa que les permiten las redes sociales y las apps de mensajería móvil.

Hoy no hay política sin medios, aunque esos nunca actúan solos sino que se componen con otros agentes. Un ejemplo podría ser el de Polonia, donde en 2019 se puso en marcha una campaña para impulsar una iniciativa legislativa popular contra el ya escaso derecho al aborto. Aunque no se llegó a aprobar la propuesta de ley, una vez creado el escenario y la agitación mediática, el Tribunal Constitucional –de mayoría ultra– declaró inconstitucional el único supuesto que era legal: en casos de malformación fetal.

¿Por qué mundialmente la derecha está avanzando?

--Hoy el auge de las extremas derechas está relacionado con que una parte de las élites ven en ellas la posibilidad de gestionar el descontento de la población en un capitalismo global en crisis. Al tiempo que están dispuestas a imponer un control más coercitivo, sus formas y discursos conectan bien con esos segmentos de la población que se han ido quedando progresivamente descolgados, o tienen miedo de su caída –en el caso de las clases medias– y que constituyen sus bases. Por su parte, las izquierdas en el gobierno se enfrentan a que su margen de actuación en la globalización –esa posibilidad de redistribuir–, es cada vez más reducida, de manera que decepcionan a sus votantes y enajenan a las que deberían ser sus bases. En Europa los pobres no votan. Estos son algunos de los factores, pero sin dudas hay más.

¿Por qué las nuevas derechas refuerzan la familia tradicional?

--Con la defensa de la familia “tradicional” los conservadores se oponían a la revolución sexual y de costumbres que implicaron las revueltas feministas y de las disidencias sexuales de las luchas sesentayochistas. Esta defensa también estaba relacionada con el despegue del neoliberalismo, como explica Melinda Cooper en su libro Los valores de la familia. No puedes desmontar el estado del bienestar sin que exista una estructura que sostenga a las personas o se encargue de esas tareas de reproducción social que el Estado deja de proveer –el papel de las mujeres ahí es clave–. O sea, hay una cuestión material muy clara: menos impuestos, menos bienestar es igual a más familia –forzada–. Además, la familia es la forma en que la riqueza privada se reproduce a través del tiempo mediante la herencia y tiene un papel fundamental en el capitalismo. La familia reproduce personas pero también las encuadra en unas determinadas relaciones de clase.

Hoy la “defensa de la familia natural” constituye un elemento aglutinador de las extremas derechas a nivel mundial. Les sirve para oponerse tanto a las disidencias sexuales –para ellos la familia es siempre heterosexual– como para confrontar la emancipación femenina –sea o no de manera explícita–. Defender a la familia en este marco supone defender un orden de género conservador con papeles diferenciados para cada uno de sus miembros, que reafirma la autoridad y la división sexual del trabajo, y donde a la mujer se le asigna el deber de reproducir la nación: tener hijos blancos para el Estado.

- ¿Por qué actualmente funcionan sus ataques y sus discursos violentos? ¿Cuáles son sus consecuencias?

Como he dicho, los campos del género, la familia y las políticas sexuales están muy cargados de miedos y afectos. Ejemplos de esto podrían ser las campañas sobre la infancia amenazada por la educación sexual, la percepción de que las personas trans que desafían lo biológico –algo que también comparte un sector del feminismo– o las propias aportaciones de la teoría feminista cuando asegura que el género no es natural sino una construcción social. Todo ello contribuye a desestabilizar todavía más el suelo de una sociedad que ha perdido los valores trascendentes como eje que estructuraba los comportamientos. Eso provoca respuestas viscerales –del tipo “el feminismo o los derechos LGTBI han ido demasiado lejos”, o “las personas trans no existen”, etc.–, que son reacciones muy fácilmente instrumentalizarles.

En momentos de profunda transición histórica en torno al papel social de las mujeres, no deberíamos subestimar la ansiedad que generan estos procesos. La sexualidad tiene además la capacidad de condensar temores personales y sociales de todo tipo. Por ejemplo, en Europa las extremas derechas intentan apuntalar su autoritarismo a partir de un refuerzo securitario y penal, para lo que construyen la sensación de inseguridad con campañas contra los migrantes como “agresores sexuales”. Judith Butler ha descrito la obsesión de la derecha con el género como una manera de reemplazar, condensar o resumir las ansiedades vitales. Estos sentimientos de inseguridad –crecientemente materiales– se reinterpretan como producidos por una crisis de los valores tradicionales, y de la familia por culpa de lo que ellos llaman “ideología de género”. Así el reforzamiento de la familia tradicional heterosexual y la fijación de los roles de género se convierten en importantes asideros identitarios no solo sociales y culturales, sino también políticos.

-¿Está capitalizando la extrema derecha la rebeldía que siempre fue de la izquierda?

En muchos lugares el feminismo o las luchas LGTBIQ han adquirido cierto carácter de hegemonía, o incluso se han institucionalizado. (En otros no ha sucedido así exactamente pero las extremas derechas lo enuncian igual asimilando a estos movimientos a los intereses de las “élites globales”, Pablo Stefanoni lo explica bien en su libro.) El peligro de este marco es que si se identifica feminismo con el poder institucional en tiempos de creciente desafección política, esto puede aumentar la reacción antifeminista. En España, por ejemplo, para muchos jóvenes apoyar a Vox, se percibe como la posición “rebelde”.

Por otro lado, en algunos lugares asistimos también a un giro conservador de una parte de la izquierda que se ha vuelto muy moralista en su defensa de lo políticamente correcto y que con su reacción contribuye a impulsar las guerras culturales de las derechas. Digamos que desde una política emancipadora tenemos el reto de ignorar algunas guerras culturales y redirigirlas hacia nuestros objetivos prioritarios. Tenemos que afirmar que nuestras luchas, también la feminista, no son por cuestiones morales sino que conllevan otro proyecto de sociedad contrapuesto al de las extremas derechas, uno que busca la redistribución del poder y la riqueza, la justicia social para todos y todas.