Dom 06.06.2010
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ALEMANIA ’74: EL MUNDIAL EN LA VOZ DE MUñOZ

Imaginar el fútbol

› Por Juan José Becerra

Mi primera experiencia mundialista fue el 15 de junio de 1974. Ese día, en el que cumplí 9 años, la Selección Argentina perdió 3 a 2 con Polonia en un partido emocionante del que no me quedó una sola imagen porque sólo supe de sus avatares ondulantes por medio del relato (tal vez peronista, dada la época) de José María Muñoz.

Fue un viaje, en el sentido de un desplazamiento hacia afuera que también puede sentirse como un viaje hacia arriba. Estaba en juego, y por lo tanto en peligro, algo llamado “la Argentina” –y, de “la Argentina”, lo mejor de lo mejor: una “Selección”–, y lo estaba en un “Mundial” narrado por un “Relator de América”. De golpe se alteraron las escalas y los hechos se concentraron en la pequeña radio de mi abuelo paterno, apoyada en la mesa de su comedor diario, una bomba de tiempo programada como un countdown disfuncional que aceleraba y suspendía el curso del tiempo siguiendo el ritmo de la angustia.

Para quienes carecemos casi de nacimiento de una fe que celebre el testimonio, sobre todo el propio, el hecho de tener que reconstruir en tiempo real algo que está sucediendo, sin que sepamos cómo, debe ser tomado como un asunto de la literatura. Había que imaginar el partido de fútbol, pero también la grandeza mítica de los materiales que lo constituían y que el reporte de Muñoz, una bestia parlante que se hizo famosa por sus infracciones al idioma, reducía a una serie de nombres: Kempes, Wolff, Babington, Houseman, Heredia; y el nombre de oro del verdugo: Lato, un wing polaco de estructura desvencijada que enfrentaba a los arqueros con una barra de hielo implantada en la cabeza y los hacía de goma.

La emoción de aquel día, que todavía no sé de qué napa interior estaba surgiendo, fue tan intensa que entiendo por qué no tengo recuerdos de la fiesta de mi noveno cumpleaños, algo que sí o sí debió haber sucedido el mismo día, pero tal vez en otro mundo, es decir en una simultaneidad paralela.

Recién hoy –hace un minuto– pude ver en YouTube los pasajes más importantes de ese partido. Los tres goles de Polonia fueron producto de tres errores garrafales de la defensa (los dos del arquero Carnevale, pobre, son verdaderos monumentos a la desgracia deportiva) que se dieron bajo el sol pleno de Alemania mientras en Junín, donde recibíamos esas señales con las interferencias del caso, llovía a cántaros. Del relato patriótico de Muñoz no se advierte casi nada en los archivos televisivos. Habíamos estado pendientes de un testigo que no sabía ver. El episodio me enseñó que en los mundiales de fútbol todas las emociones están en nosotros, pero es posible que no sean nuestras.

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