Mié 26.05.2010

ESPECIALES • SUBNOTA

Tres Mayos

De la encrucijada del origen al primer centenario de certidumbres que excluían y parecían eternas, a este aniversario que discute modelos y propone alternativas.

› Por Jorge Coscia *

Planteo aquí tres estaciones. Tres Mayos de nuestra historia que encontraron a los argentinos y argentinas en momentos muy distintos, con distintos grados de consensos y de participación política. Pretendo así construir un texto disparador del debate, en esta ocasión tan propicia para los debates públicos y la reflexión histórica como son los festejos por el Bicentenario de la Revolución.

1810: la encrucijada originaria. Avanzar en el gobierno autónomo o permanecer en algún híbrido a la espera de que en España las perspectivas para Fernando VII mejoraran. Ser una República o ser algún tipo de monarquía constitucional. Los debates fueron intensos, apasionados y no exentos de violencia. Las decisiones que se tomaran podían desembocar en una guerra civil, y eso fue precisamente la guerra revolucionaria. Para 1816 la bendita Independencia había ganado el suficiente consenso como para cristalizarse en un acta. Pero para hacerla realidad, los argentinos lo sabemos, haría falta todavía mucho más esfuerzo. Y si me permiten adelantarme, todavía transitamos la dura tarea. Ese primer Mayo significó, entre otras cosas, la irrupción de la política en las costas del Río de la Plata. De repente, a la noticia de la caída de la Junta de Sevilla los actores se vieron en una situación tal donde sus acciones tenían profundas consecuencias para el conjunto de la sociedad. Donde lo que hicieran, y lo que dejaran de hacer, tendría consecuencias para todos. Andando a ciegas, construyendo las reglas del juego a medida que avanzaban, y enfrentado en cada decisión la encrucijada de seguir siendo colonia o avanzar por el camino emancipatorio. El conflicto de intereses e ideológico en tamaña tarea no podía estar ausente. Las grandes transformaciones nunca son gratuitas. El statu quo, la permanencia conservadora es, por razones obvias, más amiga de la falta de disenso que los momentos transformadores.

Por caso, para 1910, nuestro segundo Mayo, el modelo económico, excluyente socialmente y prolongador de la dependencia, está fuera de todo cuestionamiento. Nadie lo discute. La elite exportadora sin embargo veía corroer lentamente al interior del régimen político la legitimidad que le demandan las cruzadas cívicas y revolucionarias de la Unión Cívica Radical que insiste en no participar de las viciadas reglas de juego que los conservadores les proponen.

Dos años después, el propio sistema buscaría una salida con la Ley Sáenz Peña, confiando que así iba a poder conservar el poder en manos de los mismos, subestimando en suma la potencia transformadora del radicalismo de Don Hipólito. Pero en 1910 nadie dudaba de la hegemonía de la elite política y agroexportadora. Los desafíos por entonces eran contenibles dentro del régimen. El acuerdo en este punto era sobradamente extendido. Allí no había ninguna encrucijada en términos de opciones alternativas. Los dados, cargados, caían siempre del lado de los mismos ganadores. Una Argentina atendida por sus propios dueños antecelebraba sus mieses y ganado, mientras la clase obrera era reprimida en las calles y el estado de sitio imperaba.

2010: encrucijada, dos modelos de país. A doscientos años del primer acto de soberanía política nos seguimos debatiendo por el modelo de desarrollo nacional. Esa es la encrucijada de la hora. Si queremos ser un país agroexportador en el que sobren millones de personas o si queremos dar cuerpo a un modelo de país que integre en igualdad de condiciones a los 50.000 millones de habitantes que pronto seremos. Brasil, por caso, no pone en discusión si debe ser o no un país industrial. Eso no cambiará, sea quien fuere el próximo presidente del país hermano. Lo mismo podría decirse de EE.UU. La Guerra de Secesión, nada más alejado al “consenso” y al “diálogo”, significó el triunfo por las armas, al costo de una guerra civil tremenda, de un modelo sobre el otro. Los argentinos, a dos siglos del comienzo de esta historia, todavía no terminamos de optar por un camino viable.

Poderes fácticos o gobierno democrático. Esa es otra manera de poner la misma encrucijada. Si Scalabrini Ortiz decía “todo lo que no se legisla, se legisla implícitamente a favor del fuerte”, entonces la decisión de este proyecto político del que tengo el honor de formar parte ha sido la de torcer la historia reciente. Hemos optado en la bifurcación de los caminos. Los resultados, imperfectos y no exentos de contradicciones, están a la vista de la ciudadanía para que los juzgue. Dando cuenta del contexto, de dónde venimos. Y sobre todo de las alternativas que enfrentamos.

