Mié 26.05.2010

ESPECIALES • SUBNOTA

El sol del 25

Un recorrido por catacumbas, túneles patrios y, casi sin escalas, la asfixia fóbica.

› Por Mariana Enriquez

Todavía se acordaba de esa chica francesa, guía durante quince años de las Catacumbas de París. La había conocido en un encuentro internacional de guías de turismo y ella había dado una charla divertidísima sobre su experiencia entre los viejos huesos de París. Había contado sobre el traslado de los restos, que se hizo por la noche, en carromatos acompañados por monjes y antorchas, durante décadas del siglo XVIII; pero también había contado sobre un turista italiano que se había desmayado no bien vio los huesos apilados prolija y hasta artísticamente, todos esos huecos en lugar de ojos, las brillantes cabezas de fémur y las sonrisas de dientes torcidos, un italiano que fue llevado de vuelta hasta la superficie por uno de los fornidos guardias de seguridad de las catacumbas, un cubano que trepó las interminables escaleras de caracol (no hay ascensor allí) insultando al italiano en un dialecto franco-castellano extrañísimo. La chica mostró diapositivas, explicó las particularidades de lidiar con las aprehensiones de los visitantes en un lugar tan macabro, aseguró que disfrutaba mucho formando a los nuevos guías y se fue aplaudida. Más tarde, cuando se hizo el cierre del encuentro, Cecilia se acercó a la chica francesa para felicitarla y preguntarle por qué había dejado de ser guía de las catacumbas, si parecía fascinada por el lugar y su historia. La chica la miró seria y le dijo que después de tanto tiempo en un pozo de huesos empiezan a pasar cosas extrañas. Le habló de sueños y de empezar a distinguir las calaveras bajo la piel de los rostros de la gente en la calle. Aquel señor que cruza la avenida se parece a la calavera del rincón izquierdo de la pila del cementerio de Les Innocents; aquella adolescente de ojos azules tiene una cabeza igual de delicada que el cráneo central de la cripta del Saint Nicolas des Champs. Después de un tiempo hay que parar, le dijo, porque deja de ser divertido.

Había algo más en los ojos de la chica, un secreto que Cecilia no iba a sacarle entre copas y risas, y que tampoco quería conocer. Por suerte, pensó, no hay catacumbas en Buenos Aires. Ese año, Cecilia trabajaba haciendo una recorrida por el barrio de Flores, que empezaba en la mansión de la calle Yerbal y terminaba en la casona Marcó del Pont al lado de las vías. El único sobresalto había sido, una tarde, el asalto de unos punguistas que dejaron sin sus cámaras a un grupo de turistas chilenos. La pasaba bien en ese recorrido, a pesar de que el actor que hacía de Roberto Arlt le parecía un imbécil engreído. Alguna vez había sentido un escalofrío al escuchar que desde el sótano de la escuela Fernando Fader se podía acceder a unos túneles que desembocaban en la Basílica, cruzando la avenida Rivadavia. Estaban cerrados al público, y eso la alivió. En las paredes todavía colgaban los grilletes de los esclavos, decían. Eso no le daba miedo: era la sola idea del túnel, de estar bajo tierra. Por esa época había empezado a evitar el subterráneo excepto cuando la ciudad se hacía intransitable por la superficie. En el túnel del subte A, por ejemplo, le disgustaba hasta el temblor entrever la estación inútil, abandonada, antes de Plaza Miserere. También la inquietaban los diablillos de Mariano Moreno, en la línea C. Se le había pegado, le sonaba todo el tiempo en la cabeza, una canción de su infancia, muy popular entonces, de melodía alegre y una letra espeluznante: “Me contaron que bajo el asfalto existe/ Un mundo distinto con gente que nunca vio el sol/... Y dicen que hay un pibe/ Completamente negro/ Que se la pasa pintando y no conoce los colores...” ¿Cómo podía haber sido esa canción un hit alegre, de palmas y fogón? ¿Acaso nadie escuchaba acerca de ese niño nocturno con su lápiz, en la oscuridad?

Ahora, para el Bicentenario, Cecilia sabía que le correspondía un ascenso. Sus tours por Flores y algunos más sencillos que había hecho por Parque Avellaneda, aunque periféricos, eran concurridos y comentados. Su jefe la había felicitado personalmente. Por eso cuando llamó para anunciarle que tendría cambio de lugar y tarea especial para los festejos, no se sorprendió. Y se alegró por el reconocimiento, claro, hasta que el jefe le anunció su nuevo lugar de trabajo: sería la guía del Zanjón de Granados.

