Mié 26.05.2010

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Bicentenario

Abuelo y padre italianos, ante el Centenario. El nieto, escritor, aprovecha este 2010 para convocarlos.

› Por Vicente Battista

Ignoro cuál habrá sido el nombre de mi chozno, tampoco sé por qué rincón del sur de Italia habrá estado en mayo de 1810. Sé que mi abuelo paterno llegó de Bari a fines del siglo XIX: en mayo de 1910 vivía en un conventillo de La Boca. En uno de los patios de ese conventillo tuvo que haber jugado su hijo Antonio, un chico de diez años que tres décadas después iba a ser mi padre. No recuerdo que aquel abuelo me hablara del Centenario de la Independencia (en realidad, casi no lo recuerdo a él, apenas rescato una figura difusa, recreada por mi imaginación), tampoco recuerdo que mi padre me haya contado acerca de esos agasajos, pero sí que me habló del cometa Halley. Muchas veces me pregunté por qué la presencia de un cometa allá arriba le había impresionado más que los festejos del Centenario patrio aquí abajo. Tengo una posible respuesta: el cometa Halley era para todo el mundo, los festejos del Centenario para unos pocos.

En 1910 Buenos Aires contenía tres clases perfectamente definidas: “la gente” (apellidos patricios, dueños de una tierra que, Campaña del Desierto mediante, les habían arrebatado a sus auténticos propietarios), “el medio pelo” (un variopinto conglomerado que tesoneramente hacía lo imposible para que los confundieran con “la gente”) y “la chusma” (inmigrantes del interior y del exterior, ignorados por “la gente” y despreciados por el “medio pelo”). Las celebraciones del Centenario fueron programadas para “la gente” y para “el medio pelo”. “La chusma” no estaba invitada a esas fiestas.

Frank Brown, un clown inglés que vivía en Buenos Aires, intentó montar un circo en el baldío de Florida y Córdoba, a metros del Jockey Club. El precio de la entrada no iba a costar más de cincuenta centavos, incluso ofrecerían números gratuitos. Brown había pensado en un espectáculo para los excluidos. Los diarios porteños se indignaron ante esa “ominosa barraca”, dijeron que se trataba de “una construcción propia de los barrios suburbanos y no del corazón de la zona aristocrática”. En la noche del 4 de mayo un grupo de jóvenes, “muchos de ellos vestidos de frac o de smoking”, al grito de “¡Viva la Patria!”, “quemaron aquel pobre circo de madera y lona”. El diario La Prensa celebró el vandalismo y aplaudió “la buena obra de la juventud compelida a recurrir a los recursos heroicos”. Definitivamente, no habría festejos para “la chusma”. Mi familia integraba esa clase marginada.

A un siglo de aquello, me toca vivir el Bicentenario. No están ni mi abuelo ni mi padre, pero está Matías, mi nieto. Tiene sólo dos años. Estoy seguro de que alguna vez me pedirá que le recuerde estos festejos, aquellas cosas de estos festejos que a él inevitablemente se le habrán escapado. Fue una fiesta para todos, le voy a decir, sin excluidos. Los chicos son preguntones, preguntará: “¿Por qué?”.

Tal vez le diga que porque habíamos dejado de mirar a Europa para comenzar a ver a Latinoamérica, o porque por fin empezaban a ser oídos los reclamos de los pueblos originarios, o porque ahora todos tenemos derecho a una jubilación digna, o porque se ha establecido la Asignación Universal por Hijo, o porque existe una Ley de Radiodifusión que permite oír todas las voces, todas, o porque los asesinos de la última dictadura están siendo juzgados y condenados, sin indultos posibles, o porque Néstor Kirchner ordenó descolgar el vergonzante retrato de Videla, y Cristina Fernández de Kirchner honró una de las salas de la Casa Rosada con los retratos de los héroes y mártires que lucharon por la liberación de Latinoamérica, incluyendo a Allende y al Che.

Todo un símbolo, una metáfora, modos de comprender por qué los festejos del Bicentenario son una fiesta de verdad. Estoy seguro de que mi abuelo, al que imagino anarquista o socialista, y que mi padre, que definitivamente era socialista, hubieran participado de esta fiesta: los veo con el puño en alto y con la fortaleza y alegría de los himnos.

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