La memoria, a veces pienso, la ejercemos los argentinos demasiado tarde. La historia, ese último juez de los procesos, debe servirnos para evitar volver a equivocarnos. Los costos sociales y culturales de la derrota popular durante la era neoliberal están a la vuelta de la esquina. No podemos darnos el lujo de olvidarlos. Sería de una irresponsabilidad política enorme y una injusticia para con los argentinos y argentinas que todavía sufren en carne propia, en sus viviendas precarias, en las dificultades para conseguir trabajo, los efectos devastadores del proceso que venimos a clausurar. La falta de disenso en la segunda década infame, y los trasnochados que a caballo de eso declaraban el fin de la historia, nos han costado muy caro a los argentinos como para volver a tropezar con la misma piedra.

Me parece, entonces, que nos unen muchos más puntos de contacto con 1810 que con 1910. No, por supuesto, porque estemos viviendo una situación revolucionaria. Sin embargo, hoy como hace doscientos años, los dilemas más profundos pasan, por el modelo de país. ¿Volveremos a un modelo de ajuste social, sujeto a los avatares del interés financiero y agroexportador de commodities sin que sus excedentes aporten al desarrollo y al bienestar general? ¿Volveremos a ese proyecto que obliga a compensar con represión y mano dura los efectos sociales de la exclusión y pobreza? ¿O, en cambio, profundizaremos el camino de las leyes de protección social, de la memoria y la justicia y de una economía de valor agregado y desarrollo, que ha puesto al trabajo en el centro de un circuito dinamizador de la producción y el consumo?

Dicho en otros términos, ¿el gobierno debe gobernar la economía o la economía al gobierno? Venimos de la segunda experiencia, recientemente. Sabemos de lo costosa que fue en términos sociales, culturales, económicos. Los poderes fácticos, los poderosos de la economía internacional y sus filiales locales ignoran todo en términos de gobernabilidad democrática y viabilidad social de las políticas que proponen. Su juego es ése. De espaldas a la soberanía popular.

La democracia, en cambio, reivindica a la política. La participación, la discusión argumentada, la revitalización de los partidos, el involucramiento, todo ello es condición necesaria para la transformación. El quietismo conservador se da la mano con la desmovilización. En ese sentido, 1910 fue la consagración de la “administración de las cosas”, esa frase tan representativa de la generación del ochenta, en reemplazo de la política. Se sostenía que ésta interfería con el normal

desarrollo de la economía, del comercio y la especulación. La política, la pasión por la discusión, la vida cívica que había sido tan agitada hasta 1880, había dado paso a una república conservadora, cerrada y excluyente, atendida por sus propios dueños. Una oligarquía, en sentido estricto.

A modo de cierre

Miles de diferencias, por supuesto, nos separan de 1810. Aquí he querido resaltar la coincidencia en la reivindicación de la política, esos momentos en que los pueblos toman el destino en sus propias manos, y la noción de encrucijada. Entre todas esas distancias, me parece que es necesario subrayar una sustancial. Sobre todo por el tono subido que alcanza de tanto en tanto la discusión pública.

Las encrucijadas por definición implican disensos, conflictos. La vida democrática, la discusión hacia dónde vamos conlleva necesariamente eso. Y eso habla de la salud de la vida cívica de un pueblo. Ahora bien, algo decisivo que los argentinos debemos celebrar de la recuperación de la democracia a la fecha es la madurez sorprendente que han alcanzado nuestras instituciones. Las reglas del juego no están en disputa. Los actores se acomodan a ellas y no al revés. El modo en que fue canalizado el conflicto social y político más importante de la última década (la crisis inaudita del 2001) a través de los canales institucionales es un aspecto a celebrar. A veces, en el debate se pasa por alto este hecho decisivo.

En el primer Mayo, en cambio, en un contexto donde el legado institucional mismo era lo que estaba en disputa, donde la soberanía política como tal era por la que se luchaba, el conflicto no podía sino desbordar en violencia. La guerra revolucionaria era la única manera de emanciparse del poder colonial. La situación, doscientos años más tarde, es bien otra. Dentro de las reglas del juego, ampliando los márgenes de autonomía de la autoridad pública, reforzando la autoridad del Estado frente a los poderes fácticos, reafirmando la autoestima nacional, pero con el sueño de la Patria Grande como en 1810, vamos construyendo, paso a paso, este nuevo escenario que se abre a todos los argentinos.

Dentro del debate democrático todo. Fuera de él, nada.

Secretario de Cultura de la Nación.

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