Se trataba de una casa al 700, una mansión que había sido abandonada por sus dueños durante la epidemia de fiebre amarilla de fines del siglo XIX. Así, los 23 cuartos habían pasado a ser un conventillo, famoso porque en 1907 fue centro de una huelga de inquilinos que exigían bajas de precios. En 1974 el lugar había quedado abandonado y se convirtió en un depósito de basura, hasta que en 1985 comenzaron los trabajos de reciclaje de la casa. La idea era construir un restaurante en el lugar. Pero mientras hacían los trabajos de excavación descubrieron un túnel por donde pasaba el antiguo arroyo que recorría este sector de Buenos Aires, entubado alrededor de 1820. La restauración continuó con el trabajo de arqueólogos. La casa estaba asentada sobre largos túneles del arroyo olvidado después de su entubamiento. Túneles centenarios rescatados bajo las calles de San Telmo. Todo eso explicaba el cuadernillo para estudiar que le habían dado. Y nada le gustaba. El lugar era hermoso, y estaba en perfecto estado, rescatado con respeto e inteligencia, con una narración armada para la visita que era impecable. Los cubiertos, las bolitas de vidrio, la tétrica celda de los esclavos, las porcelanas, los azulejos, los cepillos, todo estaba catalogado y escondía una historia. Era un regalo para cualquier guía. Un lugar que, de verdad, había atravesado doscientos años de historia.

Pero los túneles. En la visita tenía que recorrer los túneles. Recordaba una historia acerca de otro grupo de arqueólogos (¿o eran obreros?) que habían encontrado un túnel cerca del Colegio Nacional, cerca del Zanjón. Decían que habían escuchado gritos y gemidos, que los había sofocado un olor de carne descompuesta. En su momento a ella le había parecido la típica sugestión; ahora no estaba tan segura. No tenía a quién contárselo. No sabía cómo explicar esa repentina fobia. No había huesos allí abajo. No había calaveras que la miraran con ojos vacíos. Trató de pensar que era tan importante ese nuevo destino, que pronto hasta podría ser guía del Colón, incluso de la Catedral. Decidió agradecer y tomar el trabajo. Eran visitas cortas, de treinta minutos. Eso le habían dicho.

Había que practicar, primero, antes de recibir a la gente. Su coach era un rubio altivo, tan insoportable como el que hacía de Arlt en Flores. La dejó narrar cada paso del recorrido sin corregirla demasiado, pero cuando terminó tampoco le dio una opinión favorable. Sencillamente la citó para el día siguiente, para el segundo ensayo que se haría con público –otros empleados, en realidad. Cecilia volvió a su casa cubierta de sudor, a pesar de que hacía frío. Creía no haberse equivocado en la narración ni en las descripciones; creía haber sonreído, modulado, aportado la dosis de suspenso necesaria antes de cada “acompáñenme por aquí”. La maravillaba, la sorprendía su capacidad de escisión: a cada paso, en cada giro, intuía una oscuridad diferente, peor que la negrura, que no la espiaba, eso no: que la sentía, que la reconocía. No pudo dormir, pero se presentó al segundo ensayo puntualmente.

Estaba hablando de Ulrico Schmidl cuando notó que los falsos turistas, los que la acompañaban en el ensayo, no la seguían. Ey, llamó en voz alta, ¿dónde están? Escuchó risitas y corridas. Sintió náuseas, tosió y gritó “no sean tarados”, y después salió corriendo sin pensar pero directo a la salida, sin importarle que la echaran, sin importarle que fuera 24 de mayo y ya no hubiera vuelta atrás. Llegó a la puerta justo cuando la cerraban: alcanzó a ver fugazmente el brillo del pelo del rubio altivo y los cuchicheos nerviosos de los demás. Tiró del picaporte después de escuchar el ruido de la llave. Era tarde. Le habían dejado una nota pegada con cinta scotch del lado de adentro de la puerta, bien grande, para que la viera: “¡No busques otra salida porque no hay! Perdonanos Ceci, se lo hacemos a todos, es una joda. ¡Una iniciación! Las luces se apagan en dos horas, te dejamos mantas al lado de las vitrinas donde están los frascos de vidrio verde. ¡Que duermas bien!”.

Había escuchado de esas estupideces. Sabía de un chico que tuvo que pasarse la noche en el Barolo, y de otro que durmió sobre el frío suelo de la iglesia Santa Felicitas, rodeado de gatos que le lamían el pelo. Pero no pensó que se lo harían a una chica. No tenía sentido golpear la puerta pidiendo ayuda, se dijo. Tampoco ir a buscar las mantas. En dos horas, cuando llegara la oscuridad, la iba a encontrar con la nota entre las manos, ya segura de que para ella no habría visita guiada ni Teatro Colón ni sol del 25. Podía escuchar la oscuridad que esperaba en los túneles. Se secó las mejillas y cerró los ojos.

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